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domingo, 1 de diciembre de 2013

Woody Allen

Heredero de los mejores cineastas de la época dorada de Hollywood, brillante, irónico, surrealista y original, es el director que más aplaude Europa y más controversias despierta en casa; comenzó en los 70 del pasado siglo pleiteando con la United Artist después de que los títulos originales de sus películas se tradujeran en el extranjero como si el surrealismo de su cine formara parte de los nombres. Pero el genio ha de ser un ciudadano atormentado y en estas sigue andando por la vida Allan Stewart Königsberg, el nombre real de nuestro Woddy Allen, el único que sigue dando motivos para permanecer enamorado del 7º Arte.

Claustrofóbico, agorafóbico, no soporta las duchas con desagüe, le aterrorizan los túneles, odia no poder desayunar lo mismo y se ríe de su sombra y de los complicados clichés sociales. El judaísmo sale a relucir en sus obras, se subió a hacer de cómico en un pub de Nueva York en el lejano 1960 y doce años después, daba pequeños conciertos al frente de su clarinete; desde entonces, sin interrupción pase lo que pase, su banda toca en el Micahel´s Pub de Nueva York hasta que por cierre del local se trasladaron al Carlyle. Pagaría oro por estar uno de cualquier lunes del año oyendo el jazz de Woddy Allen. Es tan importante para él que no acudió nunca a la Ceremonia de los Óscar, celebrada también en lunes, menos en la gala de 2002.

Sencillo, austero, simple y morigerado, vive en la Quinta Avenida, admira a los hermanos Marx (sí, no han muerto. Los genios nunca mueren), a Ingmar Bergman y a Fellini. Su ocurrencia es aplastante. En cierta ocasión dijo: “prefiero la ciencia a la religión. Si me dan a escoger entre Dios y el aire acondicionado, me quedo con el aire". Provocativo sin proponérselo y el más ocurrente de cuantos cineastas siguen en activo, es de sobra conocido su pesimismo, pero sobre todo, su furibunda auto crítica e  inconformismo hacia su propia obra. En una entrevista dijo que sus maravillosas ideas no conseguía plasmarlas como las veía en su interior. Resulta lapidaria la frase, refiriéndose a los espectadores, que nos dejó en 2005: “¡Ustedes no se dan cuenta de la maravillosa idea que yo tenía y cómo la estropeé! ¡Solo han visto el 50 por ciento, el 20 por ciento de mi idea!”. Basta decir que cuando terminó el montaje de Manhattan (1979) con Meryl Streep o Diane Keaton, le pidió a la compañía distribuidora que quemaran la cinta y le dejaran volver a hacer una nueva película. Ese “horror” es hoy una de las obras maestras de los últimos 50 años.

Rueda con un presupuesto escueto y casi irrisorio teniendo en cuenta las cifras que maneja Hollywood. Por eso da risa escuchar a los cineastas españoles quejarse del escaso presupuesto que tienen cuando Woody, con cifras parecidas (ninguna película excede los 20 millones de dólares de hoy día) convulsiona el mundo del cine. Además, el caos interior lo traduce en un estricto calendario de trabajo que le permite estrenar cada año un nuevo título. Rueda de octubre a diciembre, monta en Navidad, repite lo que no le ha gustado en enero y de nuevo hace montaje definitivo y edición para que a principios de mayo, se pueda estrenar la cinta. Durante el verano, su cabeza arde en nuevas ideas que volverá a poner en marcha a partir de octubre, encadenando éxitos, críticas positivas, la admiración del Mundo, nominaciones a los Óscar cuando no, la propia estatuilla y todo ello siendo fiel a sus conciertos de jazz de cada lunes.

