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martes, 31 de diciembre de 2013

El Cotillón

Ha llegado la noche esperada por miles de adolescentes que tendrán hoy carta de libertad para llegar de amanecida. La noche que todos disfrutan como si fuera la última de sus días, con renovadas y remozadas ilusiones que a servidor le cuesta entender, pero que respeta (mientras me dejen dormir, cabro...) La noche de los cotillones, a los que millones de españoles acuden sin saber el por qué de su nombre y si acaso, qué es un cotillón. Pues en eso nos vamos a empeñar ahora.

Sala de conciertos y bailes del Palacio de Versalles

El cotillón nació hace tres siglos como un baile, en concreto fue la moda a partir de 1700 en Francia y se bailaba en parejas de cuatro con la finalidad de formar un cuadrado. Poco a poco la realeza francesa lo adoptó como el baile más ceremonioso y protocolario y Versalles se convertiría en el escenario de los cotillones, destinado para la presentación social de los infantes, príncipes y de los hijos de los cortesanos más nobles. Era ideal para el flirteo, pues al intercambiarse las parejas, daba lugar a tropiezos fingidos (o no) y a complicidades entre los danzantes.

El caso es que el baile gozó de mucha salud porque dio el salto a Estados Unidos. Allí, el cotillón terminó convirtiéndose en la puesta de largo preferida, en la toma de contacto de los jóvenes con las normas de la sociedad. El cotillón era ya la fiesta y no el tipo de baile, que estaba salpicado vals, foxtrot, tango o swing. Una pequeña parada servía para descansar de la fiesta y hacer una merienda; el broche de oro era el último baile, para el que se repartían bolsas con elementos desenfadados que despertaran la risa de los jóvenes, rompiera la timidez de algunos y le diera el tono desenfadado a la ceremonia. Estas bolsas contenían antifaces, sombreros, serpentinas, pitos de caña... Y al final, el cotillón terminó siendo la fiesta en sí, donde no podían faltar los adornos del tipo disfraz, confeti, serpentinas, matasuegras y otros elementos que se suelen usar con especial ahínco en las fiestas más esperadas y divertidas, como la de la Nochevieja. Y un baile de 300 años, terminó por prestarle el nombre a una fiesta.


Diviértanse, que entren bien en 2014 y sobre todo, NO MOLESTEN A LOS SIESOS COMO SERVIDOR, HIJOS DE...

lunes, 30 de diciembre de 2013

Las uvas de la suerte

Si hay una tradición que más se respeta en la Nochevieja es la de comerse las uvas al golpe de las campanadas, especialmente las de la Puerta del Sol de Madrid. Ya hoy las familias buscan, porque los hay remolones hasta para eso, el racimo oportuno para mañana por la noche y algunos esperan con ilusión remozada el momento en el que alguno de los familiares se atragante con ellas o se adelante y empieza a engullir en los cuartos. Da igual, el caso es que la mayoría cree que el origen de esta tradición estuvo en un excedente de uvas y se llevaron como reclamo y para no desperdiciarlas, a la Puerta del Sol en la Nochevieja de 1909, pero no es cierto, pues al menos, desde 30 años antes ya se consumían.

El alcalde José Abascal Carredano, artífice sin procurarlo de la tradición

Era alcalde de Madrid José Abascal Carredano, que ha pasado a la historia por el suceso que vamos a contar ahora pero no por otras decisiones que lo avalan como político honrado, justo y cabal. Por ejemplo, cuando el 24 de agosto de 1882, el Pleno del Ayuntamiento de Madrid decidió comprar un carruaje de gala para el uso del alcalde de la ciudad que costaría casi 18.000 pesetas de entonces. El bueno de José Abascal se opuso pero los concejales seguían porfiando y asegurando que se convertiría en parte del patrimonio de la ciudad y valedero para cuantos alcaldes posteriores llegaran. Así que el alcalde, harto ya, dijo que seguiría yendo a pie y que si persistían en el empeño de gastar tal suma, se atrevería incluso a denunciar a ese Consistorio. Dicho y hecho, se retiró la propuesta. ¡Igualito que hoy día!

El caso es que las arcas municipales madrileñas andaban exiguas y los concejales apremiaban para buscar soluciones ante la bancarrota inminente. Uno de ellos propuso sancionar las malas prácticas que los madrileños venían haciendo la noche de Reyes, ridiculizando a los forasteros que llegaban en busca de regalos, además de beber y hacer ruido en exceso. Así las cosas, ese mes de diciembre de 1882 José Abascal Carredano, como alcalde, publicaba un bando en el que prohibía beber en las calles y organizar ruidos la noche del 5 de enero bajo multa de cinco pesetas.

