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domingo, 30 de junio de 2013

El rey de los tontos

En cuántas ocasiones los dirigentes han llevado a la ruina a su pueblo. La mala gestión de la función pública puede ocasionar el mayor de los estragos y aunque en las sociedades actuales, con España a la cabeza, esto obedece más bien a las críticas anti sistema de los que pretenden que el Estado sea el padre que todo lo puede y todo lo debe hacer, no es menos cierto que a lo largo de la Historia y remontándonos en el tiempo, cuando las instituciones no garantizaban el “bien común” sino el provecho del gobernante, un pueblo podía padecer lo indecible con un dirigente tirano y torpe. Es el caso del Rey Menelik II (1844-1913), que si bien ha pasado a la historia como el padre de la Etiopía moderna, cuando les cuente algunos hechos históricos que protagonizó, convendrán conmigo en que sólo caben dos explicaciones: o el Rey era como su pueblo, analfabeto, cosa que echa por tierra la solvencia de la sociedad africana y pone de manifiesto carencias que lastran su progreso, o, como quiero pensar, a los pobres etíopes les tocó un rey sí, pero no uno cualquiera: el rey de los tontos.

Menelik II vino a suceder a Juan IV, el emperador de una Etiopía que entonces era conocida como Abisinia. Lo cierto es que de su sucesión cabe comentar muchas cosas, pero digamos que no fue todo lo legítimo que en el Mundo Occidental entendemos por herencia dinástica, ahora bien, contaba con algo que los demás pretendientes no tenían: el apoyo de Europa y en concreto la de Italia. Pero lo que no supo hasta años después Menelik es que los italianos incluían cláusulas que o bien no se leyó o no quiso hacerlo: Etiopía, ya unificada, se convertía en un protectorado, una pseudo colonia/provincia de la Italia imperial. No todo iba a salirle mal: pactó con los franceses, introdujo el ferrocarril y abolió el comercio de esclavos.

Montaje del blog "viajeradeltiempo.wordpress.com"

Pero un mal dirigente aboca a la ruina a su pueblo; de ello mejor que hable su propia historia: cuando en 1903 sufrió el primer ataque de apoplejía, creyó que la mejor manera de recuperarse del ictus cerebral era comiéndose las páginas del Libro de los Reyes del Antiguo Testamento, en donde se narra la historia de Israel como nación a través de sus reyes míticos, desde Samuel a Saúl, de David a Salomón. Nada podía fallar: estaba engullendo la vida de aquellos míticos monarcas que “sanarían” al monarca afectado por un infarto cerebral... Menos mal que no era carpintero.

A Menelik II lo que más le gustaba es todos los grandes avances que los europeos con los que tenía tratos le llevaban a su palacio. Se sorprendía con los progresos de ese siglo XX recién estrenado que le maravillaban: el agua corriente, el fonógrafo, el automóvil. Pero lo que más le encandiló fue el teléfono. Éste abrumador invento de Alexander Graham Bell, que se adelantó por horas a Gray y venció a Edison (que sólo lo mejoró) aquel 1876, tiene el “caprichoso” funcionamiento de necesitar más de dos aparatos para que sirva de uso. En la Etiopía de 1906, si el único que quería usarlo por la sorpresa que le había producido, era el Rey, mal asunto. Pero convencido de la utilidad del teléfono, (quizás pensó que no sobraban aparatos, sino que faltaba gente dispuesta a emplearlos) mandó instalar en el palacio real uno, mientras que obligaba a que su tesorero tuviera otro en su casa. Conviene decir que el tesorero acudía religiosamente a cumplimentar los asuntos de estado con el rey Menelik II, que pasaba más tiempo cerca del monarca que con su familia propia, pero al teléfono había de darle uso y nadie osó contradecirlo. Se instaló uno, empezó a usarse y así hasta que el fiel tesorero recibió una descarga eléctrica que le atemorizó de por vida. Llegó el accidente a oídos del rey que, en pleno siglo XX, se decantó por lo más sensato: consultar con los adivinos reales, que tomaron la decisión más sabia: el teléfono era algo diabólico que no tenía cabida en la cristiana Etiopía. Y por mandato real, los dos únicos aparatos telefónicos del país, fueron quemados ese mismo día.


Al poco, los franceses le enseñaron las maravillas que los operadores de la Productora Cinematográfica Pathé grababan por el mundo. Eran imágenes en movimiento, prodigios enormes y trucos fascinantes. Incluso se atrevieron a hacerle una selección de cintas (de rollos, más bien) de obras de “George Méliès”, “el mago de Montreuil”, el abuelo y padre de los efectos especiales y el más genial de los precursores del cine. Esta vez se trataba de convencer a las autoridades religiosas etíopes y para ello, escogió una escena en la que el cienasta francés de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hacía andar sobre las aguas a Cristo. Así nadie se extrañó que ese invento que parecía milagroso, reprodujera milagros de Jesús. Lo malo fue explicarles, rey incluido, cómo Méliès consiguió “llegar a la Luna” y que ésta tuviera cara y moviera los ojos y la boca.

El rey debía ser temperamental, y más que eso, debía fiarse poco de los funcionarios públicos. Los responsables de las obras nacionales le presentaban la maqueta de un futuro puente fundamental para el desarrollo de las infraestructuras y especialmente de ese tren que los franceses estaban impulsando en el territorio etíope. Poco convencido d que el puente fuera lo suficientemente robusto y sólido como para soportar el peso de las máquinas, locomotora, vagones y mercancía incluida, miraba y remiraba la maqueta que tenía delante, de la que le habían dicho, era idéntica sólo que a escala del puente real, a fin de que él mismo se hiciera una idea del resultado final. Así que se tomó al pie de la letra lo que le habían dicho los “constructores” (no me atrevo a decirles ingenieros) y probó la solidez del puente (esto es, de la maqueta de puente) propinándole un puñetazo que lo hizo saltar por los aires. Ufano, se jactó de llevar razón: “era endeble”. Así que le presentaron el mismo, días después, también a escala, pero con la prudencia de tallarlo en piedra y no de cartón como el primero. La prueba le costó un dolor de nudillos pero la tranquilidad de que el puente real, no iba a ser de “cartón como el primero”.


En esta foto, está sentado sobre su "particular trono". 

