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jueves, 19 de diciembre de 2013

Papa Noel

¿Hay niños leyendo? Pues siento deciros que no, Papa Noel no existe; bueno, a lo mejor sí, pero no hace la ruta de España. Esa es propiedad desde hace cientos y cientos de años de Sus Católicas Majestades los Reyes Magos. Lo que habéis visto es un simpático señor vestido de rojo que se inventó a principios de siglo XX una marca de bebidas (no tengo constancia que me paguen, luego no les hago publicidad) que terminó por definir al personaje, con toda su estética incluida. Estética por cierto que se debe a estadounidense que no pasará a la historia precisamente por la calidad de su literatura sino por la intransigencia de sus ideas. Estamos hablando de Clement Clark Moore (1779-1863), un teólogo y profesor episcopaliano que organizó una cruzada contra Thomas Jefferson, que no sirvió para nada, porque terminó siendo Presidente de los Estados Unidos. Y es que Clement, veía en Jefferson la encarnación del mal.

Clement era padre de familia, de una buena prole por cierto. Y en la navidad de 1822 mientras disfrutaba con los suyos de la jornada de Nochebuena, decidió deleitar a los pequeños con un poema antes de que se fueran a la cama; el poema contaba la historia de Papa Noel, o mejor, de San Nicolás. Lo describía, hablaba por vez primera de los renos voladores, de las narices rojas, de los nombres de los ocho animales, de cómo iba vestido el Santo y que entraba a casa, cargado de regalos, a través de la chimenea. Justo un año después, el “Sentinel”, un diario que se publicaba en Troy (dentro del Estado de Nueva York), sacaba a la luz el poema, bajo el título de “A visit from Sant Nicholas”, es decir, “Una visita de San Nicolás”, tal y como lo habría escrito y recitado a sus hijos Clement Clark Moore para regocijo de éstos. A lo mejor por eso se animó a publicarlo en un sencillo periódico. La traducción al español del poema, que corrió a cargo de Juan A. Galán sin otro interés que el de la difusión entre los hispano hablantes de "la figura de San Nicolás", es ésta:



Era tarde en Nochebuena, nada en la casa se oía,
hasta el ratón de alacena con su familia dormía.
De la repisa colgaban, medias en la chimenea,
San Nicolás, al llenarlas, tendría una gran tarea.

Los niños dormían ya y soñaban sutilezas,
imaginando visiones en sus pequeñas cabezas
y mamá con su pañuelo, y yo con mi mejor gorra,
antes de una buena siesta, sentíamos la modorra.

Cuando afuera en el jardín, se formó un gran alboroto,
salí de mi cama a saltos, parecía un terremoto.
Corrí y abrí la ventana, levantándola hasta el tope,
las cortinas separé, pues creí oír un galope.

La luz de la luna llena se reflejaba en la escena
e iluminaba la nieve, como hace el sol con la arena.
Cuando yo vi ante mis ojos, de grata sorpresa llenos,
un trineo en miniatura tirado por ocho renos.

Los controlaba un viejito, ágil y con gran viveza.
¡Debe ser San Nicolás! (pensé yo con gran presteza).
Él, aunque eran como águilas, de sus cursos era el guía,
¡silbando y con muchos gritos, sus nombres les repetía!:

"iOh, Bailarín! ¡Oh, Brioso, Relámpago y Juguetón!
¡Hala Cupido! ¡Hala Trueno! ¡Hala Cometa y Pompón!
¡Suban prontos al tejado y a lo alto por la pared!
¡Suban con brío ahora mismo! ¡Todos, con brío, ascended!".

Como las hojas ya secas que encuentran algún obstáculo
se entrelazan con el viento en asombroso espectáculo.
Así subieron al techo, como en sus cursos volando,
en el trineo con juguetes a San Nicolás llevando.

Después de algunos segundos, yo pude oír satisfecho
ruido de pequeños cascos que golpeaban en el techo;
en la mente estas imágenes y en mis talones girando,
por la chimenea vi a San Nicolás bajando.

Todo envuelto estaba en pieles, de los pies a la cabeza,
su ropa estaba manchada del hollín y la ceniza.
Una bolsa con juguetes de su ancha espalda colgaba,
parecía un vendedor que su mercancía cargaba.

¡Qué alegría en su sonrisa! ¡Qué brillo había en sus ojos!
¡Qué color en sus mejillas! ¡Qué nariz con tonos rojos!
Su boca, en un amplio arco, se abría en sonrisa leve
y la barba en su barbilla más blanca era que la nieve.

Una pipa ya gastada en sus dientes sujetaba
y alrededor de sus sienes el humo lo coronaba.
Su cara era ancha y redonda, y un vientre grande tenía
que como la gelatina temblaba cuando él reía.

