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martes, 17 de diciembre de 2013

Juan de Espina, el genio español

Gabinete de las maravillas de Juan de Espina

Estamos ante uno de los más fascinantes hombres que ha dado España y del que se cumple ahora 450 años de su nacimiento. Un erudito complejo y vital capaz de despertar las mayores leyendas y de desatar los rumores del Madrid de Felipe III, al punto de ser tenido por uno de los más singulares y extraordinarios del Siglo de Oro español. Y todo ello gracias a una fama merecida cosechada en vida que le granjeó la amistad de la mitad de la Villa y Corte y el recelo de la otra mitad, que creía estar ante un ser capaz de coquetear con el mismísimo Diablo para producir ingenios tan asombrosos.

Había nacido en 1563, ganó la estima de Quevedo y dejó asombrado a quién lo trató. Era un maestro tocando la lira y solían consultarlo los maestros de la Real Capilla de Su Majestad. Ya entonces su casa era un continuo peregrinar de curiosos que lo tildaban de brujo y nigromante por lo que allí veían.

Es el inventor de un método de afinación de guitarras y vihuelas, perfeccionó la primera añadiendo el número de cuerdas actual, creó artilugios que causaban el estupor de los espectadores (se trataba de autómatas) y conformó el llamado gabinete de maravillas dentro de su casa (actualmente en la espalda de la Gran Vía de Madrid) que no dejaba a nadie indiferente, como muñecos articulados, espejos deformantes, maquetas de barcos y prototipos de instrumentos musicales inventados por él.

Alguno de los dibujos de Leonardo da Vinci que poseía Juan de Espina

Allí, en la actual calle Puebla, Juan de Espina, un cura cántabro, se había hecho de una colección de rarezas sin igual, de una formidable biblioteca, y de algunas obras de arte entre las que el afamado pintor Vicente Carducho  identificó dibujos de Leonardo da Vinci.

En 1627 Juan de Espina dio un banquete en su casa en honor de un invitado de excepción; se celebraba que el famoso huésped había recuperado la salud y la alegría fue desbordante. El invitado era nada menos que Felipe IV y el clérigo se empeñó en hacer trucos de magia que se basaban en la ciencia, pero hace 400 años, todo ello olía a brujería. Maquetas con autómatas que de repente tocaban música, máscaras que se movían, escenas a escala que representaban solas, una obra de teatro, pinturas que usaban los complejos sistemas de los escenarios de hoy en día para cambiar de posición y dar paso a otras... Juan de Espina dejó a todos los presentes, boquiabiertos.

Autómata de la época

Los visitantes siguieron pasando por su casa. Algunos simplemente desconfiaban que el ingenio y la sagacidad de una persona estuvieran detrás de aquello. Ilustres invitados se devanaban los sesos intentando comprender su colección de binóculos, telescopios, brújulas, utensilios topográficos, geográficos y astronómicos. Muchos de ellos eran inventos suyos, como una balanza de precisión y otros, adquiridos, como el buzo autónomo y otros autómatas que funcionaban gracias al vapor.

La vista. Rubens y Brueguel el Viejo, 1617.

Otro artilugio inventado por él fue una silla que se cubría de una estructura. La silla giraba y simulaba el cielo, y al girar ésta se iban encendiendo los cuerpos celestes. Juan de Espina ya era citado hasta en los entremeses cervantinos y en los poemas de Quevedo. De él se decía que era tan ilustre como Galileo y lo confirmaban los muñecos articulados con los que sorprendía a las visitas cuando los hacía funcionar como si se tratara de criados, haciendo labores domésticas. Un novelista del Madrid de 1630 decía con admiración que había llegado a ver una cama de madera que se movía sola, un barco a escala que hacía disparar los cañones de sus costados y una zampoña (instrumento de la época) que tocaba sola.

Grabado de autómatas de Gulio Caccini (hacia 1600)

Precisamente don Juan de Espina pretendía acabar la fiesta con uno de estos efectos estelares,  la aparición por sorpresa de un fiero león en medio del convite. Estaba dispuesta la mutación del decorado que debía representar un lugar agreste y el animal autómata, para el que se había empleado el cuerpo de un enorme perro disecado. El rey bailaba en el centro de la sala. Cayó un forillo que representaba un fondo de montañas cubiertas por brumas plateadas Alrededor del rey se alzaron árboles y rocas, salpicadas por una vegetación exuberante. El rey se detuvo. Estaba sólo en medio de aquel bosque. De repente saltó de entre la maleza una bestia sobrecogedora.

Felipe IV cazador. Diego Velázquez, 1636

Pero la desgracia le llegó en 1630; intentaba sorprender en una nueva comida al Rey. Se trataba de que éste se introdujera en medio de su tinglado, teatral y lleno de fasto, para que de repente se viera sorprendido por un león y pudiera dispararle y acabar con él. La fama de cazador del Rey era consabida y verse matando un león lo llenaría de vanidad; pero algo falló.  No funcionaron los mecanismos que hacían que la fiera se moviese, que presentara una actitud amenazante y rugiese y lo que cayó de manera desplomada al suelo fue un perro, muerto, a los pies mismos del rey que entendió aquello como una burla. Fue el final de la apoteosis inventora y mágica de Juan de Espina, condenado al ostracismo desde entonces.

Palacio de la Barcena en Ampuero, Cantabria, donde vivió Juan de Espina.

El final de sus días le llegó pobre y dentro de una casa donde era atendido por autómatas, que llegaban incluso a cocinarle. Si el clérigo cántabro hubiera vivido en nuestros días, tal vez hubiésemos estado ante el más rotundo, preclaro y genial de los inventores. Desde luego, siempre se ha dicho de él que fue el Leonardo da Vinci español, pero cuatro siglos después quién sabe cuántas vidas se hubieran salvado (o mejorado, o cambiado) gracias a sus contribuciones. Al menos, estaríamos ante el inventor y creador más genial y ocurrente. 

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