Y al fin, la más disparatada de sus anécdotas, la más graciosa si cabe. En 1887 un empelado de Edison creó lo que hoy conocemos como “la silla eléctrica” y que los Estados Unidos en nombre de no sabemos qué progresó patentó como medio de ejecución más humano; empezó a usarse en 1890 y a los años,  fue descubierta por el rey Menelik II, que quedó tan gratamente sorprendido por ese avance que acabaría rápido y sin necesidad de verdugo con los criminales, que encargó la nada desdeñable cantidad de 3 sillas. Así las cosas, Harold Pitney Brown, recibe desde el taller de la firma Edison en el estado de Nueva York un curioso encargo de Abisinia, que le cuesta hasta poner en el mapa; pero los negocios son los negocios y a la actual Etiopía llegan las tres sillas de la muerte que había encargado el Rey. Satisfecho, decide ponerlas en práctica y deja a un grupo de “responsables” (el comité científico nacional, entendemos) para que haga las pruebas pertinentes (a lo mejor estaban en garantía...) Cuando regresa, le hacen saber algo que ya habían pensado pero por temor a su “real respuesta” nadie se atrevió a sugerirle: ¿cómo van a funcionar las sillas eléctricas si a Etiopía no ha llegado aún la electricidad? Y así fue como una de ellas, fue empleada para una utilidad más pacífica: se convirtió en el trono real de Menelik II, el monarca más torpe y tonto de la historia. 

sábado, 29 de junio de 2013

Maldita fama

Estamos en el año 1913; el invento de los Lumière y las revoluciones de Edison han dado muy buenos resultados. Los actores cómicos que trabajan en ese monstruo del entretenimiento que es el vodevil se sienten tentados por las nuevas perspectivas y el furor de masas que supone y representa eso nuevo que llaman cine tientan a la mayoría de “famosetes” que en efecto, hacen gracia. Y en ese 1913 en el que estamos, hace una prueba y rueda su primer corto, Roscoe Conkling Arbuckle, el “gordo Arbuckle”, o fatty en su inglés natal.

Tenía gracia. O ingenio, que es casi tan importante. Formó parte de ese ejército estadounidense que les robó a tiros la tierra a los mejicanos y tuvo oportunidad de contemplar un ataque de Pancho Villa. En El Paso, en Texas, paramilitares a las órdenes de Pancho Villa se toparon con Arbuckle y su familia, de comida campestre a la orilla del río y tras cruzar varias palabras, decidieron resolver el conflicto lanzándose comida. En estas, “fatty” derribó de su caballo a un soldadito mejicano, de los de bigote imponente, con un tartazo que impactó en la cara del azteca.

¡Acababa de nacer el argumento que utilizaría el cine cómico más veces! Y aunque muchos se empeñen en atribuirles a otros la paternidad, fue invento de este gordito de los inicios del cine que lo popularizó y con el que consiguió fama, dinero y prestigio.

Ofrecía un cine curioso: “Fatty and Mabel” fue su saga por excelencia. Mabel, claro, era Mabel Normad, la guapísima esposa de su jefe, padre de la comedia, descubridor de Chaplin y de Bing Crosby entre otros... Mark Sennet. Ojo, no sé si cuando se enteren de los “gustos” del Gordo Arbuckle si pensarán lo mismo que yo: que no se me hubiera ocurrido dejar que mi mujer rodara ni un anuncio a su lado.

Para eso faltaba tiempo; en 1916 ni Chaplin le hacía sombra. Gobernaba en aquella incipiente industria del cine estadounidense, era el mejor pagado, dejaba a todos estupefactos por su agilidad, teniendo en cuenta su gordura, a la que sobreponía con un gran dominio de su físico. Rodaba películas rápidas,  dinámicas, llenas de escenas de persecuciones, de gags, pastelazos en la cara y clichés que lo inmortalizaron. Fue el descubridor de Buster Keaton, que lo superó en todo y demostró un grado de amistad sorprendente y tenía todo lo que se podía pedir. Pero se cruzó en su vida una mala compañera: la bebida.   

Nos vamos ahora a 1921. Aburckle cobraba un millón de dólares al año (no intenten ni hacer cálculos, porque difícilmente hay un actor que hoy día cobre, en el equivalente de 2013, tanto), quería un descanso y se marcha hasta San Francisco con unos amigos, dispuesto a correrse una juerga de las que hacen historia. A la habitación del hotel suben varias mujeres, una de ellas, la aspirante a actriz de 26 años, Virginia Rappe. Al amanecer, Arbuckle avisa al médico del hotel que la chica se ha puesto mala y el galeno asegura que lo que está es borracha. Tres días más tarde, Virginia, muere de peritonitis a causa de la perforación de su vejiga y las dos chicas que acompañaban a Virginia en la fiesta de Arbuckle, no pueden callar más: el actor violó y forzó de manera durísima a la joven Virginia, sirviéndose de una botella de whisky.

Hubo juicio, o tratándose de alguien tan famoso, más bien un acontecimiento nacional que ocupaba las portadas de los periódicos, mientras los ciudadanos leían en los tabloides sensacionalistas los juicios paralelos más escalofriantes. El “Escándalo Arbuckle” duró hasta el 12 de abril de 1922, cuando el jurado lo considera inocente de los cargos.

Pero su carrera estaba arruinada; el sensacionalismo periodístico lo había destruido, asociaciones puritanas pedían que fuera condenado a la pena de muerte y los estudios prohibieron a los amigos de Arbuckle que hicieran siquiera una muestra de apoyo público. Charles Chaplin estaba en Inglaterra pero Buster Keaton, fue valiente y salió en su defensa. El Gobierno retiró y prohibió todas las películas de Arbuckle, pero en Europa, si un tribunal consideraba que era inocente, lo era... así que se podían ver sus comedias.


Muchas de sus películas fueron destruidas y el caso se reabrió. Los forenses dictaminaron que los daños en la vejiga de Virginia eran consecuencia de un aborto y entonces se conoció que la “cándida joven” no lo era tanto: había solicitado y se le habían practicado cinco abortos fruto del ejercicio de la  prostitución y estaba enferma de sífilis. Dio igual, al gordo Arbuckle ya nadie lo iba a creer y su reputación había sido destrozada. Su mujer se divorció de él, no encontraba trabajo y gracias a la impagable ayuda de Buster Keaton, se ganaría el sueldo como guionista del amigo y actor, pero obligado a aperecer en los créditos con el pseudónimo de Will B. Good. O lo que es lo mismo, en español: "seré bueno".


