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lunes, 30 de diciembre de 2013

Las uvas de la suerte

Si hay una tradición que más se respeta en la Nochevieja es la de comerse las uvas al golpe de las campanadas, especialmente las de la Puerta del Sol de Madrid. Ya hoy las familias buscan, porque los hay remolones hasta para eso, el racimo oportuno para mañana por la noche y algunos esperan con ilusión remozada el momento en el que alguno de los familiares se atragante con ellas o se adelante y empieza a engullir en los cuartos. Da igual, el caso es que la mayoría cree que el origen de esta tradición estuvo en un excedente de uvas y se llevaron como reclamo y para no desperdiciarlas, a la Puerta del Sol en la Nochevieja de 1909, pero no es cierto, pues al menos, desde 30 años antes ya se consumían.

El alcalde José Abascal Carredano, artífice sin procurarlo de la tradición

Era alcalde de Madrid José Abascal Carredano, que ha pasado a la historia por el suceso que vamos a contar ahora pero no por otras decisiones que lo avalan como político honrado, justo y cabal. Por ejemplo, cuando el 24 de agosto de 1882, el Pleno del Ayuntamiento de Madrid decidió comprar un carruaje de gala para el uso del alcalde de la ciudad que costaría casi 18.000 pesetas de entonces. El bueno de José Abascal se opuso pero los concejales seguían porfiando y asegurando que se convertiría en parte del patrimonio de la ciudad y valedero para cuantos alcaldes posteriores llegaran. Así que el alcalde, harto ya, dijo que seguiría yendo a pie y que si persistían en el empeño de gastar tal suma, se atrevería incluso a denunciar a ese Consistorio. Dicho y hecho, se retiró la propuesta. ¡Igualito que hoy día!

El caso es que las arcas municipales madrileñas andaban exiguas y los concejales apremiaban para buscar soluciones ante la bancarrota inminente. Uno de ellos propuso sancionar las malas prácticas que los madrileños venían haciendo la noche de Reyes, ridiculizando a los forasteros que llegaban en busca de regalos, además de beber y hacer ruido en exceso. Así las cosas, ese mes de diciembre de 1882 José Abascal Carredano, como alcalde, publicaba un bando en el que prohibía beber en las calles y organizar ruidos la noche del 5 de enero bajo multa de cinco pesetas.

Llevaba ya años convertido aquel día en uno de los más festivos y ruidosos y aquella norma municipal sentó mal a todos. Enfadados por la solución que había tomado el Ayuntamiento, un grupo de madrileños decidió tomar la calle en otra fecha clave, pero además bajo la premisa de ridiculizar a la clase pudiente que organizaba fiestas en las casas en la Nochevieja. Así que salieron rumbo a la Puerta del Sol llevando consigo bebidas baratas con las que irónicamente intentaban parodiar las refinadas bebidas burguesas y como satirizar lo que comían esa noche era muy costoso, se llevaron fruta. Al oír las campanadas del reloj, a alguien se le ocurrió echarse a la boca una pieza de fruta con cada campanada, pero de entre todas, la más menuda que permitía llevar el ritmo era la uva.  

El Presidente Cánovas se comió las uvas en 1885

Aquello caló pronto entre los madrileños más castizos y sencillos al punto que un 31 de diciembre de 1885, el mismísimo Presidente del Gobierno (entonces se llamaba Presidente del Consejo de Ministros), el genial don Antonio Cánovas del Castillo, acudió a la Puerta del Sol a despedir el año con cuantos se dieron cita en aquella plaza. La prensa, anunciaba en 1897 que aquello era ya una tradición muy suya y publicaba: “Es costumbre madrileña comer doce uvas al dar las doce horas en el reloj que separa el año saliente del entrante”. Y en 1898, coincidiendo con el abatimiento de toda España por la pérdida de las últimas colonias, intentaba insuflar ánimos y titulaba el diario: “Las Uvas milagrosas”.

La Nochevieja en la Puerta del Sol a principios del siglo XX

La tradición se fue extendiendo gracias a la prensa y a cuantos visitantes conocían de primera mano aquella curiosa forma de saludar el nuevo año y querían llevárselo a sus tierras. En 1903 ya lo hacía Tenerife y la fecha que creen todos que fue el arranque de la tradición, la de 1909, no fue otra cosa que un excedente de uva llevado allí por los viticultores alicantinos, a sabiendas que desde 30 años antes, se venía realizando. Televisión Española terminó por cultivar en todos el arraigo de la tradición, retransmitiendo por primera vez la fiesta en 1962; desde entonces, a pesar de que  va a cumplir 131 años, se ha convertido en un símbolo al que muchos conceden hasta propiedades mágicas. Son las uvas “de la suerte” y siempre me ha resultado cómico que, ateos recalcitrantes, reconocen tomarlas “por si acaso”.


Mañana regresa la tradición a los hogares españoles; nació como protesta, cuando las protestas en este país ni vulneraban derechos ni rompían mobiliarios. Y tranquilos, disponen de 36 segundos para ingerirlas, no como los 25 de aquel 1997 que por poco acaba con más de uno por ahogamiento supersticioso

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