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miércoles, 22 de enero de 2014

La Guardia Suiza

No había mercenarios con más fiereza ni soldados más implacables que los helvéticos, como habían demostrado sirviendo a la fe católica bajo el Pendón de Castilla para tomar Granada. Se alquilaban por unas pocas monedas sin valorar la muerte y sin temor al peligro; los suizos se habían destacado a lo largo de todo el siglo XV por su particular concepción del arte de la guerra y en ellos puso sus ojos Julio II, cuando Francia y España se repartían los Estados Italianos y los dominios pontificios corrían peligro. En el Tratado de Granada las dos potencias acordaron la estrategia de actuación en Italia. Pero Francisco I se saltó a la torera los pactos de honor y la legalidad de lo firmado. El Gran Capitán le hizo morder el polvo, el Pontificado un día bendecía a los francos, otro a los españoles y mientras tanto, contrataba a precio de oro unos pocos de hombres capaces de mantener a raya cualquier pretensión anexionista. ¡Malos tiempos para defender con rezos lo que amenazaban las armas!

Miguel Ángel ante Julio II

Julio II fue más un monarca que un Papa. Era un estratega colosal, un mecenas de las artes, autor intelectual de la Basílica de San Pedro, protector de Miguel Ángel y un diplomático maquiavélico que un día se aliaba con los franceses y otro llamaba a España para que los combatiera. En estas, se dio cuenta que los Estados Pontificios no resistirían tantas maquinaciones políticas sin un ejército que los defendiera y encontró la solución convirtiendo a mercenarios en soldados por y para el Papado. Un 22 de enero de 1506, hace por tanto hoy, 508 años, se firmaba formalmente el acta fundacional de uno de los ejércitos más pequeños, antiguos y singulares del Mundo. Hace hoy 508 años, nacía la Guardia Suiza.

Soldados de élite con un durísimo entrenamiento y una instrucción estricta, la Guardia Suiza sigue sorprendiendo a los visitantes vaticanos por esa estampa tan peculiar que pareciera salida de un cuadro renacentista. De manera equivocada, corre de boca en boca la leyenda que Julio II pidió a Miguel Ángel el diseño del uniforme, cuando lo cierto es que se debe al que fuera comandante de esta fuerza militar entre 1910 y 1921 Jules Repond. El equívoco proviene de su inspiración en obras de arte del siglo XVI y especialmente en los frescos de las Estancias Vaticanas pintadas por Rafael, de donde se fijó para componer los tres uniformes.

El de Gran Gala, curiosamente, no reproduce los colores de la Casa della Rovere, la poderosa familia a la que pertenecía Julio II y que fue el que los fundó, sino de la Casa de Medici, que dio los tres papas posteriores a Julio II.  El azul, el rojo y el amarillo de pies a cabeza se complementa con guantes blancos, morrión plateado de donde pende una pluma de avestruz (blanca para el comandante y el sargento mayor; violeta para los oficiales y suboficiales; roja para los alabarderos, y amarilla para los pífanos) y un collar ampuloso. En total, 154 piezas componen el traje extraordinario de la Guardia Suiza.

Un segundo uniforme, el de media, en color bermejo, recuerda al que vistieron los Tercios Españoles en tiempos de Felipe II, guiño inevitable al poder militar de la época y la dilatada presencia española en tierras italianas. Además, subyace en todo esto aquella piedad del monarca hispano que de alguna manera, quiso corregir el atrevimiento de su padre el Emperador Carlos tras el episodio conocido del Saco de Roma de 1527.

Al fin, hay un uniforme de diario, de un gris azulado y cuello blanco que actualizó a los tiempos que corrían Jules Repond sustituyendo cualquier casco anterior por una sencilla boina negra, mucho más fácil de llevar. Pero además de las armas de fuego modernas y reactualizadas, la alabarda y la pica, enseñas de otros tiempos, no faltan en la indumentaria del ejército papal.

Para formar parte de un ejército tan elitista formado tan sólo por 110 hombres, los requisitos imponderables son: ser suizo, tener entre 19 y 30 años de edad, ser solteros, medir como mínimo 174 centímetros de altura, haber recibido una instrucción básica dada por el Ejército Suizo y como evidencia rotunda, ser católico. En 2003, ingresaba en las filas vaticanas el primer hombre de color, un indio adoptado por una familia suiza, engrosando la dilatada historia de uno de los ejércitos más antiguos del Mundo, que cuando tenía apenas 20 años de vida, estuvo a punto de desaparecer combatiendo frente a las invencibles tropas imperiales españolas.


Retrato de Clemente VII por Sebastiano del Piombo (1531)

Era Papa Clemente VII, de la familia Medici. Resumiré mucho: le tomó el pelo a España y se declaró amigo de su enemigo. Y está claro que todo pueblo católico ha de tener fidelidad al sucesor de Pedro, pero ay, eran tiempos en los que Dios quiso ser español. Y se llevaba mejor con el trono hispano que con el solio de su Vicario. ¡Qué le vamos a hacer!

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