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lunes, 9 de diciembre de 2013

Giuseppe Verdi

Retrato de Verdi. Giovanni Boldini, 1886.

Estamos celebrando el bicentenario del nacimiento de un compositor que se ganó a pulso el sobrenombre de “padre de la Ópera” y que logró las mejores composiciones del género. Los críticos lo llaman el operista de todos los tiempos y títulos como Nabucco (1842), Macbeth (1847), Rigoletto (1851), Il trovatore (1853), La Traviata (1853), La forza del destino (1862), Don Carlo (1867), Aida (1871) y Otello (1887) no desmienten la afirmación.

Nabucco

Sólo leer los títulos de arriba basta para asegurar que fue el autor más popular del repertorio lírico; a su calidad artística se unía su sensibilidad para crear melodías evocadoras, muchas de ellas usadas como “bandas sonoras” de la exaltación patriótica italiana, caso del “Va pensiero”, de su ópera Nabucco. Obtuvo los mayores éxitos hasta el momento conocidos, se libró de la tiranía de los productores y empresarios teatrales y fue un innovador con Macbeth, un texto que es más hablado, que cantado.

Este genio prodigio que con tres años ya tocaba el piano apadrinó tres temas sobre los que hizo girar todas sus composiciones: la libertad, el heroísmo y el amor. Pero resulta curioso que este grandísimo de la música, fuese rechazado en 1832 por el conservatorio de Milán a causa de su juventud; fue dura la contestación de la escuela, que llegó a escribir a la familia de Verdi aduciendo por qué no podía ingresar en el prestigioso conservatorio el joven Giuseppe: "sus ejercicios no muestran especiales aptitudes para la música”. Años después, Verdi se convertía en un genio total, absoluto y definitivo.

Nacionalismo italiano con Verdi de protagonista

Pero todos los aplausos y admiraciones recibidos se resumen perfectamente en esta: su popularidad en Italia era aplastante. El reconocimiento que le profesaban los ciudadanos inundaba de reconocimientos su figura desde las clases más humildes a la cúspide jerárquica italiana, entre los que destacaba la figura del Rey de los italianos, Víctor Manuel de Saboya, que fue el primero en popularizar el grito de “Viva Verdi”; pero es que, además de sentir y de compartir esa admiración por el grandioso compositor, el Rey Víctor Manuel se dio cuenta que el apellido del músico era un perfecto acrónimo que podía usar como exaltación de la monarquía y de su propia figura: VERDI = Vittorio Emmanuele Rè d'Italia. O también, VERDI = Viva el Rey de Italia.

Cuando en la Scala de Milán, en 1893, se estrenaba su última gran obra, basada en Shakespeare, “Falstaff”, el Conservatorio de Milán ya no pudo aguantar más y lo citó al poco. Se trataba de rendirle homenaje rebautizando la institución el nombre de Verdi; pero el grandioso compositor fue tajante: “si no me quisieron de joven, por qué ahora de viejo”. Y los directores milaneses tuvieron que esperar hasta la muerte del genio para que el Conservatorio llevara su nombre, como hasta hoy día.


Moría a punto de cumplir  los 88 años en Milán; había dejado toda su fortuna para crear una residencia que acogiera a los músicos pobres. Al final, en 1901, moría y en su entierro [VIDEO DEL ENTIERRO ARRIBA], en medio de una gran conmoción popular y muestras reales de pena, al paso del cortejo fúnebre el público iba entonando espontáneamente el coro de los esclavos de Nabucco: Va pensiero sull'ali dorate.


1 comentario:

José Miguel Moreno Sabio dijo...

Buena entrada, David.
Únicamente hacer algunas precisiones de las circunstancias que impidieron a Verdi ingresar en el conservatorio milanés.
En 1832 Verdi tenía ya 19 años y superaba en dos la edad máxima fijada por los estatutos de ese centro para admitir alumnado. Únicamente aceptaban aspirantes mayores en el caso de que presentaran unas condiciones excepcionales en todos los ámbitos de la música.
Verdi superó con creces las pruebas de educación auditiva, lectura, teoría y composición; pero suspendió el examen de piano al considerar el tribunal que su técnica era muy rudimentaria y defectuosa como para tener enmienda a la edad que presentaba el aspirante. Y llevaban toda la razón, pues un pianista que a esa edad muestra tales problemas, desgraciadamente nunca los podrá superar. Esto era dogma en la época y lo sigue siendo hoy.
Verdi además presentaba otro inconveniente bastante grave, pues en Lombardía un parmesano era considerado extranjero con el agravante de que procedía de un Ducado con soberana austríaca, María Luisa, y esto pesaba muy negativamente en el Milán de la época; pues aquí, como muy bien sabes, Austria era considerada potencia opresora.
Como consecuencia de todo lo expuesto, Verdi no pudo entrar como alumno oficial en el conservatorio, pero fue recomendado por el propio centro a Lavigna, considerado como el mejor profesor de composición de Milán. Y a la postre fue lo mejor para Verdi, pues los estudios reglados del conservatorio le hubieran sido estériles en muchos aspectos y difícilmente hubiera sido capaz de llegar al nivel de instrumentista de piano imprescindible para lograr finalizar los estudios con éxito.
Un abrazo.