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viernes, 31 de enero de 2014

La gran estafa granadina

"Lazarillo de Tornes". Francisco de Goya, 1810.

El brillante historiador Américo Castro sostenía que sin la Edad Media, no podríamos entender a España. Yo no quiero desdecir a genio como este, pero de lo que estoy convencido es que España, para lo bueno y lo malo, es lo que es (y ha sido y será), gracias a sus sinvergüenzas, sus pillos, sus pícaros y sus caraduras. En el país del Lazarillo, de Rinconete, de los políticos y de tantas otras jetas, sigue siendo casi inverosímil, imposible de creer y digno de llevar al cine, lo que ocurrió en Granada entre 1868 y 1874. Aquello fue, la mayor estafa que esta ciudad y estas tierras hayan visto nunca.


El Arzobispo Bienvenido Monzón Martín y Puente.

Nuestro protagonista respondía al apellido de Segura; era un sacerdote anónimo que en tiempos del Arzobispo Salvador Reyes abandona la diócesis sin que se halle pista alguna de él. Irrumpe de nuevo en la ciudad hacia 1870, siendo Arzobispo Bienvenido Monzón Martín y Puente que no se extrañó de la desaparición de uno de sus pastores y que desde luego, se tragó a la perfección la primera parte del embuste: el Cura Segura no era un simple ministro de Dios de andar por casa y atender su Parroquia, pues enseña y demuestra ante el mismísimo Arzobispo en el Palacio Curial que ha sido nombrado, nada menos que Capellán Mayor Extra Urbem de la Corte Pontificia. Para reforzar aquel título (que sabe Dios dónde falsificó y por cierto, lo bien que lo hizo), vestía con el corte de indumentaria sacerdotal típico italiano, llevaba un airoso manteo y se tocaba con una cruz pectoral que a más de uno lo hacían confundir con un rango episcopal. Era, en todo, un impostor de primera. 

El Papa Pío IX

Cambiaba las versiones a su antojo. Si ante sus superiores contaba que había sido distinguido por el Papa Pío IX, en la calle alargaba la historia y se atrevía a asegurar que el Santo Padre lo había convertido en camarero honorario. Pronto, se instaló en una vivienda cercana a la Catedral de Granada cuyo interior decoró con más lujo que el de la Autoridad y con más boato que el que pudiera exhibir una Iglesia. Hizo de su casa un museo de arte que crecía por momentos; las imágenes del Papa eran múltiples y en todas, una firma y una dedicatoria venían a atestiguar la importancia (ficticia, pero aún eso no se descubriría) de su morador.

Los invitados descubrían un día un retrato del Rey Luis II de Baviera y otro, nada menos que del Káiser alemán Guillermo I. Por supuesto, cada uno de los cuadros, con una dedicatoria que reconocía una amistad estrecha con el cura Segura. Ante tanta fastuosidad y repercusión, el mismo Arzobispo no dudó en granjearse su amistad y tenerlo en consideración. El prelado granadino Bienvenido Monzón Martín y Puente, era un devoto sin igual de la Virgen de las Angustias, a la que le faltaban años para ser Patrona aún y lo lograría gracias a su intervención; de modo que con ese arte sibilino para el engaño y la adulación, el cura costeó su novena de septiembre y pagó de su bolsillo los brillantes y caros acompañamientos musicales, los centenares de cirios que habían de prender de su Altar Mayor  y los suculentos adornos florales. A lo largo de los Solemnes Cultos, la Hermandad distinguió al Arzobispo instalando un pabellón regio cubierto por dosel para que siguiera las funciones desde allí,. Y a su lado, por expreso deseo del Arzobispo, se sentaba en igualdad de condiciones el cura Segura. Acababa de escalar a las posiciones sociales más altas que preveía la ciudad.