Ya estaba bien; cualquiera de sus intentos por volver a reaparecer en la pantalla era impedida. Nadie respondía a sus llamadas, eran un apestado, todos menos su fiel Buster le dieron la espalda... El 29 de junio de 1933, hace justo hoy 80 años, rodaba su última escena en esta vida puerca que lo condenó sin demostrar si era o no culpable, mejor dicho, dejando claro que era inocente. Buster Keaton dijo que le habían roto el corazón; Mabel Normand, que encontró refugio en el culo de una botella; el cine lo olvidó, algunos se apropiaron de sus innovaciones, otros repitieron sus trucos y el tiempo pasó. A Fatty Arbuckle le destrozaron la vida porque era rico y famoso.



Y en este Mundo, puedes ser un asesino como el comunismo internacional, como Che Guevara, como Santiago Carrillo... que llevarán tu cara estampada en una camiseta. Pero nunca perdonarán que seas mejor que el resto. Y te destrozarán. 

viernes, 28 de junio de 2013

El Chiringuito


En las islas de Cuba y Puerto Rico, una palabra de origen antillano servía como definición de algo escaso, corto, pequeño... Con el vocablo “chiringo” se determinaba la “longitud o cantidad” de algo, al punto que a finales del siglo XIX, se popularizó pedir en aquella Cuba que todavía era española, un café corto, o un chorro pequeño de ron, mediante el término chiringo. Ayudados por un trozo de caña y una media, se servía un café corto que ya en España se conocía como el “café de calcetín”, ya que el tejido de la prenda sería el filtro (tiempos aquellos nada fáciles y que complicaban la adquisición de los ahora extendidos filtros) usado para colar y dejar sin posos el líquido. 

La palabra cogió fuerza entre los bares y tabernas de aquella Cuba decimonónica y pronto, la acepción cobró un nuevo sentido cuando aún fuese más pequeña la cantidad servida, de forma que no tardaría en aparecer el término “chiringuito”, que más que como metonimia, acabó empleándose como sinécdoque (recuerden de sus pretéritas lecciones de Lengua, que nos referimos a que el todo es usado para la parte) y a los establecimientos que se especializaron en servir chiringos y chiringuitos de café o de ron, se les llamó por tanto, CHIRINGUITOS. 

Pero hasta que el término tomara fuerza en España, hemos de hablar de su introductor, el periodista, poeta y ensayista español César González Ruano (1903-1965) que fue distinguido con el Premio Nacional de Periodismo y al que la historia le debe un importante homenaje, ya que entre otras, fue apresado en 1940 por la GESTAPO, cuando se encontraba en Francia como corresponsal, nada menos que por falsificar pasaportes para salvarle la vida a cuantos judíos eran perseguidos por los nazis. Tras sufrir el espantoso encarcelamiento en la prisión de Cherche-Midi, pudo regresar a España, decidiendo entonces que la costa catalana sería un lugar paradisíaco donde olvidar la tragedia de la II Guerra Mundial. Sitges (Barcelona), fue el lugar escogido. Cautivado por su encanto, residió allí durante cuatro años, en los que escribía para el Diario La Vanguardia, colaboraba con Radio España (hoy Radio Nacional) y en donde nacieron doce títulos de su obra narrativa. Estableció como un improvisado cuartel general de escritura, un merendero a pie de playa que había fundado en 1913 el Capitán Calafell y que no era más que un kiosco de madera pintado con listas azules y blancas donde César González Ruano convocó a las musas en infinidad de ocasiones. 

El mar es caprichoso, bien lo saben los que con él conviven. En una de estas oleadas del Mediterráneo, el “Kiosket”, que era el nombre original que recibía desde 1913 este merendero a pie de playa, fue derruido y arruinado, lanzándose a la aventura sus dueños de recomponerlo para el verano de 1949, antes de que empezara la “temporada de baños” y llegaran a la localidad costera barcelonesa los primeros visitantes. Así fue como el periodista César González Ruano le sugirió a los dueños que usaran la palabra que en uno de sus viajes a Cuba había escuchado, cuando los locales pedían a los camareros que les sirvieran “un chiringuito”. El término gustó y aquel junio de 1949 el viejo Kiosket de principios de siglo, lució por vez primera en España la palabra asociada al verano y a la playa. 

Pero no será hasta 1983 cuando el Diccionario de nuestra Lengua recoja el término, que describe en su primera acepción como Quiosco o puesto de bebidas al aire libre y en su segunda, afirmando que procede de Canarias, “chorrito menudo”. Desde luego las Islas Afortunadas saben y mucho de trasiego cultural con América, de forma que a Canarias se le atribuye lo que nos llegó desde Cuba. Aunque no podríamos dejar de recordar los términos exactos que el español ha usado para los establecimientos dedicados a servir bebidas y comidas. En 1739 la Real Academia recogía la palabra taberna, ampliando los sinónimos con la de tasca en 1914 y aumentando en 1947 los términos con una palabra de origen asturiano, “chigre”, además de recomendarnos que no empleásemos la acepción bar, por ser un anglicismo. Al fin, en 1983, entró en nuestro diccionario el sustantivo “chiringuito”.  Así las cosas, se cumplen 100 años del primer chiringuito español, que se bautizó con este nombre hace 64 años y que es oficialmente una palabra de nuestra lengua, desde hace 30 años, y que hoy, en Sitges, sigue funcionando regentado por Juan Rubio, el nieto de su fundador.

Así que disfruten de los chiringuitos de nuestras costas.

jueves, 27 de junio de 2013

Polacos

De tópicos y empleos de términos despectivos sabemos por el sur de España bastante. La fama de una holgazanería que no se corresponde con la realidad y a la de una gracia espontánea y natural que dista mucho de ser el día a día con el que nos desayunamos la inmensa mayoría de esta franja española por debajo de Sierra Morena, persigue a cualquiera que haya visto la luz de sus días en el espacio geográfico donde tuvo lugar la primera de las culturas de todo el Continente. Sí, sí, la que se cita hasta en la Biblia, parió emperadores y crió a más Premios Nobel que ninguna otra región de España. Pero hete aquí que los tópicos están para cumplir la mentira de la que nacieron y calificar, casi siempre despectivamente, a todo un pueblo. Como cuando uno espeta no sin maledicencia a un catalán, que es un polaco.

