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domingo, 5 de enero de 2014

Lotería del Niño

"Jesús Niño". Alberto Durero, 1493

Hace 18 días publiqué una extensa biografía sobre la figura de María Hernández y Espinosa de los Monteros en el Blog Mucho de Motril, con motivo del 140 aniversario de su matrimonio con uno de los hombres más importantes del momento que haría posible que ella emprendiera los proyectos y obras que la han hecho pasar a la historia. Si quieren acercarse algo más a su figura, Aquí el enlace... 


El descubridor del dato

Porque hoy lo que nos interesa de la que fue Duquesa de Santoña, es la innovadora ocurrencia que tuvo en 1877 y que gracias a Gabriel Medina Vílchez sabemos desde hace poco más de un año. Por cierto que es de ley aprovechar la ocasión para darle todas las gracias habidas al historiador, investigador, pionero y avezado motrileño Gabriel Medina, sin cuya contribución la historia, en líneas generales, sería mucho más pobre. Él representa de todas las maneras posibles, el ciudadano responsable e intelectual que pelea a diario por una sociedad más culta e informada y de alguna forma, un día habrá que pagarle tanto esfuerzo altruista. Pero entremos en el tema que nos ocupa:

María del Carmen Josefina Victoriana Hernández Espinosa de los Monteros había casado en la Iglesia de San Sebastián de Madrid con el que probablemente era uno de los más ricos españoles del momento, con una fortuna valorada en más de 180 millones de reales, una cantidad desorbitada para aquel año de 1873, en concreto un 18 de diciembre cuando se dan el sí quiero la motrileña y el futuro Duque de Santoña y Grande de España. Hay que reconocer que doña María no era especialmente agraciada. De rostro adusto y seco, quizás por los reveses de la vida que ya había experimentado (se quedó huérfana de madre muy pronto, tenía una pésima relación con su padre, había enviudado a los 45 años y murió su único hijo, por lo que se hizo cargo de sus tres nietas desde muy temprano), su retrato pintado por el genial Federico de Madrazo nos la presenta a sus 45 años entrada en carnes y con la banda de la Orden de Damas Nobles de la Reina.

Lo primero que hizo nada más esposar con el afamado noble fue adquirir un Palacio soberbio y reformarlo y decorarlo con mayor esplendor si cabe. Amaba las carreras de caballos, puede que comenzara a relacionarse con su futuro marido en una de ellas y no era recatada precisamente en el uso de joyas. Gustaba de la buena vida que en parte, le había procurado su propia familia, ya que vivían holgadamente gracias al cultivo en la vega de Motril. De hecho, descendía del que fuera primer Ministro de Fomento, el intelectual Javier de Burgos. Amaba el arte, poseía una rica colección de pinturas (de ahí que el mismo año que se case, hubiera encargado al prestigioso Madrazo su retrato) y poseía una fabulosa cuadra con caballos ingleses; pero el dinero se acaba y su primer esposo, no era más que un oficial de caballería sin más posibles que su sueldo, de manera que cuando éste murió y la herencia familiar se empezó a diezmar, María Hernández tuvo la suerte de encontrar a Juan Manuel de Manzanedo.

Pero algo hizo cambiar a doña María; puede que su condición de abuela, puede que simplemente, observar las necesidades que pasaba el pueblo de Madrid; más si cabe entre los niños que de manera precaria, vivían en el corazón de la ciudad, cerca del famoso Retiro, acuciados por la pobreza y afectados por una tasa de mortalidad que hacia 1875, era del 34%. Consciente de aquel drama, la motrileña Duquesa de Santoña se decidió con vehemencia a paliar aquella lacra y puso sus esfuerzos en fundar un Hospital que pudiera atender a los más pequeños. Fortuna no faltaba en la casa de los Manzanedo-Hernández, aunque es de recibo reconocer que el Duque ya costeaba obras asistenciales en su Santoña natal, como un colegio para niños huérfanos o un hospital para pobres, de manera que es probable que demostrara poco interés por los desvelos caritativos de su esposa.

Aquello no hizo sino reforzar sus pretensiones y aprovechando que la relación familiar con el Rey Alfonso XII era inmejorable, se propuso sacar fondos suficientes para construir el Hospital en un solar de la calle del Laurel de tan céntrica zona madrileña. Y así, ideó un sorteo de lotería extraordinario que se puso en marcha en 1878, con una gracia especial concedida por el mismo Rey, que consistió en eximir a aquella rifa del correspondiente pago del 4 % que desde el 20 de julio de 1877, un decreto obligaba a tributar como impuestos del Reino. Fue la primera vez en la historia que se celebraba después de la Lotería de Navidad este sorteo, lotería que había nacido en 1763 como parte de las medidas innovadoras de recaudación ideadas por Carlos III y que hace unos días cumplió 250 años.