Caricatura de la política española tras el exilio de Isabel II 

La aristocracia granadina empezó a frecuentar la casa. Pinturas sacras de Alonso Cano convivían con candelabros de plata, mobiliario castellano y tapices y damascos que hacían del lugar un pequeño palacete. Los granadinos no dejaron de especular desde el primer momento el origen de una fortuna como la suya y los rumores empezaron a apuntar que se había hecho con tanto patrimonio invirtiendo en bolsa, otros fantaseaban con su estancia en Roma y sus amistades cardenalicias y papales y al fin, muchos aseguraron que había sido cura de un regimiento liberal encargado del triunfo de la Gloriosa, la Revolución de 1868 que destronó a Isabel II. El haber sido director espiritual de los generales que participaron de “La septembrina”, decían las malas lenguas del momento, le procuró suculentos beneficios.

Proclamación de Guillermo I como Káiser de Alemania, por Anton von Werner. 
EL Cura Segura aseguraba haber estado presente en ceremonias como esta.

Pero, ¿cómo conseguía ese tren de vida fabuloso, ese ajuar doméstico, esa colección de arte envidiada por la Granada más clásica y nobiliaria? Pues mediante la españolísima tradición de la estafa, pero hecha con una artimaña muy nuestra: vendía vanidad. El Cura  prometía a un buen número de incautos un título nobiliario, merced a su amistad con el nuevo Rey Amadeo I de Saboya. El mero hecho de que los vanidosos y ególatras paisanos vieran en su casa las dedicatorias encendidamente cariñosas que reyes de media Europa y el mismo Papa le habían hecho, era garantía suficiente. A algunos les prometía títulos y los menos avaros se conformaban con indulgencias que expiaran sus pecados. Está claro que él mismo expedía estos valiosos documentos.

La Calle Mesones a finales del siglo XIX

Un barbero de la Calle Mesones le pagó 3.000 duros (15.000 pesetas de la época) a cambio del título de general. Un sereno de Güejar Sierra anduvo durante meses con un título en la mano que lo acreditaba como Príncipe de las Alpujarras, por cuyo exótico cargo soltó la friolera de 5.000 duros (25.000 pesetas) y un motrileño que le atendió como asistente personal y secretario, gastó lo que tenía y lo que no para ser revestido como Marqués de la Gorgoracha, por 15.000 pesetas. Y los que no tenían tan fabulosas e impensables cantidades, se conformaban con adquirir medallas militares honoríficas, títulos pontificios menores y rangos que sin ser tan presuntuosos, al menos estaban al alcance de su mano.

Granada en 1885

El sacerdote Segura estaba haciendo una inmensa fortuna, pero su codicia no conocía límites. Y entre su círculo de adeptos y de confidentes, enseñó documentos que desvelaban la existencia de una sociedad secreta y privadísima llamada a cambiar el Mundo. Una especie de entidad exclusiva y excluyente de la que formaban parte el Káiser, el Papa y algunos de los principales personajes de la Europa de 1870. Este club oculto y restringido iba a mover los cimientos sociales, promover un cambio de poderes y renovar la vida ciudadana. Y la grandilocuencia de los discursos y los falsos documentos que exhibía, en una sociedad desinformada y sin las posibilidades del siglo XXI, fueron suficientes para organizar una nueva estafa más suculenta que las anteriores. Los timados, pagaban grandes cantidades de dinero por formar parte de tan selecta entidad. Cuando triunfara la revolución que (ellos así lo creían) encabezaba Pío IX, recibirían títulos, cargos y sobretodo dinero, porque de una u otra manera, habían contribuido a manera de préstamo a hacer posible ese cambio.

El cura exigía amplias cantidades, pero si algún ingenuo no podía pagarlas, él prestaba el dinero. Para ello, le enseñaba la suma y le hacía firmar un documento en el que el engañado se comprometía a devolver la cantidad que le había prestado el cura. Curiosamente, este último paso sí era legal y Segura se encargaba de que un notario validase el acuerdo. Pero el dinero que había visto el pobre ingenuo, era falso, reproducido a manera de litografía sabe Dios por quién. Una maniobra maestra en la que el cura recibía una cantidad, enseñaba otra que tampoco abandonaba sus manos e hipotecaba los ingresos del avaricioso engañado por los restos. 

