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lunes, 16 de diciembre de 2013

Beethoven

Fue un revolucionario; el que hizo posible que se pasara del clasicismo al romanticismo en música. Con esto estaría todo dicho y sin embargo falta lo fundamental: que fue músico gracias a que su padre, sentía una profunda admiración por Mozart y le obligó a aprender música desde pequeño. La sombra del genio austríaco es alargada, no hay más que verlo. Todo genio lleva dentro un tormento, o no consigue serlo. Ese axioma que no está comprobado pero sí constatado le ocurría a nuestro protagonista; debía causar pavor verlo por la calle, con ropas ajadas, viejas y desaliñadas, al tiempo que exhibía una descuidada melena e iba tatareando a voz en grito por la calle melodías que acababan de venirle a la cabeza, a la espera de llegar a casa y transcribirlas al papel pautado. No hace falta decir, que él, no podía oírse a sí mismo desgañitarse por las calles, dada su archiconocida sordera.

Algo no bullía bien en su cabeza y por eso y tal vez por eso desbordaba talento. Eran monumentales sus ataques de ira, que cuando se producían dejaban su habitación destrozada. No se destacó jamás por una simpatía innata y antes bien huraño, sólo con su sobrino Karl, demostró un cariño inusual en él. Pero con todo, sus excepcionales 32 sonatas han traspasado cualquier frontera y en especial, la 9ª, elevada a la inmensa categoría de PATRIMONIO MUNDIAL POR UNESCO, el único músico con tal reconocimiento.


I
rascible, misántropo y enfermo. Fue en 1795 cuando el músico empezó a notar que algo no funcionaba. Tenía 25 años y comenzó a padecer del oído. La sordera se iría poco a poco apoderando de sus silencios y él lo dejó escrito en su diario: “¡Valor! A pesar de todas las flaquezas del cuerpo, mi genio triunfará... ¡Veinticinco años! Los tengo ya, y es necesario que en este año el hombre se revele todo entero”.

Retrato de Giulietta, su primer amor

Por contradictorio que parezca, también fue un enamoradizo, un romántico empedernido con la molesta costumbre de enamorarse perdidamente de sus alumnas. ¡Benditos amores gracias a los que escribió sus más conocidas y fabulosas obras! La primera de ellas, fue en 1801, la inmortal “Claro de Luna, inspirada por Giulietta Guicciardi, ella con 17 años frente a los 31 que ya tenía el maestro. Hija del Conde Guicciardi, su familia compartía amigos con Beethoven y éste deseos inconfesables de los que se intuía algo, al negarse a cobrar nada por las clases de la joven Giulietta. Pero ésta tuvo que corresponder de alguna manera porque la correspondencia entre ambos no era precisamente ñoña; el maestro escribía: “Ahora vivo más feliz [...] una mágica niña que me quiere y a quien yo amo [...] pero desgraciadamente no es ella de mi posición y no puedo pensar en casarme”. Y efectivamente, la poderosa familia Guicciardi no aceptó de ninguna manera estos amores por lo que la casó rápidamente con un músico amateur que escribía ballets bastante mediocres pero que era conde. Alegraos, lectores de la Alacena: de este primer desengaño nació la Sinfonía 14, o CLARO DE LUNA.

Conviene que digamos aquí que el verdadero amor, la verdadera pasión, la que nunca falló a Beethoven no era humana, porque aunque parezca extraño, el alemán era un amante de la naturaleza impropio de su tiempo y apasionado de ésta como de ninguna otra cosa. En cierta ocasión llegó a decir: “Prefiero mil veces los árboles que a cualquier persona". Y  bien claro lo dejó en su 6ª sinfonía, "La Pastoral", escrita en el año 1808 y donde el compositor fue capaz de traducir la imagen de la naturaleza a los sonidos orquestales, aunque su éxito se vio empañado por el de la 5ª Sinfonía, ya que las estrenó a la vez. Pero el estreno fue un caso, con una orquesta que no tocó bien, que sólo había  ensayado una vez antes del concierto, que se equivocaba y que obligaba a Beethoven a detener la interpretación y comenzar de nuevo. Pero ya estaba presentada y año a año, habría de convertirse en una de las obras más importantes de todos los tiempos. Usada en películas y en la cultura pop, es una de las obras clásicas más interpretadas y valoradas de la historia. Por desgracia, la popularidad de la obra era tal que los Nazis la utilizaron como código en las transmisiones de guerra, sirviéndose de las cuatro primeras notas: 3 puntos y una raya, que en el código Morse representan la “V” de VICTORIA.

Otro amor de nuestro hombre, Teresa... Al piano.

