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lunes, 11 de noviembre de 2013

Granada en Londres

Catalina no estaba llamada a grandes gestas; tenía por delante tres hermanas mayores y un varón y se antojaba complicado que algún día tuviera que asumir la responsabilidad de Gobierno de la recién nacida España, pero tal vez es eso lo que nos sorprende al conocer la esmeradísima y muy cuidada educación que recibió primero en Sevilla y luego en Granada, las dos tierras que la acogieron hasta que marchó a la Inglaterra del momento a hacerse Reina de un país desconocido. Porque la hija de los Reyes Católicos dominada el castellano, el catalán, el portugués, el flamenco, o el francés, inglés y latín. Aprendió de arte, se instruyó en la música y conoció los principios del Humanismo de figuras trascendentales en la Europa del momento. Sorprende que en el siglo XV una mujer que no estaba llamada a la gestión del Reino, tuviera una educación más sólida si cabe que infantas europeas casi 500 años después. Y de todos los que se encargaron de su formación, la figura del mítico Arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera.

Catalina llegó a Granada en 1488; primero a Santa Fe; luego, su infancia y pubertad, dentro de los Palacios de la Alhambra. Allí aprendió a querer una tierra que ayer mismo era musulmana. Allí aprendió lecciones de su madre Isabel, que había pasado los últimos 11 años de su vida empeñada en sumar a la cristiandad al trono de Granada. Y ese amor desmedido de los padres y en especial de la Reina a la ciudad de la Alhambra prendería en la joven Catalina, destinada a casarse con el heredero al trono inglés, el Príncipe de Gales. Con 15 años dejaba el oasis de paz y familiaridad que era la Alhambra para, rumbo al puerto de La Coruña, desembarcar en la que ya sería su tierra hasta la muerte.

Era en aquel 1501 uno de los políticos fundamentales de la monarquía inglesa Tomás Moro; el también escritor tenía un mal concepto de los españoles aunque al poco de conocer a Catalina, tuvo que claudicar. Las puyas hirientes que lanzaba hacia aragoneses, catalanes o castellanos de repente, se interrumpieron de esta forma: “Ah, pero la dama. Creed en mi palabra: encantó el corazón de todos…. Posee todas las cualidades que constituyen la belleza de una jovencita encantadora. En todas partes recibe las mayores alabanzas...”.

Catalina era viuda a los 16 años, prometida al otro hijo del Rey Inglés Enrique VII y desde 1509, la reina consorte y la esperanza de que la nueva dinastía, los Tudor, se perpetuara en el trono londinense. El 24 de junio de 1509, Catalina era coronada reina a la edad de 23 años, mientras que Enrique VIII, su marido, tenía 18 y una personalidad distinta radicalmente a la de la infanta española: mientras que ella era el ejemplo de la formación y la cultura, al poco refinado Enrique le preocupaba casi en exclusiva, las faldas y los secretos de las mujeres. Catalina por el contrario ejemplificaba y dignificaba la corona destinando de su presupuesto y patrimonio personal largos recursos para ayudar a las clases pobres, reforzaba la espiritualidad inglesa y pronto su popularidad desbordó a la del Rey.

Pero Catalina no cumplía con la principal tarea para la que fue mandada traer desde Granada: dar un heredero. Además, pesaba mucho la juventud de la nueva dinastía y el peligro de que la Casa Tudor perdiera el trono; Catalina había parido o abortado seis veces a lo largo de 18 años de matrimonio. Muertes prematuras o abortos cargados de dolor habían impedido el nacimiento de un heredero que diera legitimidad a los Tudor y zanjara cualquier discusión entre otras “Casas Pretendientes al Trono”. Ya pudiera Catalina recibir los elogios y cariños del pueblo, que de no parir un varón...

Heredó de sus padres una capacidad para el Gobierno fuera de dudas; su formación y educación la habían legitimado para hacerse cargo del Reino inglés, como demostró cuando su esposo le confió la regencia ante su ausencia en 1513. Lo primero que hizo Catalina fue recorrer el país y hacer que la dinastía de los Tudor fuera amada por el pueblo gracias al ejemplo austero y cercano que solía mantener con los ciudadanos ingleses. El afecto que les daba era correspondido.

Al fin, una hija. Parecía poco entre los cortesanos, pero al menos los Tudor tenían a quién dejarle la corona. La Princesa María contuvo los proyectos de Enrique, que no eran otros que legitimar sus continuas infidelidades y escarceos indecorosos para un gobernante. A cada año que pasaba, una mujer de entonces, para colmo 5 años mayor que el esposo, las posibilidades de que engendrara un varón heredero se diluían y Enrique VIII se alejaba más persiguiendo a otras mujeres. Y a Catalina no le quedó otra que hablar con su sobrino, el Emperador Carlos, para que le comunicara su desgracia al Papa y éste intermediara entre los esposos reconduciendo la actitud indecente del Rey.