Llevaba ya años convertido aquel día en uno de los más festivos y ruidosos y aquella norma municipal sentó mal a todos. Enfadados por la solución que había tomado el Ayuntamiento, un grupo de madrileños decidió tomar la calle en otra fecha clave, pero además bajo la premisa de ridiculizar a la clase pudiente que organizaba fiestas en las casas en la Nochevieja. Así que salieron rumbo a la Puerta del Sol llevando consigo bebidas baratas con las que irónicamente intentaban parodiar las refinadas bebidas burguesas y como satirizar lo que comían esa noche era muy costoso, se llevaron fruta. Al oír las campanadas del reloj, a alguien se le ocurrió echarse a la boca una pieza de fruta con cada campanada, pero de entre todas, la más menuda que permitía llevar el ritmo era la uva.  

El Presidente Cánovas se comió las uvas en 1885

Aquello caló pronto entre los madrileños más castizos y sencillos al punto que un 31 de diciembre de 1885, el mismísimo Presidente del Gobierno (entonces se llamaba Presidente del Consejo de Ministros), el genial don Antonio Cánovas del Castillo, acudió a la Puerta del Sol a despedir el año con cuantos se dieron cita en aquella plaza. La prensa, anunciaba en 1897 que aquello era ya una tradición muy suya y publicaba: “Es costumbre madrileña comer doce uvas al dar las doce horas en el reloj que separa el año saliente del entrante”. Y en 1898, coincidiendo con el abatimiento de toda España por la pérdida de las últimas colonias, intentaba insuflar ánimos y titulaba el diario: “Las Uvas milagrosas”.

La Nochevieja en la Puerta del Sol a principios del siglo XX

La tradición se fue extendiendo gracias a la prensa y a cuantos visitantes conocían de primera mano aquella curiosa forma de saludar el nuevo año y querían llevárselo a sus tierras. En 1903 ya lo hacía Tenerife y la fecha que creen todos que fue el arranque de la tradición, la de 1909, no fue otra cosa que un excedente de uva llevado allí por los viticultores alicantinos, a sabiendas que desde 30 años antes, se venía realizando. Televisión Española terminó por cultivar en todos el arraigo de la tradición, retransmitiendo por primera vez la fiesta en 1962; desde entonces, a pesar de que  va a cumplir 131 años, se ha convertido en un símbolo al que muchos conceden hasta propiedades mágicas. Son las uvas “de la suerte” y siempre me ha resultado cómico que, ateos recalcitrantes, reconocen tomarlas “por si acaso”.


Mañana regresa la tradición a los hogares españoles; nació como protesta, cuando las protestas en este país ni vulneraban derechos ni rompían mobiliarios. Y tranquilos, disponen de 36 segundos para ingerirlas, no como los 25 de aquel 1997 que por poco acaba con más de uno por ahogamiento supersticioso

domingo, 29 de diciembre de 2013

El Convento de los Ángeles de Granada

A lo largo de 2013 se han cumplido los 475 años de la fundación del Convento de los Ángeles que gracias al noble Rodrigo del Campo vio la luz en Granada en 1538; pero es éste un año especial para la Comunidad Religiosa de Clarisas Franciscanas y para los amantes del patrimonio y la historia de esta ciudad, en tanto conviven otras efemérides junto a la ya citada en torno al edificio, lástima que la indolente ciudadanía se haya preocupado poco por un conjunto patrimonial que a todas luces

Fue fundado en 1538 aunque 1570 será decisivo para su devenir posterior, pues en este año la Comunidad Religiosa establecido en él pasa a formar parte de la espiritualidad de Santa Clara y recibe una Bula del mismo Papa Pío V. Lo que no deja de ser significativo es el lugar escogido para su fundación y que en cuya elección, tendrán mucho que ver los patronos del mismo, el matrimonio compuesto por don Rodrigo Ponce de León, hijo del I Duque de Arcos (hermano del que en ese momento ostentaba el título) y que en aquel momento, ocupaba el prestigioso y nombradísimo cargo de Comendador de la Orden de Santiago. Su mujer, también noble, era Leonor de Cáceres.