Aquel sorteo “del niño”, bautizado de tal manera, ya que la recaudación obtenida iría a parar al Hospital Infantil que pretendía la motrileña, se perdió con el tiempo. No sabemos si fue una convocatoria extraordinaria y aislada pero el caso es que hasta 1941 no se institucionalizó como tal, aprovechando las fechas de la Epifanía o de los Reyes Magos y con un claro objetivo recaudatorio en aquella España de la posguerra que supuso a las arcas franquistas la nada desdeñable cifra de casi ocho millones de pesetas. Lo que sí afirmamos es que su nacimiento se gestó en la cabeza de una Duquesa de Motril y con el hermoso fin de ayudar a los que más lo necesitaban y sobre todo, los niños.

Roma y París contaban ya con un Hospital Infantil y en sus viajes, la Duquesa había conocido las instalaciones sanitarias europeas y se había convencido que en los hospitales ordinarios de la España de entonces, los niños no recibían el tratamiento adecuado ni era el sitio idóneo para su restablecimiento. Instalado provisionalmente en las casas adquiridas por la Duquesa y con los beneficios de aquel primer sorteo del Niño para costear los medicamentos y los profesionales necesarios, el 14 de enero de 1877 España asistió a la puesta en funcionamiento del primer hospital infantil de su historia que pronto fue conocido por los madrileños como “El hospitalillo”.

Las Hijas de San Vicente de Paúl en el Hospital del Niño Jesús

A los dos meses de haber sido inaugurado, atendía 120 niños al día, se habían ocupado las 70 camas con las que se abrió y el edificio se había quedado pequeño. Así que la Duquesa siguió con sus empeños de ayudar a la población infantil y trabajó en el proyecto de un nuevo edificio. Hasta el momento, aquel primer Hospital había conseguido sobrevivir gracias a las monjas de San Vicente de Paúl que se hicieron responsables del cuidado del mismo y de dispensar el mejor trato a los niños, en aquel número 23 de la calle Laurel.

El 6 de noviembre de 1879, el propio Rey Alfonso XII ponía la primera piedra del nuevo edificio en unos terrenos a las espaldas del parque del Retiro, en la Calle Menéndez y Pelayo, cuya adquisición había costeado la Duquesa el 14 de mayo de 1879 con una ayuda económica de la Casa Real. Las obras comenzaban de inmediato dirigidas por el arquitecto de Albacete Francisco Jareño y Alarcón (1818-1892) y en menos de dos años, conseguía terminarlo, inaugurándose en 1881 por Alfonso XII y la Princesa de Asturias María de las Mercedes.

La obra fue reconocida entre la comunidad internacional, premiada ampliamente con las medallas de oro en las exposiciones de Amberes, París, Londres, Viena y Barcelona y fue descrita como una arquitectura que original, pero por encima de todo, funcionalidad. Acababa de nacer la cuna de la pediatría española, donde se dieron cita los mejores médicos que desde allí pudieron iniciar los estudios de pediatría. La Duquesa costeaba los gastos y las investigaciones comprometiendo a la aristocracia de Madrid mediante cuotas que suscribían mensualmente. Es cuando menos curioso que su esposo no fuera mecenas de esta obra, aún con su fortuna, sino un simple colaborador que aportaba 200 reales mensuales. Eso sí, cada seis meses le exigía a doña María Hernández, las cuentas de los gastos que hacía en el Hospital.

Lo que nos interesa menos es que la motrileña enviudaría al año de la inauguración de su gran obra y quedaba desprotegida, al margen de la fastuosa herencia para acabar sus días en la más absoluta miseria y víctima de un ardid vil cargado de avaricia de manos de su hijastra. Lo que aquí venimos a contar es que doña María Hernández Espinosa de los Monteros, motrileña nacida en 1828, fue la bendita culpable de la creación del primer hospital infantil de España, consiguió hacer de él un centro pionero en la investigación médica pediátrica, sensibilizó a la ciudadanía y de rebote, inventó la Lotería del Niño que tal vez, mientras lees esto, te ha dado una alegría hoy mismo.


Una fabulosa mujer con una fabulosa historia. 

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