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lunes, 20 de enero de 2014

La mujer más hermosa del Mundo

Sin maquillajes, trucos y retoques ni artificios contemporáneos. Virginia Aldioni fue la mujer más bella de su época, destruyendo el tópico que belleza e inteligencia están reñidas. Era una revolucionaria, educada con un esmero inaudito, amante de las artes, refinada hasta el extremo y sabia en diversas materias. Hablaba cuatro idiomas, gobernada la música y era sencillamente arrebatadora. Fue además una de las primeras modelos de la historia y para colmo, una patriota de rompe y rasga. A caballo entre la “femme fatal” y la heroína de un pueblo, la incontestable Nicchia, apodo cariñoso familiar, se ha ganado a pulso algo más que la generosidad genética con la que fue agraciada: es, simplemente, un personaje histórico controvertido y digno de elogiar.

Su primer matrimonio fue un fracaso. A ello se sumó el dolor de la muerte de su único hijo. Joven, guapa y noble (hija por partida doble de marqueses y condesa por su esposo), los círculos de la nobleza italiana suspiraron por tenerla en fiestas y reuniones hasta que el futuro Rey Víctor Manuel de Saboya le encomienda una tarea de suma responsabilidad: será la encargada de conseguir la unificación de Italia, persuadiendo al Emperador Napoleón III de que desista de sus intereses en territorio italiano, ponga fin a las hostilidades austríacas y los distintos estados se unan para conformar lo que desde 1868 conocemos como Italia. Pese a quien pese, sin ella, hoy no existiría ese país.

Enviada a Francia, los Saboya son conscientes que la debilidad del Emperador francés por las mujeres guapas será suficiente para conseguir los propósitos. Así las cosas, con la complicada misión de ser espía de Italia en la corte de Francia, la condesa de Castiglione se presenta ante el marido de una granadina con las mejores armas posibles: su belleza y una forma de vestir que provocaba, escandalizaba al resto de féminas y persuadía en los más bajos instintos a los hombres. En una recepción vistió un inolvidable traje apodado “reina de corazones”, del que destacaba un medallón con forma de corazón asomado  por debajo de su vientre, a lo que se sumaba un escote pronunciado que levantó tantos suspiros como desaires. Está claro que ninguno de los desaires salieron de labios masculinos.

La Condesa era extravagante, sí. Pero al fin y al cabo, había sido enviada a Francia con el objetivo de encandilar a Napoleón III. Luego su labor de espía, valiéndose de mil artificios, era positiva. Virginia era pálida de piel, descrita por algunos como “hecha de nácar”. Una melena rizada y poderosa dominaba su aniñada cara, de la que sobresalían unos ojos que cambiaban constantemente del verde al azul. Aquella mujer que con 19 años llegó a la Francia de Eugenia de Montijo le bastó un golpe de pestañas para encaramarse al lecho del Emperador y conseguir que atendiera las súplicas y las más rocosas peticiones de la causa piamontesa defendida por los Saboya: la unificación, la existencia de Italia, hubiera sido imposible sin esas armas que le valieron el sobrenombre de “la mujer del sexo de oro imperial”.

A lo largo de los dos años que duró su romance con Napoleón III, cortesanos, hombres de Estado y prohombres de Francia maldijeron por igual al Emperador. Sólo el Marqués de Gallifet se atrevió a contradecir lo que decía ya todo París, incluidas muchas mujeres: “la Condesa de Castiglione era la mujer más hermosa del Mundo”. Más que por orgullo, por patriotismo y porque la tarea encomendada no se fuera al traste, se permitió una escandalosa licencia que soprende hoy día, más si cabe hace 150 años. Citó al marqués en su casa y lo hizo pasar al dormitorio. Allí, el de Gallifet se encontró con un maravilloso espectáculo: Virginia estaba recostada sobre un diván de raso negro, con las persianas y cortinas a media luz, completamente desnuda. Al ver aquel portento, el marqués rectificó convirtiéndose en el primer adulador de la Condesa. ¡Ya era, sin discusión, la más bella de todas las criaturas!

Pero además fue pionera al posar para los fotógrafos Mayer & Pierson de mil formas distintas. Más de 400 fotografías hicieron de ella, provocadora, irreverente, sofisticada y única. En 1856, Virginia Odolni se convertía en la primera modelo de moda de la historia. Y desde entonces, vivió el sueño de una Italia unida, el triunfo monárquico, la coronación de Víctor Manuel de Saboya, las mejores relaciones en 500 años entre su país y Francia, el lujo y esplendor que le brindó París y la fama hasta hoy.

No; no era un simple cuerpo bonito. Fue un derroche de ingenio y cultura al servicio de un ideal. Y eso la eleva por encima de cualquier mito que el cine o el arte nos haya dejado. Ella fue de tal belleza, que su físico y su cara, inventaron un país. ¿Quién puede decir lo mismo? De ahí que a su muerte, aquel 1899 y a los 62 años, ya le conocieran como LA DIVINA CONDESA

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