Gustaba el matrimonio pasear por una zona de honda trascendencia histórica, más si cabe ahora, por las fechas próximas al 2 de enero que viviremos. Aquella era la cuesta de acceso al Campo de Ahabul que fue luego el Campo de los Mártires. Por este acceso subieron las tropas cristianas la mañana del 2 de enero a asegurar los Palacios Nazaríes y el ceremonial de la entrega de la ciudad. El matrimonio Ponce de León-De Cáceres paseaba con fruición por la zona, dominada por la Puerta de la Cuesta (Bab-al nayd) que con el tiempo, dada la gran cantidad de molinos que desde el Genil llegaban hasta la Acequia, se denominó la Puerta de los Molinos.

El paraje, sorprendente y de vistas enormes, era una agreste y singular entramado que siendo parte de la urbe, guardaba el aspecto de lejanía, boscoso y exótico y excelente para los paseos y excursiones de nobles como el Comendador de Santiago; pero quizás lo curioso aquí es que se repite como sucediera en La Cartuja, que el patrón y mecenas de una Institución conventual o monástica, “se enamora” primero del lugar y es entonces cuando decide levantar en él su obra. Así volvió a ocurrir en 1538 y a la muerte del poderoso matrimonio, sus albaceas mantuvieron vivo el deseo de ambos de seguir sufragando las obras.

Fueron entonces fundamentales dos religiosas, al punto de que ambas están beatificadas. Nos referimos a Leonor de Saavedra y a Inés de Jesús. Pero tampoco es de desdeñar la importancia que jugaron en estos años fundacionales religiosas como Magdalena de Velasco, llegada desde Alcaudete para imprimir el carácter franciscano a la incipiente comunidad clarisa o la Madre María de Mendoza Laso de la Vega, aristócrata destacadísima que llevaría como abadesa el peso del Convento.

El edificio primitivo se construyó en tan sólo dos años y en 1540 era ocupado por las monjas. El lugar ya era conocido entre los granadinos como “las Vistillas”, dando idea de por qué fue el sitio escogido por el Comendador para su fundación. El término sigue conservado en el colectivo ciudadano, casi cinco siglos después y a pesar de los modernos edificios que ya estropean parte de sus fabulosas vistas sobre la vega, el Genil o la propia Sierra, las Vistillas de los Ángeles sigue siendo el nombre que los granadinos otorgan al lugar.

Interior de la Clausura de Comendadoras, donde encontró refugio la Comunidad de los Ángeles.

En estos lugares y bajo esta protección vivió el Convento hasta la llegada del mayor de los horrores que habría de vivir España, la invasión francesa. La zona conventual se vio afectada pues las tropas napoleónicas la emplearon como arsenal de su munición. Las religiosas fueron expulsadas y buscaron alojo en el Convento de Comendadoras de Santiago hasta que estuviera todo dispuesto en el de Santa Isabel la Real, de la misma Orden, donde encontraron alojo hasta que los españoles pudieran expulsar al enemigo. No todas cupieron en el interior de aquel fastuoso Convento, por lo que hubieron de buscar unas casas en la Carrera del Darro que servirían para las monjas más jóvenes. Cuando en 1812 se conoció la noticia de la derrota francesa, al tiempo que en febrero de ese año los invasores abandonaban Granada, la Comunidad de los Ángeles se interesó por su Convento llevándose la decepción y la peor de las noticias: el edificio estaba arruinado y sería necesario reconstruirlo entero.

Las autoridades civiles, después de seis años de guerra, no estaban para ayudar ni financiar proyectos de restauración patrimonial. En 1814 el edificio era inhabitable y su deterioro palpable. Ni las monjas podían hacer frente a las obras de restauración ni los granadinos ayudarlas, de manera que en 1837, se enteran que su Convento ha sido subastado en virtud a la Ley de Desamortización que afectaba a las órdenes religiosas masculinas, pero no a las femeninas. Sin duda, el espacio en el que se encontraba y que no se hubiera vuelto a habitar (por imposibilidad, no por capricho) pesó lo suficiente como para que el Gobierno Liberal se incautara del inmueble. Mientras, las monjas de los Ángeles vivían de la caridad y de las ayudas de uno de sus benefactores, José de Villamena, en las destartaladas casas de la Carrera del Darro donde seguían desde el fin de la Guerra de la Independencia, hasta que fueron acogidas en un Carmen.

Ese mismo año de 1837 el edificio conventual es subastado y adquirido por José Siqués que comunica sin alteración alguna, que su idea es derribarlo. Convento, Iglesia, huertas y dos viviendas anexas, todo ello del siglo XVI, peligraba. Por alguna razón aquel sacrilegio contra el patrimonio y la historia no llega a perpetrarse aunque en 1847, el Convento tendrá que soportar el duro revés de ser usado como fábrica de tejidos de lienzo, que deterioraron más algunas zonas, afectaron a piezas históricas de su patrimonio, alteraron estructuras y diseños originales y sirvieron para la rapiña de coleccionistas y buitres del arte, que no dudaron en despojarlo de elementos históricos con destino a sus viviendas particulares.