Pero el presbítero Segura cometió un fallo: un beneficiado del Albaicín, un oscuro y gris sacerdote que no brillaba por su inteligencia, fue su siguiente víctima. Segura le habló del nuevo orden mundial promovido por el Papa y le enseñó algunas de sus falsas credenciales. El lazo estaba echado. Ningún religioso se negaría a formar parte de nada que no contara con la bendición papal y esto, además, era supuestamente idea de Pío IX. El sacerdote víctima, mantuvo uno de los documentos que le enseñaba el timador Segura entre sus manos, y en estas, lo único que no falló fue su conocimiento de latín. El texto estaba plagado de errores gramaticales, de fallos garrafales que rebelaban un desconocimiento impropio de hombre de Iglesia. Aquello escamó de lo lindo al modesto cura albaicinero que puso en conocimiento de la autoridad las artimañas de Segura.

Dos hechos refrendarán su caída. De un lado, el fin de aquella República que duró apenas un año y que diera paso a la restauración de la Casa Borbón en el trono y de otra, la visita del Prelado granadino Monzón y Martín a Roma en 1874.  Allí, por supuesto, nadie conocía al sacerdote, nadie lo había visto jamás y nadie dio por buenas las cartas, privilegios y dedicatorias que la fantasía y el timo de Segura había tejido. El Diario Español, ese mismo año de 1874, daba a conocer la noticia: “Hoy se ha dicho que la  prisión del cura Segura en Granada, es debida a habérsele encontrado algunos documentos y papeles relacionados con la muerte del general Prim”. A los pocos días, el diario granadino El Imparcial, en su edición de 1 de noviembre de 1874, comentaba que “un cura había sido detenido por falsificador y estafador”.

En la calle, la comidilla no era otra. Granada le acababa de poner mote al cura timador, que de repente, era bajo, cejijunto, hosco y de expresión nada despierta. A decir verdad, siempre lo fue, pero su grandeza, encantos y poder habían ocultado todo esto que ahora, servía para que el pueblo granadino lo conociera como “Segurilla”. El periodista del diario el Defensor de Granada Rodolfo Gil fue el que aclaró todo de esta rocambolesca y funesta historia. La prensa nacional había hablado de su presunta relación con el asesinato del general Prim para disuadir a la población de los verdaderos engaños no de un ciudadano corriente, sino de un sacerdote.

A principios de 1875 un juez tenía ya en su poder documentos, presuntos privilegios papales y autorizaciones de monarquías extranjeras para la expedición de títulos y prebendas. Pero lo que más sorprendió fue la incautación de numerosos billetes de todas las cifras. En su casa, El Defensor de Granada llega a decir que Segurilla tenía 10.000 duros en metálico, una fortuna suficiente como para adquirir varias viviendas.

El Periódico La Época anunciaba el 5 de mayo de 1875 de una sorprendente noticia: el cura Segurilla se había escapado de prisión y estaba en paradero desconocido. Las argucias y tretas que lo hicieron ser un estafador de primera, lo dejaron escapar de aquel modesto presidio de la Calle de la Cárcel, frente a la Catedral de Granada. Rodolfo Gil, ya como empleado del Diario de Córdoba, siguió contando noticias de las que podía disponer, como ese periódico de la ciudad de la mezquita recogió el 10 de octubre de  1901.

Hemos cambiado dos veces de centuria y la sociedad española sigue igual. Pero desde 1870, Granada no ha conocido, y espero que no conozca, artimañas como las de Segurilla, el cura que fue capaz de vender principados, marquesados y la gloria eterna a un buen puñado de incautos. Sin lugar a dudas, una historia apasionante y algo surrealista que podía ser perfectamente, llevado al cine. 

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