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martes, 14 de enero de 2014

Humphrey Bogart

A pesar de lo que dijera en la pasada ceremonia de entrega de los Globos de Oro Diane Keaton, el arte sí consigue la inmortalidad, porque justifica que un día como hoy, que se cumplen 57 años de la desaparición de uno de esos colosos cuyo nombre en los créditos de una película justifica que la veamos, sea objeto de este impropio, escueto y mínimo homenaje que la Alacena rinde al galán menos convencional y atípico de las estrellas que ha dado Hollywood al Mundo.

Nació en la navidad de 1899, fecha que daría para varias observaciones: vino a la vida en el siglo XIX y además en Nueva York. Nuestro hombre los tenía bien puestos y se alistó como voluntario nada menos que en los Marines para combatir en el bando aliado durante la I Guerra Mundial. El barco donde servía fue alcanzado por un torpedo y un trozo de éste le descerrajó la mandíbula. Nunca más volvió a hablar igual, pero tal vez gracias a ello imprimió carácter a sus interpretaciones. Si aquel lejano 1918, en medio del Atlántico, el Leviatán no hubiera sido abordado por el submarino alemán que lo hundió a pique, nos habríamos perdido algo único. Para hacernos una idea bastan las palabras del también actor Peter Ustinov: "Su gran cualidad básica era una maravillosa rudeza. Incluso cuando tenía un aspecto impecable, me parecía que podía encenderse una cerilla en la mandíbula”.

Su rudeza y su físico nada sorprendente lastraron su carrera. Bogart sin embargo protagonizó cinco soberbias obras, se llevó un Óscar, fue el conquistador de Ingrid Bergman, De Katherine Hepburn, de Audrey Hepburn, de Ava Gadner o de Lauren Bacall (esta última incluso en la vida real, su esposa y madre de sus hijos) y asoció su nombre con el arte en mayúsculas tras títulos como “El halcón maltés” (1941), “Casablanca” (1941), “La reina de África” (1951) o “La condesa descalza” (1954).

Sigue siendo algo polémico aquella revelación que en su autobiografía realizaba de él el dios Billy Wilder. El soberbio director decía que su mala relación con Bogart, tan mala que sería imposible calificarla, se debía al antisemitismo del actor. Pero hay algo que no concuerda: ¿cómo alguien anti judío como Bogart se casa con una judía, ésta se convierte en la madre de sus hijos y ambos forman la pareja más relevante de actores de su época con una relación admirada e inquebrantable? Lo que sí sabemos es que cuando Bogart, enfermo de cáncer de estómago se supo a punto de morir, llamó a Billy Wilder para reconciliarse con él, pedirle perdón y marcharse con la conciencia tranquila. El por qué, real y verdadero de la imposible relación entre ambos, jamás podremos averiguarla ya.

Pero Humphrey era el actor que describió a la perfección el escritor Raymond Chandler: “Todo lo que Bogart tenía que hacer para meterse una escena en el bolsillo era salir en ella”. Se bastó con sus poco más de 160 centímetros de altura para ser el seductor duro, el cínico implacable y el actor que jamás dejaremos de asociar al eterno cigarrillo de entre sus dedos. Sigue siendo recordada la anécdota de la Ceremonia de los Óscar en la que “Casablanca” optaba a 8 Premios (ganó 3) y Bogart al de mejor actor. En el momento en el que se anunciaba el ganador, Humphrey Bogart se levantaba y estaba ya dispuesto a dirigirse hacia el escenario, cuando alguien le detuvo. ¡No habían dicho su nombre sino el de Paul Lukas! ¿Quién puede hoy día pensar que Bogart no fue el mejor actor de ese año tras su papel estelar e inigualable en Casablanca?

El caso es que de las muchas anécdotas de esa película, algunas de las que podéis consultar aquíseguimos destacando la habilidad del equipo técnico para destacar la altura de Bogart frente a la actriz sueca Ingrid Bergman. Ella, le sacaba casi 20 centímetros, exhibiendo su imponente metro ochenta pero siempre, gracias a los planos y a los trucos, apareciendo por debajo de un tipo duro de 160 centímetros. Y de una joya del cine a otra que no desmerece: “La reina de África”. La dirigió John Huston y eso fue suficiente para Bogart aceptara el papel. Su partener sería Katherine Hepburn, quisquillosa, maniática de la limpieza y la más implacable persecutora de todo aquel que bebiera alcohol. Así sufrió lo que sufrió con un director y un compañero de reparto que se picaban entre ellos para ver quién soportaba más whisky. Asqueada por completo ante ese vicio compartido por Huston y Bogart, la talentosa actriz sólo bebió agua durante el rodaje en África. Pero curiosidades de la vida, todo el equipo enfermó, muchos de ellos contrajeron disentería e incluso algunos de malaria.

Todos... menos dos: Huston y Bogart, gracias a que no bebieron... AGUA, porque durante el rodaje, el propio Bogart tras lavarse los dientes se los enjugaba con whisky. Su alcoholismo encubierto fue un secreto a voces, tal vez el responsable de una muerte tan prematura. Eso ya da igual, porque Bogart no morirá nunca. Es, para la Academia del Cine y el Instituto Americano, el mejor actor de todos los tiempos, un animal interpretativo, el rudo y bucólico galán, el que siempre hizo esos papeles cuyos personajes ofrecían la imagen de dudosa reputación y muy escueta moralidad.

Pero si alguien conoció realmente a Bogart, fue Lauren Bacall; se conocieron en 1944, durante el rodaje de “Tener o no tener”, bajo la dirección de Howard Hawks. Una de las míticas frases que le dice a Bacall en el film es: “si me necesitas, silba”. Ambos se encandilaron por el otro y tras la película el romance era seguro, con boda posterior, hijos y la muerte como única capaz de interponerse entre ellos. Así que Bogart, al salir de la Iglesia, tenía un regalo muy especial para Bacall, recordando la película que los unió y que con un silbido la tendría. Y le regaló un colgante con un silbato de oro, por si era necesario. Cuando moría en Los Ángeles hace hoy 57 años, Bacall recordaba a su gran amor así:

Era un hombre chapado a la antigua, un gran romántico. Y muy emocional. Lloraba cuando moría un perro. Deberías haberlo visto en nuestra boda, con las lágrimas cayéndole por la cara. Me dijo que había empezado a pensar sobre el significado de las palabras. Se hacía el duro por la vida, y no se comprometía, pero recuerdo cuando fue a ver a Steve en la guardería y cuando lo vio en su mesita, lloró”. Desde luego, muy distinto a lo que pensamos del gran galán, rudo, irónico y bucólico al que hoy, rendimos nuestro mayor afecto.

Al fin, una frase que pronunciaba en una de sus interpretaciones puede considerarse casi profética, casi descriptiva. Así era el verdadero actor, que sin la rotunda belleza de otros, el sex appel de algunos de sus colegas o las películas apropiadas, conquistaba a la chica protagonista, encandilaba a la espectadora y producía envidia a los varones que en aquellos años, admiraban esa rudeza conquistadora y aplastante. En “El sueño eterno” (1946) bajo la dirección de Howard Hawks y compartiendo protagonismo con su ya esposa Lauren Bacall, uno de sus guiones describe al Bogart admirado y admirable: “General, tenga cuidado con su hija. Ha intentado sentarse en mis rodillas cuando yo estaba de pie”.


Y es que fue, como seguimos apreciando en la pantalla, el actor irresistible que moría tal día como hoy, hace 57 años para hacerse inmortal gracias a su contribución. 

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