Siempre me ha llamado mucho la atención el término... “¡Polaco!”. Y me pregunté de dónde provenía ese intento despectivo e insultante de calificar al catalán. He encontrado un prominente número de explicaciones de las que ninguna me satisface al completo pero que entre todas, sin duda, terminaron dando origen al “insulto”, por lo que os detallo las conclusiones:

Crítica pintura decimonónica sobre la nobleza polaca de Gdansk



  1. 1.   Polaco: porque la lengua catalana no era entendida por el resto de españoles que visitaba el viejo Condado. Y empezaron algunos a decir, de manera jocosa, que “hablaban polaco”, entendiendo que tan rara les sonaba que a fuerza debía proceder de algún país remoto...

Bien, vayan descartando la hipótesis: en primer lugar, español y catalán sin hijas del latín, fundamentalmente parecidas y léxicamente similares. Los parónimos entre ambas evidentes. Para colmo, ¿por qué polaco y no alemán, o ruso, o...? Definitivamente, esta tesis se cae.


  1. 2.    Sin mucha consistencia histórica, se viene a recordar que en el siglo XVII hubo cierto comercio maderero entre Polonia y España, entrando la mercancía a través del puerto de Barcelona. Eran los navegantes de Cataluña los que transportaban la madera y a los polacos por el territorio español, hasta que desde Sevilla, salían con destino al Nuevo Mundo. Todo esto ha dado lugar a una especulación muy enrevesada: los marineros catalanes escuchaban de sus colegas polacos la palabra “czarny” (que vendría a pronunciarse algo así como charne) y que era empleada por los caucásicos polacos para referirse a los españoles como morenos de piel; puede que de ahí provenga el actual apelativo que los catalanes dan a los inmigrantes españoles (“charnegos”) y que el resto de españoles, a imitación de los sevillanos que serían los primeros en usar dicho término, llamasen a los catalanes polacos.  

La Constitución del 3 de mayo de 1791, por Jan Matejko

Habría que refutar varias cosas: la primera es que desde 1569 a 1795 no existió Polonia, sino la Mancomunidad de los dos reinos, es decir, la unión territorial de polacos, lituanos y desde el siglo XVII, con gran importancia Ucrania. Fueron invadidos por rusos, suecos y los principados germanos. Realmente, la corona polaco-lituana era subsidiaria de los Habsburgo, que mantenían en cualidad de amigos a los polacos, desde el instante en que los llamaron “Antemurale Christianitatis”, es decir, custodia de la cristiandad, por los numerosos ataques e invasiones de los otomanos. Dicho de otra forma: “Polonia, como tal, con la identidad nacional que entendemos, no existía en tiempos de aquel comercio maderero que además, según Cristina González Caizán, profesora de Historia en la Universidad de Varsovia, esta hipótesis es improbable porque “aunque podría haber existido, no creo que este comercio fuera tan importante como para marcar una impronta tan profunda”.

Y una segunda cuestión... ¿De Polonia y los bosques centroeuropeos se iba a llevar el Imperio español la madera nada menos que a la fértil América? No me hagan reír...


La Reina María Cristina jura la Constitución (Francisco Jover y Joaquín Sorolla, 1890-97)
  1. 3.    Las teorías empiezan a encajar: En 1834 nace el sistema bicameral español, las cámaras alta y baja, la política. A la Carrera de San Jerónimo de Madrid llegan los procuradores y próceres de todos los rincones del Reino (así se llamaban a los actuales diputados y senadores) y en las disputas, empiezan a acuñarse términos despectivos que “sus señorías” se lanzan unos a otros. Los que más arraigaron fueron los de turronero y polaco. El primero era el que iba a las Cortes a llenarse los bolsillos, o sea, a por el turrón. En cambio, el polaco era el que pedía para su causa particular, en especial, la de su región. No cabe duda que los políticos más insistentes, desde hace 180 años, fueron los catalanes, es decir, los polacos.

Caricatura que alegoriza sobre la Independencia de Cuba

¿Y por qué polacos y no ingleses o de cualquier otra nacionalidad de la recién independizada América? Tiramos de nuevo de historia y nos marchamos al peor periodo por su inestabilidad política que recuerde nuestro país, esto es, el Sexenio Democrático (1868-1874), con la expulsión de los Borbones, la entronización de un rey italiano, la llegada de la I República, las revoluciones cantonales y la amenaza constante de que se España se iba a romper. En 1872 Francia había perdido Alsacia-Lorena. Cuba amenazaba con independizarse y los cantones habían aguijoneado el sentimiento regionalista de vascos y catalanes, los primeros, amparados en el carlismo cuyo problema aún no había concluido. Alguien dijo que todo esto se parecía a la Polonia de finales del siglo XVIII, cuando los Brandenburgo pasaron de ser duques a independientes y el regente moscovita atacó y diezmo su territorio. Se hablaba de la “Finis Hispaniae” y se ponía como ejemplo a Cataluña como la originaria de la “polonización” de España.

4.   
  1. El catalanismo, a fines del siglo XIX, miraría a Polonia con admiración. Todo comienza a raíz del periodista Enrique Prat de la Riba, quizás el primero en atreverse a publicar escritos a favor de la identidad e independencia catalana. En 1894 sacaba a la luz un libro donde exponía su doctrina política: “La Nacionalidad Catalana”. Uno de los párrafos lo deja bien claro: << ¿Qué ejemplo de la historia contemporánea hace palpables estas diferencias? El de Polonia. El Estado polaco murió cuando los ejércitos de Austria, Rusia y Prusia la descuartizaron; pero Polonia continuó y continua siendo la única patria de los polacos >> Desde entonces, y especialmente durante la posguerra española, el catalanista solía poner como ejemplos la Cataluña sometida a Franco con la Polonia sometida a Hitler.

"Salón de conferencias del Senado" de Asterio Marañós

En conclusión: tras las diferentes hipótesis, está claro que “polaco” fue un término parido en Madrid como consecuencia de lo que le podía suceder a España viendo los ejemplos que ocurrían en la Europa del momento y que ha vuelto a pasar desde hace unos años. Lo mismo que en 1870 se hablaba de “polonización”, hoy día se habla de “balcanización”, en referencia a la Guerra de los Balcanes y la desmembración de Yugoslavia. Y además, la hipótesis se redondea: son los propios catalanes los que se sintieron muy a gusto con el término, que quizás hace un siglo no era despectivo, pero con el que entendieron su actividad de “resistencia” a la ocupación española.

