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miércoles, 15 de enero de 2014

El hombre que pudo cambiar la historia de España

Ni cabe duda ni hay defensa posible: España es el país del Mundo más desagradecido, olvidadizo con sus principales personalidades y menos dado a reconocer lo que dieron, contribuyeron e hicieron. Porque la figura del hombre que hoy traigo, seguro que es desconocida para muchísimos de vosotros y es suficientemente revelador. Estamos ante un científico, inventor, diplomático y patriota que era conocido fuera de España y en la corte de algunos países enemigos nuestros por entonces, como el Sabio. Jorge Juan Santacilia (1713-1773), un alicantino sin igual, continua para la inmensa mayoría de ciudadanos, en la más absoluta oscuridad siendo uno de los que pudo haber cambiado la historia de España para siempre.

Ingresó con 16 años en la recién creada Real Compañía de Guardamarinas de Cádiz, una escuela militar adelantada a su tiempo y revolucionaria en sus formas que enseñaba los más modernos estudios y marcaría la vida de nuestro hombre, un marino que entró en combate, sirvió bajo las órdenes de Blas de Lezo y se convirtió en alguien respetado. Y así fue como con tan sólo 21 años, se le encargó la tarea de dar la cifra exacta del tamaño de la circunferencia de la tierra, realizar las triangulaciones oportunas, escribir un Tratado sobre Astronomía y realizar un informe secreto sobre la administración americana que sería vital y oportuno para el gobierno de las Indias.

Sus contribuciones no se quedaron en convertirse en un pionero y dar la cifra exacta de la medida del Planeta, sino que gracias a sus investigaciones plasmadas en ensayos y escritos, pudo instaurarse el sistema métrico, nacido de esa misión en la que compartió con científicos franceses el trabajo de medición del meridiano. Pero un desastre fue a la vez una providencia cuasi divina para Jorge Juan, que en el viaje de regreso a España tras 9 años de trabajo, sufriría el ataque de los piratas ingleses. El marino y científico traía con desolación noticias de un Imperio descompuesto, una América decadente, la cada vez mayor potencia de Francia e Inglaterra y la debilidad militar de España, y el ataque corsario fue suficiente para aguijonear su patriotismo y su capacidad.

El ataque en alta mar y su encuentro casual con el Marqués de la Ensenada fueron decisivos. Ambos opinaron igual desde un mismo momento: España debía cambiar, progresar y adecuarse a los tiempos, y empezando por su Armada, habida cuenta del uso marítimo que gracias a América, realizaba la Nación. Así que fue enviado a Londres quizás como espía, sin duda como observador de los progresos náuticos ingleses, por lo que desde entonces Jorge Juan hace llegar sus informes secretos al Rey, oculto con el nombre en clave de Mr. Josues. Allí, no dejara un astillero del Támesis sin investigar y recabará la información necesaria para empezar la nueva etapa naval de España. De forma que regresa minutos antes que la Corona Británica recompensara largamente al que lo capturase. Digamos que salió con media policía pisándole los talones.

Jorge Juan se convierte en el padre intelectual de una flota poderosa y moderna, es el primer español en darse cuenta que la supremacía de los mares es fundamental para que siga habiendo América y se eleva a pionero en sistemas de navegación, uso y calidad en jarcias y velas. Una última visita a la ya peligrosa Inglaterra se salda con nada menos que el Ministro Bedford comandando un inmenso número de efectivos policiales para atraparlo. Alguno de sus colaboradores es detenido, y nuestro hombre salva el pellejo in extremis. Cuando ya cruzaba el Canal de la Mancha, de incógnito y con recelos, se ha llevado consigo a ingenieros navales y obreros cualificados que aceptan trabajar para España.

Como director de la Academia Naval, logró un milagro constructivo sin precedentes. Desgraciadamente, la caída en desgracia del Marqués de la Ensenada lo arrastró consigo. España, acababa de perder a sus dos más válidos ciudadanos; ellos solos se hubieran bastado para transformar y mucho el país y las intrigas políticas gestadas y costeadas por el Embajador Británico estuvieron detrás de la caída en desgracia del sin igual “de la Ensenada”. Lo que todavía es imposible de creer es que una maniobra diplomático-política inglesa (y la compra de voluntades de miembros del Consejo del Reino) lograra privarnos del más capaz de los españoles del momento. Así pasen otros 270 años no tendremos suficientes argumentos para justificar este error.


El glorioso reinado de Carlos III supuso el regreso de Jorge Juan, con una de las misiones más difíciles de su vida: la diplomacia y espía del joven reino de Marruecos. Una carta a Carlos III sigue dejándonos sorprendidos. Como si de un profeta, de un adivino se tratara, desgranó paso a paso qué iba a vivir España si no se corregían muchas cosas. Llegó a predecir que América corría el peligro de ser perdida y se adelantó en décadas al auge de Francia y de Inglaterra. Señaló las deficiencias sociales españolas y el premio a tanto esfuerzo, fue desechar su sistema de trabajo y reconversión de la Armada. Nadie pone hoy día en duda que de haberse seguido fidedignamente su trabajo, no hubiera ocurrido la desgraciada derrota de Trafalgar y España nunca hubiera cedido el gobierno de los mares a Inglaterra.

Es más, la flota española podía estar dispuesta a conectar España y las Américas más rápido y mejor, es decir, sin posibilidad de sostenerlo al ciento por ciento pero especulando algo, nadie nos dice que una Armada y un sistema de gobierno más apropiados como el que pedía Jorge Juan, hubiera conservado el Imperio por más tiempo.


A la postre, murió un español de Alicante llamado a cambiar la historia de España, un hombre brillante que fue el primero en medir la longitud del meridiano terrestre, que fue el primero en demostrar que la Tierra estaba achatada por los Polos y que reformó el sistema naval español, pero que su país no confió en él. Sin embargo, fue nombrado Académico de Honor de la Real Academia de las Ciencias de París, de la Royal Society de Londres y de la Academia de Berlín, demostrando que nadie es profeta en su tierra, o que en este país hemos dejado escapar a los mejores, y con ellos, la posibilidad de cambiar la historia. 

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