Un soplo de fortuna sonrió a las madres clarisas que consiguieron reunir la cuantía necesaria para poner a salvo la que fue su casa y retornar al fin al Convento primitivo que fue, no nos engañemos, el que dio origen a la Comunidad, en tanto es imposible disolver la unión entre las Clarisas de los Ángeles y el paraje donde creció la Comunidad. Y en efecto, en 1863, hace ahora 150 años, las Reverendas Madres vieron cómo comenzaban las obras de reforma y restauración que habría de devolverles su casa. Un 23 de diciembre se bendecían las obras del Convento y un 29 de diciembre de hace 120 años, es decir, en 1893, se daba por concluido todo el proceso de reconstrucción, intervención y restauración.


La Titular del Convento durante su Procesión Anual
Fotografía del Blog "La Locura de una familia cofrade". 

Los Ángeles, en el año 2013, han vivido los 475 años de su fundación, los 150 años de la recuperación y restauración de su casa y los 120 años del fin de las obras. Cifras muy redondas y muy coincidentes; pero sobretodo, este Convento de Reverendas Madres Clarisas Franciscanas, cargado de historia, de patrimonio y de ideas de paz y bien es un monumento granadino al pasado, del presente y para el futuro. 

sábado, 28 de diciembre de 2013

Champán

El que vence en una carrera, brinda con el sugerente y delicado vino de la región francesa de Champaña, de donde ha tomado su nombre el espumoso más fino y a veces caro del Mundo. En 1907 fue el premio para la carrera automovilística Peking-París; desde entonces, se convirtió en la bebida oficial de los Grandes Premios de Francia, de Australia o las 24 hora de Le Mans. Las botaduras de los barcos, las carreras de la Fórmula1, las victorias de etapas ciclistas... El champán domina todos los escenarios del lujo y de las celebraciones y es la bebida estrella de las comidas elegantes y más cuidadas, como las que en estas fechas solemos vivir. El cava, fue presentado en 1868 en sociedad gracias a las investigaciones de Luis Justo Villanueva que en el seno del Instituto Agrícola Catalán de San Isidro, fermentó el vino del Penedés mediante “el método champañés”, luego éste, es hijo del Champán, hasta que en 1972, un conflicto con Francia se resolvió bautizando al espumoso catalán como cava, para no entrar en conflictos con el vino original y primero que fue el que hizo nacer al español.

El Champán ya era conocido por los romanos que lo denominaban vinum titillum y las primeras referencias ciertas las encontramos en el siglo XV, cuando en París empezó a consumirse el vino de la región de la Champaña, aunque curiosamente en su lugar de origen el término champagne se utilizaba para referirse a tierras baldías, siendo prácticamente despectivo. Pero no por ello, malo, hasta el punto que las cortes reales de Inglaterra y Francia ya lo demandaban y en 1660 su embotellado para el comercio internacional es una realidad

Baqueting House, lugar de celebraciones de la Casa Real Inglesa.

Una técnica centenaria consistente en embotellarlo en primavera,  justo antes de la primera fermentación, le otorgó las burbujas y el vino empezó a ser llamado "vino del diablo" y "salta tapones". En la Corte del rey Sol, el vino era poco apreciado, pero para fortuna de todos, en Inglaterra estaba Catalina de Braganza, la que introdujo el té en el Reino Unido y la que degustó con pasión el vino de Champaña. Así que el rey Carlos II Estuardo, solicitaba una buena cantidad de botellas de champán que pusieron a salvo la industria.

