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sábado, 11 de enero de 2014

La Guerra de la Oreja

En su día dedicamos un pequeñísimo homenaje a todo lo que merecía el inigualable marinero español Blas de Lezo, quizás uno de los héroes más grandes que dio esta Nación si no el Mundo entero. Para los que se la perdiera, ver aquí 

Lo que hoy contamos, tiene que ver con aquella historia y no. Aquella hazaña supuso una de las mayores humillaciones que jamás habían sufrido ni sufrirían los ingleses en toda su historia, cuando pretendieron tomar Cartagena de Indias mediante una impresionante flota de 186 barcos. Para darnos cuenta del despliegue, eran 60 barcos más que la Armada Invencible española y los efectivos ascendían a 24.000 infantes de marina más otros 4.000 soldados que esperaban órdenes para reforzar el ataque. Blas de Lezo comandaba 2.800 hombres que se sobraron y bastaron para aniquilar la armada inglesa, humillar a los barcos y soldados del Rey Británico, enfurecer a Gran Bretaña y reírse de los almirantes ingleses.

Pero antes de todo esto, hubo un precedente. El capitán español Juan León Fandiño era uno de esos hombres curtidos, dispuestos a dar la vida en el mismo instante en que fuera preciso y con aquel viejo código de honor y de verdad que tenía todo español de bien. Su trabajo consistía en vigilar las costas caribeñas, infestadas de corsarios y piratas ingleses que se habían envalentonado a raíz del Tratado de Utrecht de 1713, el mismo que significó la pérdida de Gibraltar para España. La Isabela era un navío pequeño, nada pretencioso y desde luego insuficientemente dotado como para enfrentarse a un buque de guerra de mayores trazas. Pero el hombre propone y Dios dispone, debió pensar el bueno del capitán Fandiño aquella mañana de un año de 1731 cuando se vio de bruces con el navío Rebecca, un barco inglés dedicado a la piratería y capitaneado por Robert Jenkins, un marinero elevado al rango de oficial de la Corona Británica cuando lo que verdaderamente era es un pirata al servicio de Jorge II.

En aquellos tiempos a los españoles les sobraba valor aunque les faltaran cañones y Fandiño abordó el navío pirata, disfrazado de mercante inglés. Todo esto pasaba cerca de Cuba y al capitán Robert Jenkins se le llevaban los demonios. Protestó, injurió y recordó un acuerdo por el que Felipe V había claudicado y dejado que los ingleses comerciaran con América y se dedicaran a la trata de esclavos. Aquello fue lo peor que pudo hacer el inglés, porque colmó los pocos ánimos que le podían quedar a Juan León Fandiño, que ni corto ni perezoso le soltó un tajo de sable que le cortó la oreja al “corsario” inglés. Eso sí, las voces se acallaron milagrosamente. Cuando al fin el capitán español decidió que era hora de ponerlo en libertad, lo primero que hizo  Jenkins fue poner rumbo a Inglaterra para clamar venganza. Paseó su oreja conservada en alcohol por medio Londres, consiguió una entrevista con el mismísimo rey, se vio con media corte y al fin logró que alguien le hiciera caso.

Robert Jenkins enseñando su oreja al Primer Ministro Walpole. 

La Cámara de los Comunes puso el grito en el cielo y después de un calvario de llantos, llantinas y súplicas, ocho años después de haber perdido la oreja, el Gobierno Británico del Primer Ministro Walpole autorizaba una guerra sin cuartel contra España en los mares del Caribe. Desde 1739 a 1748 duró aquello, que tuvo como primerísima y sonada batalla, la de Cartagena de Indias que acabamos de narrar. Pero para resumir un poco y no cansarles: tanto la flota del Caribe, mandada por el vicealmirante Edward Vernon, como la del Pacífico, al mando del comodoro George Anson, sólo lograron en casi nueve años, un único triunfo: capturar el Galeón de Manila Covadonga, que navegaba atestado de mercancías y sin prevención de defensa. A cambio, Blas de Lezo los humilló de lo lindo.


Por cierto, lo que ningún inglés pensó ni quiso, fue si verdaderamente aquella oreja que el cobarde y llorica de Jenkins enseñaba, era suya. De haber conocido un poco al capitán Fandiño, hubieran sabido que se había encargado de clavarla en una pica y exhibirla en el Puerto de La Habana, junto al Malecón, mientras en aquel español sonoro y musical de los cubanos, las risas se multiplicaban ante “aquel cobarde desorejado”. 

2 comentarios:

Anónimo dijo...

La historia rigurosa y completa, sin novelar, de su actuación en Cartagena de Indias, en www.labatalladecartagenadeindias.com

Anónimo dijo...

Mucha imaginación y poca historia.