P.D. Dos programas de la televisión autonómica catalana dejan bien claro que el término polaco, puede que no sea ofensivo ni se diga con efectos despreciativos e insultantes. El programa “Polonia”, la sátira política que se emite desde 2006 (supera los 200 programas emitidos) y presenta Toni Soler, o “Cracovia”, programa de ironía deportiva, demuestran que el catalanismo, aprueba el concepto castizo de “polonización” y no desde luego como un insulto, sino como un deseo anhelado de independencia. Desde luego, valga como ejemplo, a mí no se me ocurriría hacer un programa que se llamara “hijo puta”, que sí es un insulto.

P.D. 2 Es evidente... Polaco, puede ofender dependiendo cómo se diga pero es símbolo léxico de una resistencia pacífica del catalanismo que aguarda su hora. Así que algún día hablaremos del Condado Catalán, la apropiación mediante inverosímiles leyendas “vellosas” de la bandera de Aragón y similares argucias falsas de la historia.

miércoles, 26 de junio de 2013

Manuel Gómez-Moreno González (1836-1918)

"Mis Amigos" (1858)

Esta ciudad sigue estando en deuda con sus más ilustres hijos, con los que destacaron en el amor, difusión y actividad en pos de Granada. Y nadie en su sano juicio cuestionaría que la familia Gómez Moreno, desde los más tímidos inicios del siglo XIX a nuestros días, lleva doscientos años perpetuando algo que parece patrimonio de todos pero uso de pocos: un amor deliberado al arte y a lo granadino. Hoy se cumplen 177 años del nacimiento de Manuel Gómez-Moreno González, historiador, arqueólogo, coleccionista, ensayista y por encima de todo, pintor. Y puede que dueño de una pintura y unas cualidades estéticas muy por encima de lo que la ciudad le ha reconocido y quizás el mundo del arte le ha valorado. Es justo, en un aniversario como el suyo, que saquemos pecho henchidos de orgullo por nuestro paisano y traigamos a la memoria el indeleble, imborrable e impagable legado, pictórico, literario, investigador y familiar, que don Manuel nos dejó y que esta Granada nuestra ha sabido apreciar con una timidez parca y pobre.

Inmaculada (1857)

Manuel nació en 1836. Hijo de tipógrafo, la cultura corría por sus venas. O por la mitad de ellas, pues la otra parte estaba llena de pintura, de arte, de dibujo y de color. Se forma en Granada pero evoluciona en la Real Academia, bajo las enseñanzas de Federico de Madrazo, Carlos Luís de Ribera o Antonio María Esquivel, de suerte que se hará un artista de correctísimo dibujo, variada temática a la que no falta la pintura de historia, el costumbrismo y el paisaje (que es lo mismo que decir que todos los géneros de todo el siglo XIX español) y en donde él pone el triunfo que lo distancia de los demás: el manejo de la luminosidad de sus obras.

"En la terraza" (1872))

La definición de don Manuel es la de un artista total. Se rodea y traba amistad con lo mejor de lo que fue capaz el siglo en nuestra España. Basta recordar que fue tal la amistad con el escultor Ricardo Bellver (1845-1924) que el hijo de éste es cuidado por la mujer de Manuel Gómez-Moreno (Dolores Martínez Almirón, con la que tuvo 8 hijos) que entonces se afanaba en criar al primero de los suyos, el también ilustre y extraordinario erudito granadino don Manuel Gómez-Moreno Martínez (1870-1970).

"Adela la costurera" (1873)

Como artista, Manuel Gómez-Moreno González (1836-1918) cultivó todos los géneros y pasó por todos los modismos pictóricos que pudieran haberse dado cita en el siglo que le tocó en ciernes. Sus inicios responden a cuadros de pequeño formato de género, retratos románticos y asuntos cotidianos. Evolucionará al tema histórico, el paisaje (con asuntos granadinos y una evidente fijación por su Granada natal) y por supuesto la pintura religiosa, dejando buena parte en Granada y otra en los Jesuitas de Madrid, desde cuya Casa Madre recibe notorios encargos, todos de gran formato. El historiador Valeriano Bozal dijo de él que pintaba con maestría técnica, correcto dibujo. El prestigioso Camón Aznar valoró su naturalidad y gracia y su bisnieta Maria Elena Gómez-Moreno sus grandes cualidades como retratista y su capacidad compositiva para abordar temas del costumbrismo, sin retórica, sin caer en lo pintoresco sino en lo cuidado. Pero todos, destacan por encima del resto su capacidad para iluminar las obras con un manejo de la luminosidad de su paleta que desborda.

"Autorretrato" (1874)

Don Manuel ha sido el más importante artista granadino (no sólo pintor) de todo el siglo XIX. Discípulos suyos fueron Mariano Bertuchi (1884-1955), José Ruíz de Almodóvar (1867-1942) o Isidoro Marín Garés (1863-1926) entre otros. Pero su labor más fecunda y provechosa la realizó desde el campo del a erudición, donde dejó un legado que con suma dificultad podremos pagarle. Es el padre del Museo de Bellas Artes de Granada que gracias a su empeño salió del Convento de Santa Cruz la Real. Fue igualmente el fundador del Museo Arqueológico Provincial.

"Visita inoportuna" (1875)

Restaurador, copista, litógrafo y morigerado en sus costumbres. Escueto en el comer, pasaba entre archivos y bibliotecas el mayor tiempo posible. Gracias a sus fecundas investigaciones alcanza plazas académicas. Estudia en la Escuela de Bellas Artes de Granada, logra pensionado en la Real Academia de San Fernando de Madrid, en la Superior de Pintura y beca para estudiar en Roma. a su regreso ejerce en su conquistada plaza de profesor de dibujo en el Colegio de San Bartolomé y Santiago.