Pero será en 1670 cuando se alcance el auténtico champán, gracias a un monje benedictino. Pierre Pérignon había nacido en 1638 y con 19 años se decidió por la vida contemplativa, ingresando en el Monasterio de Verdún para ser trasladado al poco, a la Abadía de Hautvillers, en la región de Champaña. El abad lo destinó a la custodia del sótano de la Abadía, donde se guardaba la producción de vino y esto interesó sobremanera al joven fraile que fue experimentando con  la uva hasta dar con el que ha venido a ser llamado el “método champenoise”. 
Después de decenas de pruebas y tras el reposo en los sótanos, se decidió a descorchar una botella para probar el fruto de sus esfuerzos y comenzó a vociferar, alertando al resto de monjes que oían desde el subsuelo la voz de Fra Pierre gritar: “Venid, venid todos. Estoy bebiendo las estrellas”. Acababa de descubrirse la burbuja fuerte y rotunda que caracteriza a este espumoso. Los abades desde entonces le confiaron la administración de la bodega. La popularidad y riqueza de la Abadía aumentaba milagrosamente y en poco tiempo, triplicó su producción vinícola. En 1715, a los 77 años, Pierre Pérignon dejaba este Mundo y en agradecimiento a sus desvelos, la comunidad benedictina guardó un lugar de privilegio para su cadáver e incluso un panteón para el resto de la familia, con una lápida que reconocía su invento y lo mucho que ello supuso para los benedictinos: Dom Pérignon

Louis Pasteur haciendo pruebas de microbiología

El fraile había introducido cambios vitales, como la selección de la uva, el corcho cónico sujeto con una grapa metálica y las botellas de vidrio más grueso. Lo que no supo explicar fue la presencia de las burbujas, que hasta el estudio de la fermentación por Louis Pasteur, que descubrió la intervención de la levadura en 1857, jamás antes se hubiera pensado algo así. Los monjes de Hautvillers simplemente atribuían esto a la intervención de la Virgen.


Abadía de Hautvillers, cuna del champán.

La Abadía poco a poco se fue apagando; bien por la falta de vocaciones, bien por los cambios sociales, pero afortunadamente nunca hubo codicia en los benedictinos que compartieron la secreta fórmula hallada por Fray Pierre, al punto que en 1729 se fundó la primera firma de champán mediante el esfuerzo empresarial de Nicolas Ruinart en la ciudad de Épernay; la primera bodega oficial fue Maison Ruinar, hoy asociada a uno de los champagnes más caros del Mundo. Será el siglo XVIII el de la confirmación y prestigio del champán comenzando a adquirir renombre internacional, gracias a la aparición de personalidades cuyas firmas aún continúan, tales como Claude Moët, Heidsieck, Bollinger o Perriet-Jouët. Y en el siglo XIX, las que nos faltan: Pommery, o Terrier.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Carbón Dulce


La Adoración de los Magos. Francisco Rizi de Guevara, hacia 1665.

La figura histórica y legendaria de los Reyes Magos es la suma del paso de los siglos sobre una simple mención que recoge el Evangelio de San Mateo en el capítulo 2: “Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. (Mateo 2, 1). A la postre, fijó el evangelista incluso los regalos con los que estos magos reconocían a Cristo como el Rey de Reyes: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. (Mateo 2, 11).


Sarcófago donde están enterrados los Tres Reyes Magos. Catedral de Colonia.

Por magos, el lenguaje de la época entendía sabios pero ahí estaba la imaginación desbordante del mundo oriental para ir amasando lo que habrían de terminar siendo nuestros Reyes Magos, moldeados luego por la cultura occidental. Según la creencia católica, estos magos eran representantes de religiones paganas, las primeras naciones que aceptarán la religión católica. ¿Tal vez unos miembros de la casta sacerdotal persa? Y así, la literatura fantástica hizo el resto y los convirtió en los representantes de tres pueblos históricos relacionados con Israel: Persia, Babilonia y el Asia más remota. Pero cuando la tradición da su salto a Europa y los europeos fusionan lo que han recibido del pueblo judío con la cultura grecolatina, los tres magos de Oriente se convierten en los sabios de tres pueblos del Mundo conocido, esto es, Europa, Asia, y África. Aunque todavía resuena en nuestras cabezas el revuelo que el Papa Benedicto XVI provocó el pasado año con su libro La infancia de Jesús, intentando demostrar que los Reyes Magos venían Tartessos, el mítico reino ubicado entre las actuales provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla.

Paje de los Reyes Magos del Belén de Salzillo (1776-1783)

El caso es que desde el siglo V se definieron como los conocemos y fueron los responsables también de traerle los regalos a cuántos niños lo merecían, hasta que hizo irrupción el carbón como castigo para quiénes no habían tenido un año bueno. Son varias versiones de esta tradición que acabó siendo mitigada y edulcorada para restarle la crueldad de regalar algo así a un niño, de manera que se convertiría en carbón dulce. La primera de ellas nos habla de Carbonilla, un paje de los Reyes Magos, cuya misión es vigilar a lo largo del año a los niños y en la noche del 5 de enero les deja carbón a aquellos que no se han portado bien. Aunque lo más probable es que los primeros regalos que se recibieran estuviesen cargados de utilidad. Así, Melchor se encargaba de regalar ropa o zapatos; Gaspar repartía golosinas, requesón, miel o frutos secos y Baltasar castigaba a los niños que se habían portado mal, dejándoles carbón o leña.