En 1810 era alumna de Beethoven Therese Malfatti von Rohrenbach zu Dezza, 22 años más joven que él y hermana de Josephine. Ella, de 18 años y él de 40, ella de un estatus social boyante y él, un músico que sobrevivía de sus clases. Ese año de 1810, como ya le ocurriera antes a Giulietta, estaba matando de amor a nuestro hombre; cuando al fin Beethoven se decide a pedirle la mano, se encuentra con la desagradable sorpresa que Teresa se ha comprometido con un alto funcionario austríaco con el que acabaría casándose en 1816.     


Ese mismo año de 1810 escribe una composición sencilla, muy en contraste con la habitual obra del alemán, compleja y dificultosa, intelectual y difícil de interpretar. Se trataba de una bagatela para piano que ha pasado a la historia con el nombre de “Para Elisa”. Sin embargo, no fue descubierta hasta 1867, 40 años después de su muerte y lo hizo Ludwig Nohl, que no podemos culpar de nada, pero debido a la mala caligrafía de Beethoven, a la hora de transcribir el manuscrito original se equivocó y donde parecía estar escrito “Elise” en realidad, decía “Therese”. ¿Sería la misma Teresa que le destrozó el corazón?

Retrato de Elisa

Sin embargo, como romántico empedernido que era y que ya estamos viendo, una nueva teoría parece apuntar que Teresa le hizo más daño del esperado y no le dedicó su inmortal bagatela. Al parecer, un amigo suyo que también era uno de los cantantes habituales en sus obras y el preferido del alemán, le presentó a su hermana, la jovencísima Elisabeth Röckel (1793–1883), que con el tiempo se convertiría en soprano. Elisa era 23 años más joven que el compositor pero decidida a dominar todo lo que la música encerraba. En cierta ocasión Beethoven le pidió que tocara alguna obra suya y ésta le dijo una verdad inesperada: “sus piezas son muy difíciles, señor”. En vez de uno de sus habituales ataques de ira, sonrió y no dijo nada. Para algunos musicólogos, la respuesta está en la partitura de la bagatela, donde no hubo error alguno de trascripción, sino la obra de un enamorado que sabe que es imposible ser correspondido. Y en la partitura original se leería: “Para Elisa“; pero como subtítulo, tal vez el detalle de un pequeño escarceo, puesto que decía: “Recuerdos de un 27 de abril de 1808”.

En 1817 la Sociedad Filarmónica de Londres le hacía un encargo. Beethoven pasó años obsesionado con una cancioncilla que no paraba de tararear, e incluso llegó a incorporarla en otras piezas sin terminar de definirla. Antes, el inigualable Wolfgang Amadeus Mozart había compuesto algo parecido cantada por un coro, aunque no podemos afirmar que Beethoven la conociera. En 1824, tras seis años de trabajo (era capaz de acabar una sinfonía al estilo en días), integra en la culminación de esta nueva obra la recurrente y machacona melodía que lo había acompañado en su cabeza durante años.

Dirigiendo su último concierto

El 7 de mayo de 1824, tras doce años sin asistir públicamente a ningún concierto, estaba en la sala vienesa donde se había de estrenar la obra. El público no lo sabía, pero estaba a punto de escuchar la versión instrumental de un poema que desde que tenía 22 años había marcado a Beethoven: La Oda a la Alegría. Jamás pudo oírla, él ya estaba completamente sordo. Al terminar el concierto,  pensó que los músicos habían dejado de tocar por algún motivo, y se dio la vuelta extrañado, amedrentado por si la pieza había desilusionado a los asistentes. Fue entonces cuando no necesitó oír sino observar que todo el auditorio en pie, aplaudiendo. Era la 9ª sinfonía, encargada en 1817 y fue su último concierto.


Funeral por Beethoven en Viena.

Viena fue su verdadera cuna, porque allí vivió casi toda su vida. Dejaba el mundo un 26 de marzo de 1827, pero 111 días antes, había comenzado sin él saberlo, su sentencia de muerte. Se le diagnosticó entonces una cirrosis a pesar de que el músico era muy exiguo con el alcohol. Algo no funcionaba y el habría de pasar un calvario los cuatro últimos meses. Días previos a su muerte, había manifestado su intención de entregarse a la ciencia, para que otros pudieran sufrir menos que él si estudiaban su cuerpo. El 25 de marzo,  Beethoven sufrió una hidropesía del vientre y el médico tuvo que hacerle cuatro punciones para que pudiera liberarse de parte del líquido retenido. Casi no podía respirar y aquella intervención le llevó a una septicemia y a las horas, a un fallo multiorgánico. Nadie le sorprendió su muerte, pero en 2005, restos de su cráneo y de su pelo revelaron la verdad: padecía saturnismo, una sobreexposición al plomo en cantidades increíbles que fueron los culpables de la cirrosis, que padeciera diabetes y que la hidropesía que procuró curar el médico resultara fatal. A su entierro, acudieron más de 20.000 vieneses. Acababa de morir el más sorprendente músico de la época y el que junto a Mozart, es considerado el mayor compositor de todos los tiempos. 

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