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jueves, 12 de diciembre de 2013

Águila Roja

Si alguien se lleva a engaños y cree que voy a hacer una crítica de la serie que temporada a temporada, TVE se ha empeñado en proyectar en el horario de máxima audiencia, se equivoca. Empecé largo ha a verla y sus disparates históricos y su infidelidad con lo que sucedió realmente durante el prolífico reinado de Felipe IV me aburrió. No soy un espectador de acción, por lo que tramas absurdas ideadas para una mayor audiencia no van conmigo, dicho lo cual, condené al ostracismo a una serie que dentro de la ficción que la envuelve, podrá estar bien hecha (lo desconozco), pero que corre el riesgo (interesado, por otra parte), de infundir al espectador errores y falacias del siglo XVII español.

Felipe IV a caballo. Diego Velázquez, 1635

Menos en la que más creen todos: que hubiera samuráis en la España de hace casi 400 años. Y es que en efecto, los hubo, pero unas décadas antes de lo que se empeña en hacernos creer la serie. Águila Roja transcurre durante un reinado en el que se podía haber contado los últimos días de Cervantes, los absolutos triunfos de Quevedo, Gracián o Lope de Vega y las excelencias de los mejores artistas que ha dado nunca esta tierra: desde Velázquez a Cano, sin olvidarnos de Zurbarán, Ribera o Murillo; pero no, se enreda en sugerentes pechos al descubierto y denuncias sociales impropias mientras el Rey Felipe IV no es ni de lejos, un parecido con la realidad y en donde un samurái, eso sí, español, “desface entuertos”.

El Príncipe Heredero Naruhito en su reciente visita a Coria del Río

Pero para vergüenza del que no se preocupa ni un poco de su historia, sí que hubo soldados samuráis en España y en concreto, estamos cumpliendo el IV Centenario de su presencia. Vinieron en tiempos de Felipe III, el padre del monarca en la que se ambienta (mal y torticeramente) la serie Águila Roja y protagonizaron una de las historias más sorprendentes de tal trascendencia e importancia, que el mismísimo Nahurito, Príncipe Heredero de Japón, visitó en junio de este año Coria del Río para recordar los 400 años de relación entre España y Japón, cuando los samuráis pisaron por primera vez Europa y se quedaron a vivir en ella, más en concreto, en el sur de España.

El Fraile Luis Sotelo conversando con Hasekura Tsunenaga. 
Frescos del Palacio del Quirinal, Roma

La historia arranca con una franciscano nacido en Sevilla que para 1608 tiene el permiso papal y la valentía propia del más pintado, de plantarse en Japón vía Filipinas y catequizar al pueblo nipón hasta que en 1613, los cristianos recién bautizados son perseguidos con saña hasta la muerte por los gobernadores japoneses que pretenden de un plumazo, borrar los esfuerzos catequéticos que el franciscano hispalense Luis Sotelo había realizado. No era la primera vez que la cultura occidental entraba en Japón, pero sí la primera vez que lo hacía el catolicismo y prendió en algunos nobles y guerreros del lugar, caso de Hasekura Tsunenaga, verdadero protagonista de la historia que nos ocupa.

Retrato del Samurái Hasekura Tsunenaga en 1615 como embajador ante España

Luis Sotelo había escapado de la persecución, pero quedarse en Japón era temeridad enorme. Así que aprovechando un pequeño velero que hacía escala en Filipinas, se hizo acompañar de 22 japoneses convertidos al catolicismo que constituían la primera embajada oficial nipona rumbo a Europa. Ese año 1613 partían los samuráis enviados por el Ministro de la Marina del país del sol naciente que terminarían recalando en España, arribando por vez primera a Coria del Río. Allí, Hasekura Tsunenaga era oficialmente bautizado y recibía como nombre hispano el de Felipe Francisco, presentando sus respetos a Felipe III. Los japoneses eran conscientes que mandaban una embajada ante el monarca más poderoso del mundo, que se negó a sellar los acuerdos comerciales que buscaban los japoneses pero permitió la estancia de los mismos y agasajó la legación diplomática, haciendo lo posible para que los 22 samuráis recién convertidos al catolicismo, marcharan hasta Roma para reverenciar allí al Papa.

Réplica del velero que llevó a los 22 samuráis a España

Hasekura regresó a su patria en 1620 tras haber completado una expedición pionera; basta decir que la siguiente embajada oficial japonesa a Europa no se produjo hasta dos siglos y medio después, en 1862. Cuando al fin abandonaban España en 1617, con el recelo de la Corona porque Japón seguía persiguiendo a los predicadores católicos, algunos miembros de la expedición diplomática decidieron quedarse para siempre entre nosotros. Algunos de ellos habían sido generales, la mayoría, prestigiosos guerreros samuráis que habían combatido a finales del siglo XVI contra los coreanos. Escogieron para quedarse la población hispalense de Coria del Río, donde aún hoy, más de 400 ciudadanos conservan un apellido que delata la procedencia histórica de sus antepasados: Japón.

Una vez más, España era pionera y unía el Mundo en tiempos en los que un viaje tan largo duraba un año. Un pequeño velero, el ímpetu de un fraile y la decisión de un samurái hicieron el resto. Verdaderamente, las katanas que unificaron Japón y mitificaron sus soldados se vieron por la España del Siglo XVII, pero con el acento sevillano y antes de que gobernara el Rey Planeta Felipe IV. Águila Roja no ha ido nunca desencaminada, pero en vez de contarnos con talento una historia solemne y mítica, prefirieron claudicar ante las audiencias... Cuatro siglos después, hasta el heredero del trono japonés tuvo que pisar la tierra donde sus paisanos centenarios, decidieron quedarse, cambiando el budismo zen por el catolicismo del sur de España; y doy fe que alguno de sus herederos, han hecho vibrar una corneta tras los Misterios de Semana Santa tanto que Hasekura, o Felipe Francisco, se hubiera sentido orgulloso de su proeza de la que se cumple ahora 400 años. 

2 comentarios:

Juan Pedro Lendínez Padilla dijo...

y grandes marchas que nos legó Francisco Japón...

Anónimo dijo...

Águila Roja es una serie de pura ficción y aventuras y eso te lo deja ver en el 1er capitulo.
Yo soy un apasionado de la historia y eso no me impide disfrutar de la serie. El SXVII solo es un recurso estético.
Solo hay que poner la mente en blanco, olvidar todo lo que sabes de história y meterte en una aventura.