La Bruja Befana de Italia

Cada país del orbe católico fue tejiendo su propia historia, pero siempre con un común principio. Los italianos crearon a la Bruja Befana, que en el momento en que los Tres Reyes se dirigían hacia Belén, invitándola a que los acompañara y adorase ella también al Niño Dios, se encontraba barriendo su casa y se negó a creer en el nacimiento del Rey de Reyes. Desde entonces, como castigo eterno, Befana ayuda en su tarea a los Magos la madrugada del 6 de enero, especialmente en Italia. En las casas italianas se cuelga un calcetín y Befana lo llenará de regalos si los niños se han portado bien, o de carbón, si su comportamiento no ha sido el adecuado.

Recreación del Olentzero navarro

En Navarra, la tradición es de un arraigo absoluto. Un carbonero que vivía en los montes odiaba a los niños; las crónicas lo describen como un huraño que vivía aislado de la sociedad, dedicado a hacer carbón en el bosque. De nombre
Olentzero es anterior a la cristianización de Navarra pero se ha convertido en un símbolo de la Navidad, encargado de abandonar su refugio en la montaña, repartir regalos a los niños buenos y carbón (que se supone, tiene suficiente) entre los niños malos.

La tradición es extensa; una paje de los Reyes, una bruja, un carbonero... pero el carbón como elemento de castigo, dulcificado por la bondad de padres y familiares. 

jueves, 26 de diciembre de 2013

Cestas de Navidad

No puedo creerme que no os haya llegado aún vuestra cesta; sí, la de siempre, la esperada, la que ha colmado de felicidad las mesas de miles de hogares y la que era bienvenida para la Nochebuena por la familia, a la espera de que la empresa del cabeza de la casa tuviera a bien recordar tan señalada fecha. De acuerdo, hemos convertido las celebraciones cristianas en una carrera a ver quién come más y mejor. Es una maratón inacabable de compromisos, citas familiares y copiosas comidas que dejan kilos de más y acogotan (y pervierten) el verdadero sentido de la Navidad. Ay, pero esas cestas, cuidadas, con sus papeles de celofán las que más, sus lazos de terciopelo las más presumidas, sus botellas, ibéricos, dulces típicos, destilados rimbombantes... Esas cestas... Esas cestas no las pilla ya ni el secretario del Ministerio, leche.

Pero si bien es cierto que el que crea que la cesta de Navidad es fiel reflejo de un consumismo exacerbado que viola el verdadero sentido, tendrá razones y se le dará, puede correr el riesgo de olvidarse que todo tiene en la vida un origen y esta cesta no iba a ser menos, incluso milenario. Hunde su historia en la lejana cultura romana y hasta las fechas del Imperio Romano nos vamos porque para celebrar la llegada del nuevo año, los romanos intercambiaban “sportulae”, unos cestillos en los que se guardaban olivo, laurel e higos secos y se incluía una nota en la que se mandaban buenos deseos a quién recibiría la cesta, tal vez (esto ya no me consta) origen a su vez de “las tarjetas”.

Esta tradición también se vincula al popular aguinaldo, en la época romana se conocía como ‘stranae’, un pago especial al trabajador, en dinero o en especies. También se conocía como stranae al intercambio de regalos entre amigos en honor a los dioses. De ahí que con la cultura cristiana asentada y dominante, las costumbres de Roma no se perdieran puesto que el nuevo credo hizo suyas muchas de éstas. Incluso en la Edad Media esta tradición pervivió, pues los campesinos transportaban los aguinaldos que iban a entregar a familiares (y recibir) en estos cestos. Con el devenir de los tiempos, cuando empresas y administraciones obsequiaban a sus trabajadores con un aguinaldo y en concreto con la archiconocida cesta de Navidad, mantenía viva una tradición de dos mil años.


