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domingo, 26 de enero de 2014

Diamantes

A 40 kilómetros de Pretoria, en Sudáfrica, la compañía inglesa Premier Diamond explotaba una mina de diamantes perteneciente al aristócrata británico Sir Thomas Cullinan, que había conseguido el honor de aquella explotación de manos del mismo rey. Aquella mañana del 25 de enero de 1905, hace 109 años, los obreros no creían ver lo que realmente sus ojos a duras penas podían informar a cada cerebro de cada minero que en situaciones extremas de dureza laboral, estaban contemplando. Una inmensa piedra acababa de ser extraída y subida a la superficie. Cuando el diamante fue pesado, nada menos que mareó con la cifra de su peso: 3.000 quilates (600 gramos) del más exclusivo, caro y duro de los minerales del Planeta. Aquel inmenso diamante fue bautizado en honor del dueño de la mina, pero era tan gigantescamente grande, que ni el propietario del mismo era digno de prestarle su nombre al que desde entonces y hasta hoy, ha sido el diamante más grande extraído en la historia de la Humanidad.

En 1884, el genio prodigioso del escritor francés Julio Verne había parido una novela publicada bajo el nombre de “La estrella del sur”. De sobra es conocido que el ingenio del novelista casi que estaba dotado de condiciones proféticas. El argumento trataba del intento de un ingeniero que vivía en “los campos de diamantes sudafricanos” por conseguir un diamante artificial del valor de uno real que le permitiera la cuantía y capacidad económica suficiente como para casarse con la chica de sus sueños. Aquello, por enésima vez, fue una suerte de profecía, fue casi una predicción de Julio Verne por lo que los ingenieros de la Compañía de Cullinan no dudaron en rebautizar el diamante de una manera más oportuna: “La estrella del sur”.

Sir Thomas Cullinan fue astuto. Explotaba una mina suculenta, de ella había salido el diamante más grande de la historia y todo ello se lo debía a los permisos y concesiones de la corona británica, así que decidió que aquel diamante le iba a ser más provechoso como regalo al rey Eduardo VII. Cuando éste tuvo delante semejante regalo, se quedó atónito. Mandó a los joyeros reales que lo tallaran y de una pieza tan colosal como la descrita, sacaron 150 brillantes de gran tamaño. Eso sí, de nuevo fue bautizado el contenido en hinor a Sir Thomas Cullinan, que seguro, esperaba otra gratificación y agradecimientos distintos que prestar su apellido a 150 diamantes tallados.  Se ordenaron del 1 al 150 por orden del peso de cada uno y fueron etiquetados a razón de ese peso como Cullinan I, Cullinan II y así hasta el último.

El mayor de todos fue destinado para coronar la empuñadura de una joya de la corona británica, el Cetro de la Cruz, pieza de 1661 que se vio muy enriquecido gracias a esa Gran Estrella de África; en concreto, el Cullinan I pasó a ser un diamante de 530 quilates (106 gramos). Sigue, como entonces, usándose para las ceremonias de coronación. El Cullinan II pasó a la Torre de Londres, donde se guarda el Tesoro Real. Los dos siguientes se emplearon en componer el broche Chips, el que usó frecuentemente María de Teck, reina consorte, esposa de Jorge V y madre de la actual reina Isabel II.

Aquel impresionante descubrimiento imposible de valorar económicamente, hizo palidecer cualquier gema y piedra preciosa anterior, incluso las muy ricas y variadas que la Monarquía Española guardaba celosamente gracias a los abundantes descubrimientos en las minas americanas. Dejó de manifiesto que Sudáfrica era un paraíso, de hecho sigue siendo el principal país exportador de diamantes. Nos enseñó que gemas y piedras se valorar en kilates, unos 0,22 gramos y batió un récord que 109 años después de su hallazgo, no se ha superado y nos cuesta pensar que se haga algún día. Los Cullinan o piedras salidas de aquella fabulosa Estrella del Sur, de aquella joya inigualable sudafricana, siguen brillando hoy en el patrimonio regio británico.


El pueblo sudafricano no; tal vez, no lo olviden, por culpa de sus dirigentes. De todos, incluso los que ahora son santos. 

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