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lunes, 6 de enero de 2014

El roscón de Reyes

"La juventud de Baco". William Adolph Bouguereau, 1884

Del Mundo tal y como lo conocemos nada quedaría y nada podríamos decir de no ser por ese perfecto maridaje cultural que supuso la fusión de la fe cristiana con la cultura grecolatina, a veces en el intento último por conquistar más fieles y sobrevivir a las persecuciones, dando como resultado lo que ha venido a ser la cultura de Occidente. No es por tanto de extrañar que muchas fiestas, tradiciones e incluso “historias” cristianas remanezcan del paganismo y/o beban directamente de éste, hasta puntos insospechados, como el maravilloso y rico postre que nos ocupa, que desde la noche del 5 de enero y especialmente durante la jornada de la Epifanía, degusta España con fruición sin saber que nada tiene que ver con lo católico, la tradición de los Reyes Magos o la jornada de la Epifanía de Cristo.


"Ave Caesa, Io Saturnalia". Lawrence Alma Tadema, 1880

Las saturnales fueron las fiestas por excelencia de Roma. Tomaron el nombre del dios Saturno, al que se le imploraba para las mejoras de la agricultura y que dominaba el tiempo. Así que en la fiesta del solsticio de invierno, Roma entera consagraba una semana a estas celebraciones que festejaban la finalización de los trabajos del campo, de la siembra de invierno, del descanso ante el trabajo ya hecho a la espera de la recogida del fruto. Siete días  de banquetes e intercambio de regalos que comenzaban con un sacrificio en el templo de Saturno, un banquete público al que estaba invitado toda la ciudadanía y un grito festivo, una especie de mantra que se repetía continuamente: Io Saturnalia.  

De los platos específicos que se preparaban, sobresalía un postre realizado a manera de una torta de miel en la que se le introducían frutos secos, higos y dátiles. Dentro del mismo, a manera de juego, se alojaba una haba, símbolo para los romanos de prosperidad y de fertilidad, que el que se la encontrara en su porción sería bendecido por los dioses con un año cargado de buenos augurios. Con el tiempo, Roma dejó que el cristianismo fuese la religión oficial, credo que debía adaptar a su fe la práctica centenaria de costumbres y fiestas. Y luchar contra tradiciones asumidas y enraizadas en la población iba a ser harto difícil, por lo que con una sagacidad impensable, los primeros cristianos no perseguidos decidieron hacer suyas esas tradiciones revistiendo de cristianismo las mismas. Sutiles cambios como darle forma de rosca a la torta y guardarla para la fecha crucial de la Epifanía de Cristo terminaron por convertir el plato típico de las Saturnales en un postre propio del cristianismo.

Fiesta en Versalles por la boda del Delfín en 1745. 
Eugene Louis Lami

Quedaban aún algunos detalles que se fueron introduciendo con los años; en concreto sería la Francia del barroco la que terminaría por definir el postre y gracias a la popularidad que le dio la aristocracia. Se reunían las familias nobles francesas para comer el postre jugando a ver quién era el que se hacía con la legumbre, haciendo que en todo el país se hiciera famosa la comida del Rey del haba (le Roi de la fave). Pero será el cocinero de Versalles al servicio de Luis XVI el que al fin le dé el actual sentido al roscón de Reyes... El ceremonial versallesco era complejo; los reyes vivían distraídos en una sucesión de fiestas y juegos (no era de extrañar que perdieran el favor del pueblo) y cualquier excusa era buena para una chanza. Así fue como desde las reales cocinas de Versalles, se mejoró y aumentó el postre del Rey del Haba introduciendo una moneda de oro que suplió al haba romana como símbolo y significado de prosperidad. Ya nadie en la corte quería ser el rey del haba, sino el afortunado que se llevara el pequeño tesoro.

Con los refinamientos del cocinero real Baltasar de la Reyniere parece que llegaron los actuales “rellenos” del Roscón de Reyes, pero algo nos hace pensar que tal vez fue en la corte de Luis XIV, el Rey Sol, cuando todo empezó a cambiar y en concreto gracias al ingenio que demostraba François Vatel, creador ya en 1650 de la alta cocina francesa. Es la única manera de explicar que cuando Felipe V de España, nieto del Rey Sol y por tanto, conocedor de las extravagancias y refinamientos culinarios de Versalles, llega a ocupar el trono español, pone de moda en nuestro país la inclusión de la moneda como premio que al poco cambia por una figurita de cerámica simulando un rey, pero eso sí, ya la legumbre, el haba, era símbolo negativo y no como en Roma, una bendición de los dioses.  

Sea como fuere algo sí es seguro; será el castizo Madrid del siglo XIX el que vuelva a poner de moda la tradición y a fijar las reglas a respetar cuando se coma el Roscón. A saber: a quién le salga la figurita será coronado “rey de la fiesta” y quién por el contrario encuentre el haba, además de pagar el postre,  será nombrado tonto del haba, con lo que se dio origen al castizo insulto de tontolaba.

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