Ojalá la crisis nos permita recuperarla. Y si por cualquier motivo este año sigues esperándola, que la de 2014 no falte. 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La historia del mantecado

La zona central de la región andaluza es un conglomerado geográfico rico en historia y plagado de pueblos de una solera impresionante. Se trata de las llamadas ciudades medias, justo en la mitad geográfica del sur de España cuyas poblaciones provienen de cinco provincias: Sevilla, Málaga, Córdoba, Jaén y Granada. Antaño eran cruzadas por la Vía Augusta que llevaba a Roma y comunicaba esta tierra, de importancia trascendental para el Imperio, con la “Capital del Mundo”. Algunas de estas poblaciones son la granadina de Loja, que sirvió para el rodaje de “Sopa de ganso” (1933) de los Hermanos Marx. O la jiennense Alcalá la Real, cuna de los mejores artistas de la escultura. De Sevilla, la impresionante Écija, una de las poblaciones europeas con mayor legado de arte romano y al fin, las dos ciudades que, si miran el mapa, más cerca están una de la otra y que van a ser las protagonistas de esta historia: Antequera y Estepa.

Y es en esta zona donde se yerguen Antequera y Estepa donde a mediados del siglo XVI habrá un excedente de materias primas de considerable cantidad. En concreto de cereal, pero sobre todo, de cabaña porcina. La carne, la sangre para embutir y por encima de todo, el jamón, fue muy bien aprovechado; pero solía usarse con bastante frecuencia y tiempo, la grasa o manteca del cerdo para cocinar y conservar alimentos. Fue ese un año rico en cerdos y en peso de éstos y sobraba manteca que, en aquellos tiempos, bajo ningún concepto se atreverían a tirar. Así que bien en Estepa, bien en Antequera, decidieron ponerse manos a la obra y utilizarla de la mejor manera posible. A finales de noviembre, por la festividad de San Martín, es tradición que se lleve a cabo la matanza, el aprovechamiento del cerdo. Hecha ésta y seleccionados los productos, se había echado encima la Navidad... así que con la enorme sobra de manteca, lo que se preparó en las ciudades medias, las del centro neurálgico del sur de España, fueron dulces que se comieron aprovechando los excesos propios de la fiesta de Navidad. Acababa de nacer EL MANTECADO.

Convento de Santa Clara de Estepa

Algunos justifican que Estepa tenía una notable cabaña de ganado porcino que pastaba libremente en grandes extensiones de encinar, árboles que desaparecerían durante la Guerra de la Independencia porque las tropas francesas intentaron con esta medida evitar el refugio de los guerrilleros, por lo que la población se dedicó desde entonces al cultivo del cereal.  De lo que sí tenemos fechas es de las tortas de manteca que en el siglo XVI elaboraba el Convento estepeño de clarisas de Santa Clara, según demuestran sus archivos, donde incluso se citan los recipientes utilizados en su elaboración.

Los Reyes Felipe II e Isabel de Valois

Vuelve a hacer su aparición Antequera al convertirse en 1571 en proveedora de la Casa Real o más concretamente a tenor de la visita que cursa a Granada, Córdoba y a Sevilla Felipe II, que le ocupó de 1569 a 1570. Allí conoció la torta de manteca de Antequera gracias a Antonio Bernardino Alonso Pimentel y Herrera de Velasco, duque, virrey y padrino personal de Felipe II. El jefe de la Casa de Benavente sabía de las excelencias de este dulce y lo hizo llegar hasta Felipe II, pasando Antequera a servirlo con frecuencia al monarca, haciéndoselo llegar a El Escorial.

La Colchona

Pero el gran espaldarazo definitivo para Estepa y el mantecado será el año 1855 cuando Filomena Micaela Ruiz Téllez, “La Colchona”, que ese año habría hecho cantidades enormes de “tortas de manteca”, decide dejarle una buena cantidad a su marido, cosario o lo que es lo mismo, transportista, con el fin de que a los viajeros de su diligencia y en los mercados de los pueblos por donde transitaba su ruta, de Estepa hasta Córdoba, los fuera vendiendo. Aquello fue un éxito y a La Colchona se le ocurrió introducir algunas modificaciones en este dulce casero, como deshidratar la harina y añadirle canela, dando lugar a los primeros mantecados  que empezarían a tener una fama brutal por toda la comarca. Pero es que además, al secarlos, los mantecados resistían mejor el transporte y almacenaje, pero sobre todo su conservación, por lo que poblaciones bastante lejanas, empezaron a demandar los dulces estepeños.