Era un duende muy alegre, un viejo gordo y bajito,
y me tuve que reír, ¡aunque lo hice muy quedito!
Un giro de su cabeza y un guiño casi secreto
hicieron que mis temores se esfumaran por completo.

Sin decir ni una palabra, a su tarea se dio,
giró sobre sus talones y las medias rellenó.
Tocándose la nariz, con un dedo y por el lado,
¡subió por la chimenea por alguna magia izado!

Saltó presto en el trineo, silbó casi sin aliento,
y los renos se alejaron como plumas en el viento.
Pero oí cuando exclamaba, ya inmerso en la oscuridad,
"¡Que tengan muy buenas noches y una Feliz Navidad!".

El caso es que parece ser que Moore no era el verdadero autor de aquel poema y quizás dentro de su puritana mente, algo le hizo publicarlo de manera anónima para no llevarse méritos que al parecer le correspondían nada menos que a Washington Irving, el inmortal autor de “Cuentos de la Alhambra” que tanto tan bien habló de Granada. De hecho, el célebre autor escribió en 1809 “Cuentos del viejo Nueva York”, recreando la figura de San Nicolás con un parecido inmenso al de Moore. Que nadie olvide un detalle: estaba recién regresado de España. Sea como fuere, el poema gustó y los neoyorkinos empezaron a hacer suya esa descripción de San Nicolás (todavía San Nicolás, nada de Papa Noel).

Murió Moore y cuántos lo habían conocido y en 1939, los famosos almacenes  Montgomery Ward, que estaban en Chicago, se disponían a montar escaparates navideños. Se habían hecho como todos los años de libros infantiles para colorear, uno de sus productos estrella, pero que les salía caro pues compraban a editoriales estadounidenses. Hartos de hacerles el trabajo a los editores, dieron con un redactor con soltura como para crear él mismo un libro infantil propio de los almacenes y le encargaron uno específico para navidad: Robert May.

Robert May, como pueden imaginarse, contó algo que ya era muy conocido 100 años antes: “Una visita de San Nicolás”. Hizo suya la obra poética que supuestamente creó Moore la Nochebuena de 1832 y le incluyó algo de su cosecha que la variaba mínimamente: un 9º reno al que llamó Rudolph, el reno de la nariz roja. El cuento fue un éxito, tanto que en 1946 se habían editado un 6 millones de ejemplares. Pero Robert L. May atravesaba un mal momento, endeudado por la enfermedad de su esposa que además, había fallecido. Así que se le ocurrió pedirle al Presidente de Montgomery Ward, Sewell Avery, que dijera que él era el autor de Una visita de San Nicolás, para que los derechos de autor le salvaran el cuello. Y así fue.

En 1947 la historia ya se vendía a nombre de Robert, su cuñado hizo al año siguiente una canción basada en el reno Rudolph y en 1949 fue un éxito vendiéndose 2 millones de discos de ese pseudo villancico dedicado a un reno. El caso es que de Clement Clak Moore nadie se acordó, pero sobre todo, nadie supo jamás que lo más seguro es que un amigo de aquel puritano de la Iglesia Epicospaliana de Nueva York, fue el creador real de toda la parafernalia de Papa Noel, quién sabe si a lo mejor, incluso la escribió en un Mirador, frente por frente a los Palacios más bonitos del Mundo, dándole la espalda a la Casa del Santo Nicolás y acordándose de las navidades en su tierra.


Así que si todavía hay algún niño leyendo esta entrada, os doy dos noticias. La mala es que Papa Noel no existe, pero la buena es que los Reyes Magos sí...Ah, perdón, eran dos buenas noticias... Y A LO MEJOR, WASHINTON IRVING INVENTÓ LA FIGURA DE PAPA NOEL, EN LA CIUDAD DE GRANADA.  

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy interesante! Aunque discrepo con que Washington Irving fuera absolutamente positivo para Granada 😃

Juan A. Galan dijo...

Muy interesante su blog. Desearía, sin embargo que se me diera crédito por la traducción "Una Visita de San Nicolas" ya que está registrada con derechos de autor bajo mi nombre. Siempre que escribo a alguien sobre esto, hago hincapié en que no hice la traducción con fines de lucro, sino para dar a conocer este poema a los niños hispanos.
Gracias,
Juan A. Galán
Homestead, Florida, Estados Unidos

David R.Jiménez-Muriel dijo...

Juan A. Galán, paso a incorporarlo a la entrada y agradezco, la visita a la Alacena, y la traducción de la visita. Un fortísimo abrazo.