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viernes, 6 de diciembre de 2013

España por el Mundo

A mediados del siglo XIII, los monjes cistercienses que siguen con el rigor más absoluto la regla de San Bernardo, deciden mejorar su sobria y austera casa y se ponen manos a la obra. Con el titánico esfuerzo de la comunidad benedictina y la ayuda de la Corona, a casi 80 kilómetros de Segovia y en medio de un paraje agreste, apartado y tranquilo, nace la Abadía de Santa María la Real, en los términos del pueblo de Sacramenia, que desde un siglo antes venía acogiendo a los frailes del Císter, en concreto, desde la protección del Rey Alfonso VII que autorizó su asentamiento en 1141.

El románico llenó de arquivoltas y bóvedas de medio cañón la piedra del monasterio y de la Iglesia. Resistió incursiones musulmanas, revueltas y guerras castellanas, incendios e invasiones francesas... pero no pudo con aquel proyecto ruin de un ministro “moderno” que ni sirvió para los propósitos que se pretendían lograr sino más bien, para desposeer a España de lo suyo. Me refiero a aquella Desamortización de Mendizábal que desde 1835 echó la cruz al patrimonio de la Iglesia con el fin de conseguir dinero para las necesidades de los españoles pero que sólo sirvió para que nuestro patrimonio histórico acabara en las manos menos oportunas y tan sólo enriqueció, más, a los que ya eran ricos.

Una cena de gala en el interior de la Mansión Hearst

Después de casi 800 años sirviendo a Segovia y a la fe, en el año 1925, se puso fin a su existencia, a su historia y al pasado de todo un pueblo. No bastaron 8 siglos izando sus románicos muros y cuando los designios erróneos del ministro Mendizábal idearon que las órdenes religiosas debían suprimirse e incautar sus bienes para provecho del pueblo, (consiguiendo todo lo contrario), unos particulares se hicieron con el Monasterio y sus huertas, para al fin, venderlo en el año 1925 al todopoderoso magnate estadounidense William Randolph Hearst, que no dudó en llevarse el claustro, la sala capitular y el refectorio del conjunto. Con un esfuerzo mítico dirigido por profesionales, se desmontaron las referidas estancias que fueron embaladas en 11.000 cajones de madera, numeradas, signadas y dispuestas para de nuevo, montarse y recrear aquella Casa de Dios de 8 siglos de historia.

Detalle de uno de los salones de Castle Hearst

Pero el capricho de un rico (lo recordarán por la semblanza sutil que el gran Orson Welles hizo de él en la soberbia cinta “Ciudadano Kane”) fue capricho al fin y al cabo, y desde 1925 hasta 1952, los 11.000 cajones con casi todo un monasterio románico segoviano, permanecieron en un almacén a la espera de ser montadas de nuevo y volver a erigirse en monasterio cisterciense. De Randolf Hearst (181863-1951) basta recordar que fue el dueño de los 28 más importantes periódicos de Estados Unidos, repartidos por todo el país, grupos de comunicación, radios y otras empresas que lo hacían uno de los hombres más poderosos del mundo, tanto por la influencia como por el dinero. Se dio cuenta desde un principio que el cuarto poder era la comunicación y no dudó en usarla a su beneficio. Randolf Hearst no inventó la prensa amarilla, pero es la persona histórica que más la usó y la explotó.

Madonna Cernazai

Coleccionista de arte, más por capricho exótico que por placer de experto, sus adquisiciones eran intratables. Sólo el declive de su imperio frenó el expolio mundial que hacía merced a su fortuna y cuando la ruina empresarial tocaba en su puerta, casi al tiempo que cada vez le quedaba menos de vida, algunas de estas piezas pudieron ser devueltas a sus legítimos propietarios o al menos, a los países originales. Prueba de ello es una escultura sublime devuelta a la Fundación Lázaro Galdiano de Madrid, La Madonna Cernazai (Nicollò di Giovanni Florentino), de la escuela de Donatello fechada hacia 1480.  

El monasterio segoviano en Miami

El imperio de William Randolf Hearst se había desmoronado tras su muerte y buena parte de éste fue adquirido por otras fortunas estadounidenses; algunas de esas piezas eran las románicas segovianas que acabaron a partir de 1952 en un rancho de Miami, para concluir el montaje de las miles de piezas guardadas en esos 11.000 cajones en 1964, 19 meses de obras y más de un millón y medio de dólares de la época, terminaron en doce duros años de recreación a costa del Monasterio de Santa María la Real y el Monasterio de San Francisco de Cuéllar (también en la provincia de Segovia), cuya capilla mayor fue erigida en el siglo XV por Beltrán de la Cueva, valido de Enrique IV de Castilla y primer duque de Alburquerque para destinarlo a panteón familiar, que también fueron vendidos en el siglo XX tras la exclaustración y desamortización de Mendizábal. Por supuesto, de estas ventas, las arcas estatales nunca recibieron nada.


El Monasterio segoviano que acabó en Miami

En la actualidad es un atractivo turístico, un reclamo para solaz de los norteamericanos, ávidos de reconstruir  y de recrearse un pasado que nunca tuvieron. De tanto en vez, los episcopalianos de la zona realizan sus ceremonias religiosas en el interior de este Monasterio español románico que ha sido bautizado como San Bernardo de Claraval. Allí, en el 16711 de la Avenida W. Dixie Hwy, en North Miami Beach, un trozo de la historia, del arte, del patrimonio de España, recuerda que malas decisiones pueden acabar en esto, en un expolio, en una irreparable pérdida, en un fracaso como este. 

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