En 1889 había 15 obradores de mantecados en Estepa y la vecina localidad de Gilena comenzó a realizar también su propio mantecado viendo la fama de los vecinos estepeños; luego llevó el polvorón y la fama en aumento hace que hoy día hablemos de más de 30 fábricas que funcionan a pleno rendimiento. Pero no seríamos justos sin volver a Filomena, a La Colchona, esa estepeña que tuvo la idea de resecar los mantecados. Había nacido en 1821 y moriría a los 83 años en 1904. Y es que se convirtió en la primera mujer empresaria de Andalucía, consiguió un éxito comercial sin precedentes. Fundó la primer fábrica de mantecados del Mundo en 1856 y hoy día, sigue viva y funcionando en la Calle Santa Ana de Estepa. Quizás no los inventó, porque tenían más de 300 años cuando ella llegó, pero sí que es la madre del mantecado. 

martes, 24 de diciembre de 2013

La Misa del Gallo

Interior de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma.

Roma, siglo V de nuestra era. Ocupa la Silla de Pedro el Papa Sixto III (lo fue del año 432 al año 440) que llegó tan alto gracias a su amistad con San Agustín, por cierto. El caso es que durante su Pontificado, volcó los esfuerzos en aumentar la devoción por la Virgen y prueba de ello fue la construcción de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, que por cierto, es lo más español que uno puede encontrar fuera de España. Basta decir que con el primer oro que llegó de América, el Emperador Carlos costeó el dorado de sus techos; Felipe II contribuyó generosamente a que se hiciera la Capilla que custodia el Belén y al fin, Felipe IV, hizo que España fuera la protectora de la Basílica y desde entonces, el Rey de España es el “primero de los canónigos de su Cabildo”.

Relicario de la cuna del pesebre de Cristo.

Dentro de esta Basílica está la primera imagen de la Virgen coronada canónicamente, la del Pópulo. La historia y relación de España es inmensa con esta Iglesia y prueba de ello es la primera misa que ofició el español San Ignacio de Loyola, en la Cripta de Belén, tan importante porque es aquí donde se venera la reliquia de la cuna del pesebre de Cristo. Y por si no bastara todo esto, una estatua de Felipe IV corona la fachada recordando que es la Hispaniarum fidelitas la que la protege.

Bajada a cripta de Belén en la Basílica de Santa María la Mayor.

El caso es que desde el siglo V se veneraba con enorme devoción esa reliquia que supuestamente es la cuna que en el pesebre de Belén, pasó sus primeras horas de vida Dios Mismo. Las Grandes Solemnidades y Fiestas de la Iglesia Católica, celebradas con sus Misas, siempre fueron de día, hasta que se incluyeron la Vigilia (día de antes de la Celebración) y tantas como hoy día hay y son necesarias. Sixto III, el Papa del Siglo V, decidió que la Natividad de Cristo era una fiesta lo suficientemente importante y solemne como para quedar revestida de toda la Solemnidad posible, celebrarla en la Basílica que custodiaba tal reliquia, y que habría de hacerse justo al cantar el gallo.

Todos saben que los gallos cantan al amanecer. Roma tenía una compleja manera de señalar las horas, coincidiendo con el sol. El día empezaba a las seis de la mañana, la hora prima y acababa a las seis de la tarde, la hora duodécima. Las otras doce, las de la oscuridad, no eran regladas. Pero desde siglos atrás, el Calendario Juliano había modificado (buscando una absoluta precisión, parecida a la actual) todo esto y ya el día arrancaba justo a las doce de la noche, por lo que aquella vieja expresión que usaban de “empieza el día con el canto del gallo”, no sirvió de nada.

O sí... Sí que sirvió ya que los romanos fueron unos escrupulosos conservadores de sus tradiciones y cultura. Y a las doce de la noche, aunque no canta el gallo porque es noche cerrada, ya que ahora empezaba el nuevo día, se le siguió diciendo lo mismo: “ad galli cantus”. El caso es que  Sixto III quiso que allí donde se conservaba una reliquia del pesebre y en la Basílica que él tanto había porfiado por levantar, se celebrara justo empezada la fiesta del Nacimiento de Cristo, una Misa. Para ordenarlo y fiel a la tradición del pueblo de Roma, mandó y lo escribió que los fieles acudieran a Santa María la Mayor “al canto del gallo”, (ad galli cantus), quedándose en el colectivo de los católicos del Mundo.


Virgen de Belén de José Risueño. Hacia 1710. Museo Bellas Artes Granada

Sucedió en la Navidad del año 433, hace precisamente 1580 años, tiempo suficiente como para que a las doce de la noche, los católicos conmemoremos, al canto del gallo, que el Verbo se hizo Carne. Así que a todos, Feliz Navidad y que al menos durante esta noche y el día de mañana, creyentes o no, pensemos en la trascendencia de la fiesta, porque el mensaje y el ejemplo del que nació, fue rotundo y trascendente. ¡CAMBIÓ EL MUNDO!