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viernes, 27 de diciembre de 2013

Carbón Dulce


La Adoración de los Magos. Francisco Rizi de Guevara, hacia 1665.

La figura histórica y legendaria de los Reyes Magos es la suma del paso de los siglos sobre una simple mención que recoge el Evangelio de San Mateo en el capítulo 2: “Nacido, pues, Jesús en Belén de Judá en los días del rey Herodes, llegaron del Oriente a Jerusalén unos magos diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?”. (Mateo 2, 1). A la postre, fijó el evangelista incluso los regalos con los que estos magos reconocían a Cristo como el Rey de Reyes: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra”. (Mateo 2, 11).


Sarcófago donde están enterrados los Tres Reyes Magos. Catedral de Colonia.

Por magos, el lenguaje de la época entendía sabios pero ahí estaba la imaginación desbordante del mundo oriental para ir amasando lo que habrían de terminar siendo nuestros Reyes Magos, moldeados luego por la cultura occidental. Según la creencia católica, estos magos eran representantes de religiones paganas, las primeras naciones que aceptarán la religión católica. ¿Tal vez unos miembros de la casta sacerdotal persa? Y así, la literatura fantástica hizo el resto y los convirtió en los representantes de tres pueblos históricos relacionados con Israel: Persia, Babilonia y el Asia más remota. Pero cuando la tradición da su salto a Europa y los europeos fusionan lo que han recibido del pueblo judío con la cultura grecolatina, los tres magos de Oriente se convierten en los sabios de tres pueblos del Mundo conocido, esto es, Europa, Asia, y África. Aunque todavía resuena en nuestras cabezas el revuelo que el Papa Benedicto XVI provocó el pasado año con su libro La infancia de Jesús, intentando demostrar que los Reyes Magos venían Tartessos, el mítico reino ubicado entre las actuales provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla.

Paje de los Reyes Magos del Belén de Salzillo (1776-1783)

El caso es que desde el siglo V se definieron como los conocemos y fueron los responsables también de traerle los regalos a cuántos niños lo merecían, hasta que hizo irrupción el carbón como castigo para quiénes no habían tenido un año bueno. Son varias versiones de esta tradición que acabó siendo mitigada y edulcorada para restarle la crueldad de regalar algo así a un niño, de manera que se convertiría en carbón dulce. La primera de ellas nos habla de Carbonilla, un paje de los Reyes Magos, cuya misión es vigilar a lo largo del año a los niños y en la noche del 5 de enero les deja carbón a aquellos que no se han portado bien. Aunque lo más probable es que los primeros regalos que se recibieran estuviesen cargados de utilidad. Así, Melchor se encargaba de regalar ropa o zapatos; Gaspar repartía golosinas, requesón, miel o frutos secos y Baltasar castigaba a los niños que se habían portado mal, dejándoles carbón o leña.


La Bruja Befana de Italia

Cada país del orbe católico fue tejiendo su propia historia, pero siempre con un común principio. Los italianos crearon a la Bruja Befana, que en el momento en que los Tres Reyes se dirigían hacia Belén, invitándola a que los acompañara y adorase ella también al Niño Dios, se encontraba barriendo su casa y se negó a creer en el nacimiento del Rey de Reyes. Desde entonces, como castigo eterno, Befana ayuda en su tarea a los Magos la madrugada del 6 de enero, especialmente en Italia. En las casas italianas se cuelga un calcetín y Befana lo llenará de regalos si los niños se han portado bien, o de carbón, si su comportamiento no ha sido el adecuado.

Recreación del Olentzero navarro

En Navarra, la tradición es de un arraigo absoluto. Un carbonero que vivía en los montes odiaba a los niños; las crónicas lo describen como un huraño que vivía aislado de la sociedad, dedicado a hacer carbón en el bosque. De nombre
Olentzero es anterior a la cristianización de Navarra pero se ha convertido en un símbolo de la Navidad, encargado de abandonar su refugio en la montaña, repartir regalos a los niños buenos y carbón (que se supone, tiene suficiente) entre los niños malos.

La tradición es extensa; una paje de los Reyes, una bruja, un carbonero... pero el carbón como elemento de castigo, dulcificado por la bondad de padres y familiares. 

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