"Vuelta de un algarada árabe" (1875)

Entró en 1866 en la Comisión de Monumentos y publica datos hasta entonces desconocidos y que resultarán capitales para la historia del arte, como la partida de bautismo de Pedro de Mena, las viviendas-talleres de Alonso Cano o los proyectos urbanísticos granadinos. Colabora en la redacción de los procesos de embovedado del Darro y descubre los mejores hallazgos del arte musulmán en la mítica Medina Elvira, encargándose él mismo de restaurar piezas incontestables como el Plato del Caballo, el Jarrón de las Liebres, el Plato del Halconero o las lámparas emirales.

"La lectura de la carta" (1876)

La más importante de las labores se centró en la preservación de los edificios históricos y el patrimonio monumental. Se opuso sin fortuna a los derribos y planes de ensanche, a fin de lograr la salvación de piezas granadinas de las que hoy sabemos por él, caso de la Puerta de Bib-Rambla (arco de las Orejas). No tuvo suerte en su campaña de preservación de la del Mauror y reconstruyño fidedignamente la Iglesia de San Gil, de las que al menos salvó las portadas. Nada se pudo hacer pese a sus informes con el Carmen Calzado (actual Ayuntamiento) pero al menos, gracias a sus dibujos y planos, se recuperó tras el incendio la Alcaicería, el Puente de las Chirimías y su mayor esfuerzo fue dirigido a la Casa-Taller del insigne e inigualable Diego de Siloe, a donde organizaba visitas y reproducía en sus dibujos, que a la larga, se sumaron a la carpeta de dibujos de edificios singulares de la Medina, todos ellos destruidos por la Gran Vía pero indemnes en la memoria gracias a su trabajo. Y no olvidemos que sus dibujos, particiones y esquematizaciones consiguieron que se pudiera volver a montar el Palacio de los Córdova ya en 1963.

"San Juan de Dios salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real" (1880)

Uno de sus triunfos fue la declaración de la Alhambra como Monumento Nacional en 1870, logrando así que España entera pusiera de nuevo sus ojos en el imponente conjunto nazarí y que se recuperara la idea de restauración de los olvidados y descuidados palacios. Descubrió restos arqueológicos visigodos y pudo recomponer la historia de la ciudad y del Reino de Granada gracias a sus excavaciones arqueológicas y su sagacidad para casar los restos de Sierra Elvira o el Albaicín. Es el padre de la división urbana del Albaicín desmontó las falsas teorías del Siglo de Oro sobre Granada y halló la piedra de Cipriano (del año 1002) y otras afines.

"Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra" (1880)

Tan preocupado estaba por la cultura y obsesionado por la enseñanza que funda la Sociedad Fomento de las Artes en cuyo seno da clases nocturnas gratuitas a quienes no pueden acceder fácilmente a la cultura. Fue además el co-fundador y primer vicepresidente del Centro Artístico, creador y articulista (e ilustrador) de su Boletín de divulgación histórica y científica y como culmen de toda su labor, fundador de los estudios de arqueología que promueve y presenta ante la Universidad granadina, que los acepta e incluye en su programa académico, por lo que además de todo lo dicho, es el padre de la arqueología granadina.

"La Piedad" (1881)

Su trayectoria académica se refleja en estas fechas: desde 1867 fue profesor de dibujo en el Real Colegio de San Bartolomé y Santiago, desde 1883 profesor de la Escuela de Artes y Oficios del Asilo de San José, desde 1888, Catedrático de Composición Decorativa de la Escuela de Bellas Artes, desde 1896, fundador de la Universidad del Sacromonte en 1896 y desde 1899, creador de los Premios de Arte, que dota con su propio dinero a veces, para estimular la colección de modelos de yeso, el dibujo lineal aplicado a la artesanía y el acceso de las clases trabajadoras a la industria artística. Todo este despliegue pedagógico le valdrá el interés de Miguel de Unamuno que visita Granada para conocerlo y desde entonces admirarlo.

"La alcazaba y Torres Bermejas" (1885)

Tras el incendio de la Alhambra de 1890, en donde resultaron muy afectadas la Torre de Comares, la Sala de la Barca y la galería de levante del Patio de los Leones, moviliza a media España. Logra la visita y la promesa de restauración del Ministro de Justicia en 1896 y es el cicerone y artífice de la visita y donación del Rey Alfonso XIII en 1904. Fue nombrado presidente de la Comisón Especial de la Alhambra, retiró las restauraciones controvertidas y agresivas de Contreras y consiguió, con Leopoldo Torres Balbás, devolver los Palacios nazaríes a su estado original. Sin don Manuel Gómez-Moreno González, probablemente la Alhambra malviviría y quién sabe si en un estado de permanente falsedad y horripilante aspecto.

"La Alhambra de madrugada" (1886)

Miembro del Liceo, Presidente del Patronato de la Capilla Real, Presidente del Patronato de la Alhambra, biógrafo, ensayista, descubridor de la Granada romana y además de todo lo dicho, dejó su mejor obra, su más sentida, leída, buscada y pretendida herencia para Granada en 1892, cuando publica su “Guía de Granada”, una obra que a pesar de sus más de 120 años y múltiples reediciones, ni ha envejecido, ni queda desfasada. Sigue siendo imposible de conseguir y cada vez que vuelve a ver la luz, se agota.

"Vista de Torres Bermejas" (1886)

A tan insigne prohombre le hereda su hijo Manuel el carácter, sagacidad y genio investigador. Sólo Antonio Gallego Burín le pudo retar el puesto de “primer granadino de la cultura”. Como ven, su faceta de pintor casi que queda absorbida por su genio intelectual y sus numerosas, prolíficas y sensacionales contribuciones en pos de la historia, el arte y en general, la cultura, de la sociedad granadina de su época. Alguien merecedor de mucho más de lo que la olvidadiza patria suya le ha dado.

"Retrato de José Gómez-Moreno Martínez, su hijo Pepe" (1893)

Don Manuel murió un 20 de diciembre de 1918, a los 82 años, dejando 8 hijos, un legado inigualable y una colección de pintura enorme. La fundación que lleva su nombre continua además haciendo la infatigable labor que en vida él mismo protagonizó, la de becar, espolear y ayudar a los artistas en su formación y carrera.


Lo que aún no nos queda claro, a casi un siglo de su fallecimiento y hoy, cumpliéndose 177 de su nacimiento, es cómo pagar tanto a uno de los más grandes granadinos que ha habido y habrá y a quién el Mundo entero le debe, entre otras, por qué no decirlo, LA SALVACIÓN DE LA ALHAMBRA. 

martes, 25 de junio de 2013

Los cuernos del Rey


El bufón real "Don Sebastián de Morra".
Diego Velázquez, 1645.

