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jueves, 9 de enero de 2014

El Ratoncito Pérez

Luis Coloma nació en una tierra propicia para los genios, para los intelectuales y los capaces. En Jerez venía al mundo un futuro leguleyo que por culpa o gracias al infortunio de un disparo, se hizo jesuita. Y en aquella España en la que se clamaba por derramar la sangre de los Borbones, la I República avisaba de la ineficacia de este sistema en esta tierra y los gobiernos a veces no llegaban a durar medio mes, el ya padre de la Compañía de Jesús Luis Coloma, se convertía en un tertuliano sagaz y en un escritor que molestó y mucho a los que se creían únicos poseedores del poder de la escritura en el Madrid de 1891.

La Reina María Cristina y Alfonso XIII en 1886. 

A Emilia Pardo Bazán le encantaba su estilo, al contrario que a Juan Valera, que temió por la capacidad del jerezano. Ensayos, novelas de historia y al fin, literatura infantil y por su puesto su ministerio como sacerdote, lo hicieron muy conocido. Además, su firme defensa de la Restauración Borbónica le permitió tratar con cierta familiaridad a los reales inquilinos del Palacio de Oriente. En efecto, muerto Alfonso XII, su esposa la reina viuda (y regente hasta la minoría de edad de Alfonso XIII) María Cristina le confió el trato y le otorgó familiaridad, encargándose en diversas ocasiones de la atención espiritual del futuro Rey de España, entonces un tímido bebé.

Ilustraciones originales de la primera edición de "El Ratón Pérez". 

Ocurrió que el Padre Coloma fue avisado en Palacio que al niño Alfonso XIII, de tan sólo 9 años, se le acababa de caer un diente, posiblemente de los últimos de leche. El jesuita de Jerez de la Frontera sabía bien que la Reina Regente María Cristina, en los ambientes de confidencia y privacidad, llamaba con cariño materno y cercanía rotunda a su niño Alfonso: Bubi. Y aprovechando que al entonces Príncipe de Asturias se le había caído un diente, que conocía las leyendas anglosajonas de un hada que se llevaba los dientes de los niños y les dejaba a cambio un regalo y aprovechando que muy pocos españoles, por no decir sólo la Familia Real y él, sabían que el apelativo cariñoso del Futuro Rey era Bubi, tal día como hoy, el día de su cumpleaños (el Padre Coloma cumplía 48 años), sacaba a la luz una obrita pequeña, tímida, íntima y del corte infantil que venía cultivando, para que lo leyera alguien muy especial: el futuro Rey de los Españoles.

La novelita infantil proponía un protagonista encargado de enseñarle al legendario Rey Bubi la miseria del mundo, las dolencias de los pobres y las necesidades de su reino... Cuando el rey aprendió la lección, le dejó debajo de la almohada un premio: el toisón de oro. Como ven, la ficción del Padre Coloma y los datos reales que incluía eran de una enorme moraleja y pretendían una enseñanza clave, cuando no profética para el futuro Alfonso XIII. El protagonista no era otro que un ratón que vivía junto a su familia en una caja de galletas en el interior de una confitería. Pero lo mejor es que la confitería existía de verdad y era una de las proveedoras oficiales de la Casa Real: la distinguida Casa Prast, en la castiza y céntrica calle del Arenal, a menos de 100 metros del Palacio Real.

Desde la confitería, solía escabullirse todas las noches un ratón muy pequeño que se llamaba Pérez. Vestía chaqueta entallada, zapatos de lienzo, se tocaba con un sombrero de paja y usaba unas lentes de la época de tono dorado. Pero lo que caracterizaba al roedor era la cartera roja que llevaba sobre sus espaldas. El ratón se deslizaba por las cañerías, engañaba a los gatos madrileños y acudía a la habitación del Rey Bubi pero sobre todo, a la de los niños más pobres de la ciudad. Se llevaba sus dientes de leche y les dejaba un regalito bajo la almohada. Para eso usaba la cartera roja de su espalda.

“El rey niño Bubi I colocó su diente debajo de la almohada, como es costumbre hacer, y esperó impaciente la llegada del ratoncito [...] De pronto, sintió una cosa suave que le rozaba la frente. Incorporóse de un brinco, sobresaltado, y vió delante de sí, de pie sobre la almohada, un ratón muy pequeño, con sombrero de paja, lentes de oro, zapatos de lienzo crudo y una cartera roja, terciada a la espalda [...] Bubi consiguió convencer y acompañar a Ratón Pérez en su peligrosa misión nocturna, pasando por la acogedora casita de Ratón Pérez, donde residía con su mujer y sus hijos, hasta la buhardilla donde vivía muy pobremente Gilito, un niño que como él también esperaba su visita [...] En su extraordinario viaje, Bubi descubrió que había niños muy diferentes, que pasaban hambre y frío pero que también eran sus hermanos porque todos eran hijos de Dios.


La fama del cuento dio la vuelta al Mundo. Primero, a los países hispanoamericanos. En Francia, al poco apareció “le petit souris”, es decir, un ratoncito. Y en Italia, Topolino, que también significa ratoncito. Así fue como con la intención de educar y dejarle una moraleja valiosa y una lección sabia al futuro Rey, hace 120 años nacía esta obra, el mismo día que nació su autor, en esta ocasión hace 162 años. En 1908, el Padre Luis Coloma ingresaba en la Real Academia de la Lengua. Su obra era admirada, pero su historia sería inmortal. Un cuento infantil sin pretensiones literarias terminaría por catapultarlo para siempre en la memoria no sólo de los españoles, sino del Mundo entero. Hoy día, en donde estuvo las célebres tiendas de ultramarinos y la confitería de Carlos Prast, hay un pequeño centro comercial donde se ha rendido homenaje al único personaje de ficción del Mundo y de la Historia que tiene un domicilio físico real. Un pequeño monumento y una placa recuerda el lugar donde el Padre Coloma hizo nacer al entrañable Ratoncito Pérez, que como han visto, es algo más que una figura infantil, sino un maestro de reyes. 

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