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jueves, 5 de diciembre de 2013

La cabeza de Goya

Goya antendido por el doctor Arrieta. Francisco de Goya, 1820.

La primavera de 1828 fue testigo de la muerte del más grande, ocurrente, innovador y genial de los pintores españoles habidos hasta entonces y que después llegarían. En el cementerio de Burdeos el cuerpo sin vida de don Francisco era enterrado con la triste, escueta y mínima presencia de un puñado de amigos y familiares, acudidos a acompañar los mortales restos de Goya. años después, el cónsul español en Francia, Joaquín Pereyra, con el encargo ex profeso de traer de regreso a España el cadáver del artista inconmensurable, se apostaba ante la tumba de Goya, que no fue fácil hallar pero que al cabo de no pocas pesquisas había encontrado en el recoleto cementerio de Burdeos; junto a los restos del pintor aragonés descansaban eternamente los de su consuegro Martín Miguel de Goicoechea.

El cónsul había logrado al fin, 61 años después de la muerte del genio, que regresara a España, de donde nunca tuvo que haber salido si Fernando VII no hubiera pisado el solio real. En el momento de abrir el féretro y trasladar los restos a un recipiente que permitiera su traslado, Joaquín Pereyra se encuentra con un macabro hallazgo: falta la cabeza del pintor. Sin embargo, sí que estaba un gorro de seda marrón que utilizaba desde años como signo y señal reconocible el gran Goya y que lo acompañó hasta la tumba.

La sepultura no daba muestras de haber sido forzada y todo parecía estar en su sitio. Corría 1889 y el cónsul, que había gastado el esfuerzo titánico del que fue capaz en dar con el paradero fúnebre de Goya, precisaba órdenes de España, así que envió a Madrid un telegrama: “Esqueleto Goya no tiene cráneo”; y el Gobierno contestó de manera clara: “Envíe Goya con cráneo o sin él”. Así que nuestro inmortal artista llegaba a España en medio de una controversia y mil hipótesis para desvelar qué o quiénes hicieron esta profanación y con qué sentido. Rápidamente, algunos se decantaron por una profanación a la tumba con el objeto de hacer estudios frenológicos, tan de moda en aquellos tiempos con los que (se pretendía, se suponía) era posible adivinar rasgos de la personalidad a partir de la forma del cráneo. El consulado español encontró una anciana que fue testigo del entierro; a pesar de sus 90 años, con lucidez contundente dijo que Goya fue enterrado y no le faltaba la cabeza.

Dionisio Fierros Álvarez. Autorretrato, 1872.

Lo que sí es cierto es que Goya mantuvo una excelente amistad con el médico Jule Laffargue, interesado por las investigaciones de la frenología y que ofreció a Goya que, toda vez este muriera, le permitiese a cambio de alguna compensación  en vida, quedarse con su cabeza y estudiar su complejo cerebro, capaz de parir las obras más innovadoras, sagaces y contundentes de la pintura española de todos los tiempos cuando no, de la historia del arte. Jamás sabremos si Goya se plegó y aceptó tal oferta pero lo que aún produce un enorme desasosiego es el cuadro que un pintor menor, Dionisio Fierros Álvarez (1827-1894), discípulo de Madrazo, acababa en 1849.

El cuadro del supuesto cráneo de Goya del Museo de Zaragoza.

La obra se conserva en el Museo de Zaragoza, donde a manera de título identificativo, conserva en la parte trasera, pegado a la tela del mismo, una nota, una inscripción que reabría los debates y suposiciones: "El cráneo de Goya pintado por Fierros en 1849". A principios del siglo XX un nieto de este pintor manifestó públicamente que su abuelo tenía en el estudio una calavera de la que no se despegaba nunca y mimaba de manera especial. Pronto, casi de manera literaria, algunos especularon con la posibilidad de que fuera adquirida por España (a la muertew del pintor seguía reinando y lo haría 5 años más, Fernando VII, casi enemigo del genial artista) y que se conservara en alguna institución a la que tuvo acceso Dionisio Fierros. Lo que sí es probable es que la calavera presuntamente de Goya, acabó en la Universidad de Salamanca, ciudad donde uno de los hijos de Fierro se licenció en Medicina. Pero de nuevo la ficción y la realidad se dan la mano, ya que aseveraban algunos que el cráneo viajero de Goya, acabó siendo engullido por un mastín que persiguió al hijo de Fierros por las calles salmantinas y éste, se vio obligado a distraerlo arrojándole la calavera con el fin de no ser mordido.

San Antonio de la Florida

Así las cosas, el féretro de Goya y su consuegro, Goicoechea llegó a Madrid, con destino al cementerio sacramental de San Isidro pero poca paz encontrarían allí, puesto que el 11 de noviembre de 1919, marcharon de nuevo a un nuevo emplazamiento, donde hoy día siguen, bajo frescos pictóricos que él mismo había acabado y en los entornos en los que retrataba las festividades madrileñas en la Pradera el día de San Isidro. Allí, en la neoclásica y eximia en ermita de San Antonio de la Florida, Goya, descansa eternamente tras una muerte tan azarosa como la vida que tuvo. Sin cabeza, sí, porque los más ingeniosos creen haber dado con la clave: fue el propio Francisco de Goya y Lucientes el que mandó que cuando muriese, su cabeza fuera enviada a la Duquesa de Alba, para que al menos, el cráneo, reposara eternamente junto a su gran y prohibido amor.

Aquí descansa el más grande de los pintores españoles de todos los tiempos

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