Pero en 1522 aparecía Ana Bolena; ya estaba todo dicho... obsesionado por su juventud, encandilado por su belleza e interesado en las cuestiones de cama más que en las de Estado, a las que seguía atendiendo la Reina Consorte, Catalina aguantó gracias al gran apoyo popular y al que le dispensaban los Arzobispos y Obispos. Pero en 1529 se consumó lo esperado. Ya que el Papa no concedería una nulidad para la que no podía haber dispensa, fue el propio Rey Inglés el que actuó al margen de la Fe y convocó su propio tribunal, por supuesto, favorable a él. Catalina fue llamada a declarar, aprovechando a su término para dejar bien claras sus sospechas: 



Este tribunal no es imparcial conmigo. No me demoraré aquí”.



La solución quizás se le ocurriera a Enrique VIII durante una de sus noches de sexo y adulterio. Rompió con la Iglesia, creó su propia fe, se resguardó el cargo de Jefe Supremo de la Iglesia nueva (como así continúan siendo los soberanos británicos) y en 1533 se casó con Ana Bolena, que por cierto odiaba sin reparos a la única heredera, a María, hija de Enrique y Catalina. Por Londres, las coplas taberneras llamaban a Ana Bolena “la puta del rey”. Y Ana Bolena no se ocultaba ni delante del rey a la hora de decir que “haría de la Princesa María una criada de su casa”. Porque sobretodo, lo que le interesaba era dar un varón al Rey y  casar con un sirviente a María, a fin de que jamás subiera al trono.  

Si odiaba a la Princesa, a la Reina Catalina la deseaba ver muerta. La señalaba como la culpable de que los países europeos no reconocieran su boda con Enrique, así que doblegó la voluntad de su “amante” para que nuestra Catalina fuera encerrada y confinada entre cuatro muros. Catalina nunca más volvió a ver a pesar de las súplicas que le dirigió al Rey a su hija, y moría en 1536, con 50 años, encerrada y enferma de cáncer de pulmón. Días antes de su muerte, tuvo tiempo de escribirle al Rey para perdonarlo y dejarle bien claro que seguía sintiéndolo en su corazón. Cuatro meses después, Ana Bolena era decapitada y sustituida hasta en cuatro veces, tantos como los matrimonios de un Rey que jamás consiguió descendencia salvo la hija que tuvo con su verdadera esposa, la Reina Catalina.

Sigue resultando curioso que los ingleses peregrinen a la tumba de Catalina en la Catedral de Peterborough. Recordada con cariño en los libros de historia, en su tumba aparecen los emblemas que usó siempre: las granadas y las rosas. La rosa es el símbolo de la dinastía Tudor pero la granada, recordaba a la ciudad donde vivió y que fue el capricho, el empeño y el amor de sus padres; la granada representaba a la primera capital del primer Estado Moderno del Mundo. La Granada, era su vida propia y en vez de escoger las barras de Aragón por su padre, los castillos y leones del reino que hizo nacer a España o cualquier otro símbolo peninsular, representó su realeza inglesa mediante la granada de aquella lejana tierra coronada por la Alhambra, en la que vivió los años de su infancia y pubertad.

El símbolo de la Monarquía inglesa: una unión de la rosa y la granada

Pero si no bastara el escudo que se configuró tras la unión de Enrique VIII y de Catalina, si no fuese suficiente las armas personales que se ven en su tumba, nada mejor que recorrer el Palacio de Westminster, actual sede del Parlamento Inglés y donde se reúnen los que gobiernan Gran Bretaña. Allí, en la Cámara de los Lores, el medallón central bajo el que se discute el normal desenvolvimiento de Gran Bretaña, un gran medallón de madera queda rodeado por CUATRO GRANADAS. Granada simbolizaba su país de origen, el  esfuerzo de sus padres por recuperar aquel reino de los Visigodos, el logro de los Reyes Católicos, por instituir el Primer Estado Moderno del Mundo y a la ciudad donde había crecido.

Cada cuarterón de la Cámara de los Lores, tiene cuatro granadas decorativas

En los años posteriores, Ana Bolena muerta y las meretrices del Rey avejentadas, reinaba la hija de Enrique y Catalina, la Reina María. Y junto a la cruz roja de San Jorge sobre paño blanco, los barcos, los ejércitos y los escudos de armas de los ingleses, llevaban todavía, la rosa de la dinastía Tudor y la GRANADA. De manera que pocas ciudades de España pueden presumir de haber prestado su símbolo a todo un país, y un país además como Inglaterra, dejando claro la trascendencia de aquella tierra por la que con razón, Abú Abd Allah lloraba su pérdida... 

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