Eran otras épocas y siempre he sostenido que entender la mentalidad del pueblo con el que nos llevamos siglos, es difícil. Hoy sin embargo nos parece depravado e infame que las clases altas de todo Occidente encontrara divertimento y jolgorio en rodearse de personas con discapacidades, dando origen al bufón, que nació hace más de 2.000 años en la Grecia clásica. Los cita Eurípides y fueron especialmente famosos los bufones de Octavio Augusto, el hijo de César y primer Emperador Romano. De entre ellos, destaco Licinio, con sus 60 centímetros y no más de ocho kilos de peso, pero que sacaba una voz de gigante de su menudo cuerpo y era llevado a los foros de la gran Roma para que el pueblo se entretuviera. Y he aquí que el bufón se hace indispensable en cualquier corte que se precie.


Juan de Calabazas, "el bufón Calabacillas"
Diego Velázquez, 1637

A veces juglares, a veces payasos, gozaron del cariño (extraño cariño, pero sin duda trascendencia) de los poderosos. Los Habsburgo protegieron a mediados del siglo XIII a unos cuantos, de entre los que destacó Capadoxo, además, hombre de confianza de Rodolfo I de Austria. Los nobles imitaron a sus señores y cada castillo contó con uno, aunque no nos toca ahora dilucidar si fue una bendición que pudieran servir de entretenimiento y chanza en una sociedad que desprotegía a cualquiera. Lo cierto es que desde el Reino de Navarra a los Estados Italianos, no hubo rincón europeo que no lo tuviera, siendo menos frecuentes en la Castilla Medieval, que luego se desquitó en tiempos de Felipe IV, que se hizo rodear para solaz y diversión de no pocos de ellos y que sus “bufones femeninos” quedaron inmortalizados por Velázquez dando lugar a una de las más impresionantes obras de arte de la Historia: “Las meninas”. 

La Infanta Real María Teresa de Austria (y Reina Consorte de Francia). 
Diego Velázquez, 1652.

Los bufones eran confidentes, espías y serviciales prohombres de la corte real. Llegaron a tener una importancia supina, una trascendencia que desde luego nos es difícil de aseverar hoy día. Y es aquí cuando surge la figura de Luís XIV, el Rey Sol, el entonces más importante monarca del Mundo con permiso de nuestro español Felipe IV, con el que se disputaba el prestigio de gobernar la más importante de las naciones sobre el orbe. Y con el que emparentaría por cuestiones de Estado, puesto que se casa con su hija María Teresa en 1660. Empieza ese mismo año, los males vitales de la Infanta de España y Reina consorte de los franceses. 

La entrada de Luís XIV (y María Teresa) a París el 25 de agosto de 1660.

El Rey Sol es disoluto, joven, promiscuo y muy atareado. Gobierna un reino vasto y fuerte y a pesar de que su suegro ciñe el otro gran cetro del Mundo, no duda en atacarlo, en guerrear con sus ejércitos y ampliar las patentes de corso de sus piratas a sueldo en los mares del Caribe. ¡Lo normal entre yernos y suegros! En 1660 decide que María Teresa, su mujer, estará maravillosamente bien recluida en su prisión de oro que está empezando a nacer: Versalles, puesto que hasta la fecha, el Palacio Real sigue siendo el mazacote del Louvre y las Tullerías y la flamante reina ha de estar lejos de las decisiones que su Augusto Marido tome, especialmente si estas son atacar "La Española" (la actual Haití) o batallar en las tierras de Flandes. María Teresa se casa un 9 de junio y el 25 de octubre ya está "desterrada" en Versalles. Y conste que hasta marzo de 1661 (medio año después) no empezarán las obras que harán del famoso Palacio, la gran corte y el gran edificio palatino donde se miró el mundo entero. Hasta entonces, no era más que un idílico paraje de caza, pero no la residencia de una reina que paría sucesores e hijos. Hasta 6. 

El Duque de Beaufort por Jean Nocret (1649)

Lo primero que se hace de Versalles, huelga decir, es la Cámara de la Reina. A fin de cuentas, al "diligente" esposo le queda aún unos años para que habite el que se supone será un suntuoso Palacio. Sea como fuere, en 1662, llega hasta Versalles el almirante francés y primo del Rey Sol, Francisco de Bourbon-Vendôme, duque de Beaufort, tras una expedición en la que actuó como superintendente real de la navegación francesa. Y acababa de llegar de la zona del Cuerno de Oro, entre las actuales Ghana y Costa de Marfil, con algo sorprendente, un prodigio de la naturaleza, un capricho divino, algo que seguro, le gustaría a su primo el Rey y lo dejaría absorto: un pigmeo negro. ¡Negro y pigmeo! (No juzguen, la mentalidad de 1660 no se puede entender en 2013)...

Escena de caza de Sébastien Bourdon (1662)


Al Rey, el presente de su primo le da igual; los asuntos de Estado y más aún, los frecuentes líos de faldas le son más entretenidos y provechosos, así que decide que el pigmeo negro sirva de bufón de la reina, haga sus gracias propias a la soberana y participe de sus entretenimientos. Entre ellos, a la fuerza, se han de entender, pues no dejan de ser dos extranjeros en tierra extraña, aunque uno de ellos sea la Reina consorte, aunque tan despreciada por cortesanos y por el regio marido como si de veras, el pigmeo y ella fueran de la misma familia. 

María Teresa recordaba a Mari Bárbola y Nicolasito Pertusano, los "MENINOS" de su hermanastra la Infanta Margarita, al suyo propio, metido a actor (Cristóbal Castañeda, conocido como Barbarroja) o al archifamoso Fernando Lezcano, "El niño de Vallecas". El caso es que le cogió un cariño especial a Nabo, al pigmeo negro, al pequeño acompañante que ya nunca más se separó de su lado; quizás fue el único amigo de veras que la Infanta de España y Reina Consorte de Francia, María Teresa de Austria, tuviera en sus amargos años de destierro de oro en un país enemigo. Quizás, la única persona que sintió verdadero afecto por ella. Lo que cada vez es menos hipotético y más real, es que Nabo, ese pequeño africano traído como trofeo, le disputó al Rey Sol nada menos que el real lecho, la cama monárquica y el "conyugal" afecto de la que nunca fue tenida como esposa, sino como la hija del enemigo. 