Los mejores actores llaman directamente al genio para ofrecerse ante cualquier papel. Lo hizo Jodie Foster relegada a casi figurante en “Sombras y niebla” (1992) y el único que no estuvo dispuesto a rebajar su caché para actuar a las órdenes de Allen fue Jack Nicholson. Pero la estricta rutina que se auto impone acaba olvidada cuando empieza el rodaje: exige espontaneidad, no planifica el rodaje y permite licencias creativas a los actores, de manera que ha llegado a decir: “el 99,9 % de las veces no tengo la más remota idea de lo que haré con la cámara cuando llegue al plató”. Lo que sí tiene claro es que nunca graba con la luz directa del sol y espera cuanto haga falta hasta que el cielo se nubla, de ahí que escoja otoño para los rodajes, sea un enamorado de escenas en donde la atmósfera y la iluminación con lluvia son protagonistas (puede que sea un reflejo de su propia alma) y una de sus señas sean los largos planos secuencia que emplea. Al contrario que la mayoría de realizadores, quienes suelen recurrir al plano contra plano durante las conversaciones, Woody Allen prefiere mantener los diálogos dentro de una misma toma.

Ha sido 23 veces nominado a los Óscar, ha ganado 4, su película “Annie Hall” está considerada una de las mejores comedias de la historia, consigue que lo importante sea el guión y no los actores (los personajes salen y entran de escena con rapidez, insólito las estrellas de Hollywood que miden por segundos y primeros planos su caché) y si por algo puede definirse, es porque dota de carices autobiográficas su obra. Al respecto, dijo: “escribo acerca de lo que conozco, de gente con la que he crecido o que vive a mi alrededor”. Por eso no para de hacer referencias a su propia vida privada, hasta el punto que su primera mujer (Harlene Rossen), lo demandara por hacer chistes hirientes sobre su vida conyugal.

No siempre el director y guionista es actor en sus películas; pero cuando esto ocurre, sus personajes se llenan de las mismas pautas, tienen los mismos conflictos internos, escenifican una misma psicología... porque realmente, son ÉL. Y lo curioso es que en la pantalla lo vemos vistiendo como lo hace a diario, con pantalones de pana, las gafas de montura negra, zapatos cómodos... Ahora bien, los espectadores a veces mimetizan tanto al autor y al personaje que cuando asistieron al estreno de “Stardust Memories” (1980) no pocos pensaron que el personaje de ficción (que estaba criticando al público con furor) era la propia opinión de Woody. Y por eso Allen dijo: “si hubiera dejado que Dustin Hoffman o algún otro actor interpretara al protagonista, habría sido mucho menos criticada”.

Pero Woody Allen nació para hacer cine, para hacernos disfrutar, para renovar el séptimo arte, para disfrutar él mismo. Decía en una entrevista que de chico “iba cuatro, cinco y seis veces a la semana al cine, o todos los días, tantas como dinero pudiera arañar”. Quizá por eso algunos de sus personajes van al cine a culturizarse, a curarse, a experimentar. Hace referencias a clásicos imponderables, como el que consiguió en “Sueños de un seductor” (1969) que es todo un homenaje a la película “Casablanca”; pero su gran genialidad fue “La rosa púrpura de El Cairo” (1985) donde el cineasta tiene tan presente a la gran pantalla que hizo que el protagonista saltara de la pantalla a la realidad.

Pero, ¿cómo pasó Woody Allen de ser un cómico neoyorkino a un cineasta reconocido? Todo empezó en 1957, él tenía 22 años y se presentó en el despacho de dos representantes de actores para venderles chistes; afortunadamente lo convencieron para que interpretara su propio material. Podríamos habernos perdido joyas como “Recuerdos” (1980), donde querría rendir un homenaje a su idolatrado Federico Fellini al tiempo que hacía un “remake” de “Ocho y Medio”, mítica cinta del italiano. Y Woody Allen quería llamarla Woody Allen No. 4 porque según él, no había logrado ni la mitad que Fellini.

Hoy cumple 78 años; nos ha regalado 47 títulos; está en producción el que hace el número 48, “Magic in the moonlight”, mientras seguimos esperando el estreno de la cinta de 2013, “Blue Jasmin”. Es carismático, arrollador, ingenioso y sobretodo distinto. Un director, actor, guionista y creativo que supera a cualquier coetáneo y será en su momento convertido en uno de los mejores que han pasado por el 7º arte. Ojalá tarde lo que significará una pérdida irreparable, pero recordemos qué dijo en cierta ocasión: “no le temo a la muerte, sólo que no me gustaría estar allí cuando suceda”.



¡EL GRAN DIOS WOODY ALLEN! 

Uno de los mejores de todos los tiempos. 

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