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martes, 24 de diciembre de 2013

La Misa del Gallo

Interior de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma.

Roma, siglo V de nuestra era. Ocupa la Silla de Pedro el Papa Sixto III (lo fue del año 432 al año 440) que llegó tan alto gracias a su amistad con San Agustín, por cierto. El caso es que durante su Pontificado, volcó los esfuerzos en aumentar la devoción por la Virgen y prueba de ello fue la construcción de la Basílica de Santa María la Mayor de Roma, que por cierto, es lo más español que uno puede encontrar fuera de España. Basta decir que con el primer oro que llegó de América, el Emperador Carlos costeó el dorado de sus techos; Felipe II contribuyó generosamente a que se hiciera la Capilla que custodia el Belén y al fin, Felipe IV, hizo que España fuera la protectora de la Basílica y desde entonces, el Rey de España es el “primero de los canónigos de su Cabildo”.

Relicario de la cuna del pesebre de Cristo.

Dentro de esta Basílica está la primera imagen de la Virgen coronada canónicamente, la del Pópulo. La historia y relación de España es inmensa con esta Iglesia y prueba de ello es la primera misa que ofició el español San Ignacio de Loyola, en la Cripta de Belén, tan importante porque es aquí donde se venera la reliquia de la cuna del pesebre de Cristo. Y por si no bastara todo esto, una estatua de Felipe IV corona la fachada recordando que es la Hispaniarum fidelitas la que la protege.

Bajada a cripta de Belén en la Basílica de Santa María la Mayor.

El caso es que desde el siglo V se veneraba con enorme devoción esa reliquia que supuestamente es la cuna que en el pesebre de Belén, pasó sus primeras horas de vida Dios Mismo. Las Grandes Solemnidades y Fiestas de la Iglesia Católica, celebradas con sus Misas, siempre fueron de día, hasta que se incluyeron la Vigilia (día de antes de la Celebración) y tantas como hoy día hay y son necesarias. Sixto III, el Papa del Siglo V, decidió que la Natividad de Cristo era una fiesta lo suficientemente importante y solemne como para quedar revestida de toda la Solemnidad posible, celebrarla en la Basílica que custodiaba tal reliquia, y que habría de hacerse justo al cantar el gallo.

Todos saben que los gallos cantan al amanecer. Roma tenía una compleja manera de señalar las horas, coincidiendo con el sol. El día empezaba a las seis de la mañana, la hora prima y acababa a las seis de la tarde, la hora duodécima. Las otras doce, las de la oscuridad, no eran regladas. Pero desde siglos atrás, el Calendario Juliano había modificado (buscando una absoluta precisión, parecida a la actual) todo esto y ya el día arrancaba justo a las doce de la noche, por lo que aquella vieja expresión que usaban de “empieza el día con el canto del gallo”, no sirvió de nada.

O sí... Sí que sirvió ya que los romanos fueron unos escrupulosos conservadores de sus tradiciones y cultura. Y a las doce de la noche, aunque no canta el gallo porque es noche cerrada, ya que ahora empezaba el nuevo día, se le siguió diciendo lo mismo: “ad galli cantus”. El caso es que  Sixto III quiso que allí donde se conservaba una reliquia del pesebre y en la Basílica que él tanto había porfiado por levantar, se celebrara justo empezada la fiesta del Nacimiento de Cristo, una Misa. Para ordenarlo y fiel a la tradición del pueblo de Roma, mandó y lo escribió que los fieles acudieran a Santa María la Mayor “al canto del gallo”, (ad galli cantus), quedándose en el colectivo de los católicos del Mundo.


Virgen de Belén de José Risueño. Hacia 1710. Museo Bellas Artes Granada

Sucedió en la Navidad del año 433, hace precisamente 1580 años, tiempo suficiente como para que a las doce de la noche, los católicos conmemoremos, al canto del gallo, que el Verbo se hizo Carne. Así que a todos, Feliz Navidad y que al menos durante esta noche y el día de mañana, creyentes o no, pensemos en la trascendencia de la fiesta, porque el mensaje y el ejemplo del que nació, fue rotundo y trascendente. ¡CAMBIÓ EL MUNDO!

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