Louise de Kérouialle, duquesa de Portsmouth por Pierre Mignard (hacia 1660)

Y pasó lo que tenía que pasar. El 16 de noviembre de 1664, nace la tercera hija de los reyes. Se trata de María Ana, un bebé amoratado, feo y cubierto de una pelusa que despierta todas las sospechas. Muchos dicen que se trata de un engaño de la reina al rey. Son los cuernos evidentes, aquella era hija de Nabo y de la díscola española, su particular venganza, su especial revancha. El temperamento español ha ganado la partida y la reina se ha despachado, se desquitó de tanta cornamenta e infidelidad y los excesos de cariño que siempre profirió a Nabo, son los que ahora traen consigo esa niña que ha de ser a la fuerza, hija del adulterio. 

La Iglesia Abacial de Notre Dame de Moret. Del Monasterio benedictino no queda nada.

La historia se ha ido engordando con los años. Tres siglos y medio han dado para ello y para más; pero los fabulistas de nuestra época se les escapa ciertas cosas: lo primero es que en las crónicas palatinas ningún médico habla de niña negra, sino que la infanta recién nacida, estaba amoratada. Luego esta es la primera mentira. La niña nació frágil y enfermiza, murió al mes y medio, un 26 de diciembre y certifica lo ocurrido Monsieur Patin, el médico real. Por el documento histórico  sabemos que el bebé  "tuvo convulsiones y murió esta mañana; era débil y delicada, jamás tuvo salud." Y lo mejor es la mentira que he leído en algunos blogs bajo el nombre y prosapia de “historias de...” y me dejan estupefacto, pues en no sé qué pretensiones, llegan a afirmar una de las mentiras menos creíbles: “que no se han encontrado relatos de testigos directos de la muerte de la princesa negra”. El caso es que la infanta fue enterrada y la historia prosigue 31 años después, cuando en el Convento de las benedictinas de la pequeña población de Moret-Sur-Loing, ingresa una monja negra que tomaría los hábitos un 30 de septiembre de 1695. La especulación de la “pseudo historia” dice que en realidad, la infanta María Ana no murió sino que fue escondida por vergüenza real, al saber que era fruto de los encuentros amorosos entre el esclavo Nabo y la Reina.

La monja negra de Moret, retrato de 1680, no de 1695 como algunos apuntan.

Lo primero que llama la atención es que estuviera oculta 31 años y sólo entonces se decidiera ingresarla y confinarla de por vida en un Monasterio. Demasiado tarde para que la vocación monjil despertara. Y demasiado tiempo para que “María Ana” estuviera escondida. ¿Y dónde? Existe un retrato que algunas fuentes datan de1695, año del ingreso y toma de hábitos de la monja negra, pero lo cierto es que se fecha en 1680. Ya hay algo que no concuerda. Y lo mejor es que, 15 años antes de tomar los hábitos, no es ocurrente pintar a una novicia, que además en el retrato, ya luce el hábito coral de la Orden y no el de una novicia, menos en actitud de aceptar su consagración y votos (sin la corona de flores ni otras alegorías que son propias).

Fraçoise d`Aubignè, marquesa de Maintenon, por Pierre Mignard (hacia 1670)

Pero no descartemos todo. Recibía visitas de la corte, el convento donde profesaba tenía una asignación marcada por el mismo Rey y la propia religiosa se encargaba de repetir que era hija del Soberano, por lo que era duramente reprendida por Madame de Maintenon, Marquesa de idéntico nombre, amante de Luís XIV y con el que se casaría en matrimonio morganático el 10 de octubre de 1683, cuando el cadáver de María Teresa aún estaba caliente. De ella se dice que fue encargada de instruir a los numerosos hijos ilegítimos del Rey, y que con toda probabilidad, la monja de las benedictinas de Moret, fuera una de las hijas no reconocidas del Rey Sol a la que la de Maintenon visitaba con frecuencia. Pero lo cierto es que ella misma recriminaba a la joven monja y le regañaba cada vez que proclamaba ser hija del monarca francés.

EL Rey Sol por Hyacinthe Rigaud, 1701.

¿Sería cierto entonces? ¿Al todo poderoso rey sol le puso los cuernos un pigmeo, un esclavo, un bufón que entretenía la soledad y el amargo discurrir de la vida de María Teresa, arrinconada por un marido que siempre la detestó? ¿O la historia no casa y en efecto sí era hija de rey, pero del mismísimo Luís XIV que la engendró después de la muerte de María Teresa con una esclava negra? Ah, puede que esto sea más creíble, pues se antoja harto de entender que el rey aceptara costear la vida de una niña que había sido nada menos que fruto del engaño de su esposa.

El heredero del Rey Sol, Luís XV (su nieto) por Rigaud (1715).
No me imagino al Gran Delfín visitando una monja negra en medio de un pueblo perdido de Fontainebleau

Una cosa sí que sigue sorprendiendo. La monja negra de las benedictinas de Moret, se llamaba Luisa María Teresa, es decir, llevaba los nombres de ambos soberanos. Murió en 1732 y si atendemos a que se trataba de la niña parida por nuestra Infanta en 1664, tenía 68 años y fue visitada por el futuro Luís XV, por buena parte de la corte versallesca y vivió en la opulencia que la paga real permitió durante años. Pero todo apunta a que murió más joven, era fruto de uno de los múltiples encuentros del fogoso Luís con cualquiera que llevase faldas y testimonia que en la Francia de la época, al igual que la de siglos anteriores y casi casi, la de hoy, todo lo español era sinónimo de enemistad y rivalidad.

Acuerdo entre Luís XIII y Felipe IV en la Isla de los Faisanes. 
Este Tratado de los Pirineos fue el principio de la desdicha de María Teresa.

Lo mejor, que la Infanta Real Española y Reina Consorte María Teresa de Austria pasara a la historia como una infiel y adúltera para gloria del muy piadoso rey de Versalles. La realidad, que desde la Marca Hispánica allá por el año 800 a hace un par de semanas, cuando Rafa Nadal volvió a conquistar París, la amistad Francia-España, es, digámoslo así, una educada imposibilidad.