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martes, 21 de enero de 2014

El cantor de jazz

Los amantes del cine sabemos la importancia que tuvo la irrupción del sonido en la gran pantalla, mucho más allá de consideraciones técnicas o desarrollo de la trama. Para los que no comprendan lo que supuso aquello, recomiendo el éxito francés “The artist”, que en 2011 arrasó en los Globos de Oro, los BAFTA o los Óscar. Una película que cuenta la inadaptación de muchas glorias del cine mudo cuando, tal día como hoy, la Warner Brothers hacía cambiar la historia del séptimo arte con una premier de la ópera prima del sonoro que se estrenaría el 6 de octubre de 1927. Pero hace hoy 87 años, todo cambió, para bien y para mal.

Desde dos años antes Broadway venía exhibiendo con éxito la historia del hijo de un rabino neoyorkino ultraconservador que se oponía brutal y frontalmente a la dedicación de su único hijo al mundo del vodevil y del espectáculo, derrochando el talento divino de su voz en otra cosa distinta que los himnos religiosos hebraicos. El actor protagonista era el aclamado George Jessel, un todo terreno de los escenarios con fama atronadora que además, sabía de sus cualidades y no dudó en pedir unos honorarios a los que ni quería ni tal vez podía llegar la Warner.

Descartado el verdadero “alma mater” de aquel espectáculo, la compañía se fijó en un comediante y actor, un autor de Broadway judío que se abría paso entre la multitud con el nombre profesional de Eddie Cantor. Y era el segundo que no supo ver lo que se ofrecía y también, al no llegar a un acuerdo económico, rechazaba la propuesta cinematográfica. Y es así como un casi desconocido Al Johnson, llegaba dispuesto a rodar la que desde ese mismo instante, se iba a convertir en el ACTA FUNDACIONAL DEL CINE SONORO. Por fin, la gran pantalla iba a hablar.

Al Johnson seguro que aceptó entusiasmado por un guión que parecía haberse basado en su vida. Él también era el hijo del salmodista de la primera sinagoga del gueto de Nueva York. Como describían los guionistas, él también se las vio con un padre intolerante de la ortodoxia judía y como en la trama, fue echado de casa por querer cumplir su sueño de cantar en los vodeviles de moda y exhibir su torrente interpretativo. De hecho Al Johnson había comenzado su carrera gracias a una voz que los críticos confundían con los cantantes de jazz afroamericanos, por lo que en sus primeros espectáculos, acompañaba el desgarro de su capacidad tonal con una pintura negra que lo “caracterizaba como negro”. Pues todo eso se incluyó en aquella mítica obra que con 87 años a sus espaldas, destruyó un modelo de interpretación, sacó de escena a quienes no pudieron (o no quisieron) cambiar el rol y daba paso a la edad de oro de Hollywood, a la gloria del cine.

Un 21 de enero de 1927 se estrenaba la tecnología Vitaphone que haría posible la primera película sonora de la historia: El Cantor de Jazz. Y en aquella obra dirigida por Alan Crosland, se oía la primera frase que durante una década, era repetida por espectadores y personajes de la industria como si de un milagro se tratara. El cine se había hecho grande y ya por fin hablaba. Y lo primero que dijo, como si se tratara de una profecía que se cumplió punto por punto, fue: “Un momento, un momento, aún no has escuchado nada”.


No se puede entender todo lo que vino después, sin esta obra...

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