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lunes, 27 de enero de 2014

El torero Picasso

Encarna la figura del artista contradictorio, irreverente y provocador. Está considerado uno de los creadores más influyentes y reconocidos de la Historia del Arte y un progresista contumaz e incontestable. Y precisamente alguien sin discusión como intelectual, de una cultura imposible de poner en entredicho y con una capacidad y sagacidad artística que ha sido elevada a la categoría de icónica por los más contemporáneos ciudadanos alineados en la ideología progresista, se atrevía a definirse en 1973 de esta manera: “el toro soy yo”. Bonita declaración de intereses y disparo a bocajarro contra los anti taurinos sin razón.

Su última etapa es una especie de copia, de mímesis y reproducción de la vida de Goya: afincado definitivamente en Francia en donde como el grandioso padre de la modernidad (me refiero a Goya) termina muriendo, el tema recurrente y último de su arte es uno de los inmortales para cualquier artista español. Sí, lo han adivinado: la Tauromaquia. Goya se exilió por Fernando VII; Picasso por el General Franco. Hasta en esto compartían un mismo historial y de las muchas coincidencias, el amor al mundo del toro y de la fiesta taurina es algo evidente. Pero si Goya hizo el álbum más meritorio hasta entonces visto del toro y lo torero, la realidad es que Picasso sintió tanta predilección, que más que una pasión, convirtió el tema del toro en un delirio y un arrebato, aunque en el fondo lo que hacía al representar una y mil veces la mítica y pasional figura del toro, era establecer aquel vínculo con la España añorada y suya como de tantos otros.

"El zurdo". Picasso, 1899. 

Acudía de chico a la plaza de la mano de un tío suyo. Lo único que el familiar le pedía es que comulgaran antes de encaramarse al tendido. El Picasso maduro, orgullosamente ateo, reconocía que “20 veces hubiera comulgado por tal de ir a los toros”. Se repetía de niño que lo que verdaderamente quería ser de mayor, era picador. Tal vez por eso, su primera obra documentada es el retrato de un picador. Repite cuando hace su primer aguafuerte, ya en Barcelona: “El Zurdo”. Para más coincidencias (o no), la primera venta que hace en su vida artística son tres escenas taurinas, en París.

"Tauromaquia". Picasso, 1957.

El Picasso reconocido internacionalmente acude a los toros en Céret, Arles, Nimes o Barcelona. El día que cumple 80 años, su amigo Luis Miguel Dominguín le hace un regalo especial: una corrida en el coso de Vallauris en donde torea el propio Dominguín y el maestro Domingo Ortega. El Guernica tiene un toro; las figuraciones para “El sombrero de tres picos” se llena de astados; luego hace el álbum de ilustraciones “Tauromaquia de Pepe-Hillo”, cuela minotauros y toros en su “Metamorfosis de Ovidio, menciona la fecha de corridas y a las que va a asistir en su diario personal, dedica al toro piezas cerámicas, esculturas metálicas, obras mixtas y dibujos...  

Se atreve con controversia y ánimo de polemizar a concluir en 1959, 20 dibujos con el tema central del Cristo de Torrijos en donde Jesús desclavado de la Cruz, hace quites con un capote sacándose de la chistera el Cristo más torero de la historia del arte. Interpreta los clásicos como “El rapto de Europa” que hiciera Tiziano en 1560 convirtiéndolo en un diestro vencido por el toro, que está claro que en su lienzo no es el dios Zeus. Pinta mujeres toreras a las que le presta la cara su propia esposa y convierte en un festejo taurino el cuadro “Caza de hipopótamos y cocodrilos” que Rubens había firmado en 1615.

Diseño de Picasso para Luis Miguel Dominguín en su reaparición de 1971.

Cada vez que acudía a la plaza, seguía un estricto protocolo casi esotérico. Comía paella y bebía vino español, pero peleón, recio, nada de alguno de los fabulosos caldos hispanos. El vino de Valdepeñas le calentaba las tripas para regalarle a un picador con poca fortuna un castoreño pintado por él mismo. Con la montera, el picador comió de lo lindo durante un buen tiempo. Para cuando Luis Miguel Dominguín anunció su regreso a los ruedos, Picasso le había diseñado un traje de luces y un par de capotes. El pacto entre el torero y el pintor fue que el artista regresara a España y cuando acababa la faena, se bebían la noche soñando con una plaza de toros diseñada por Picasso que los dos anhelaban ver en la Casa de Campo de Madrid.

"Torero en Aviñón". Picasso, 1973.

El artista malagueño nunca más piso España. No por la dictadura en sí, sino por el qué dirían sus camaradas comunistas de Francia. Al fin, un autorretrato suyo, no es otra cosa que el ancestral minotauro de la cultura cretense, con el que Picasso dejó claro que este país no es solo piel de toro... Tal vez también sus hijos, aunque muchos aborrezcan lo que los más grandes intelectuales aplaudieron. El caso es que no se puede admirar a un progresista y provocador obviando que, sin el mundo del toro, tal vez nunca hubiera sido Picasso.


Así que sirva de aviso para navegantes. 

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