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sábado, 30 de noviembre de 2013

Folies Bergère

París era la capital del Mundo, cargada de la revolución del arte, preñada de vanguardias y devorada en su 9º distrito por la bohemia que vomitaba las entrañas de madrugada, a la salida de los cabarets y se dejaba el alma en lienzos y folios el resto del día. París era la luz, el espejo moderno y sensual donde se miró el Mundo durante décadas hasta que desde la otra orilla del Atlántico Nueva York impuso sus ritmos. Aún cuando el dominio neoyorkino era indiscutible, el españolito rebelde y progresista de la España de Franco suspiraba, con cada comida, por París.

El bar del cabaret Folies Bergère. Edouard Monet, 1882. 

Estamos en esa ciudad de caballetes por el Sena y por Montmartre; mejor aún, estamos a la orilla derecha del río, por las Galerías Lafayette y el imponente Teatro de la Ópera lo malo es que en la fecha que les voy a dar ni una ni otra habían comenzado y Garnier ni siquiera soñaba con el edificio que al final izó y a Monsieur Bader le faltaba aún para inaugurar el primer centro comercial de la historia. Pero estamos allí, un 30 de noviembre de hace 141 años, a empujones en la Calle Richer número 32 para ver el estreno de un edificio construido para ópera y reconvertido en sala de fiesta y cabaret, el más famoso, retratado y encumbrando de París: el Folies Bergère.

Interior del Folies Bergêre

Pinturas vivientes en el escenario, Zola y Mallarmé, Monet y Manet. Había abierto como Folies Trévise por la calle cercana pero el Duque de Trévise se quejó. Su aristocrático nombre no podía estar relacionado. Mientras decía eso, regurgitaba absenta en la acera cualquier impresionista. Así que se llamó Bergère (pastora en francés), por otra calle al lado; y nació para ser la estrella del art decó, la sala que inmortalizaran los pintores y la competencia del Moulin Rouge.

Este es el teatro, el que fue inaugurado tal día como hoy hace 141 años

El Folies puso boca abajo París, cuando Josephine Baker bailó sobre sus tablas con una falda de plátanos. Se volvió flamenco con la española La Bella Otero, rió con Charles Chaplin, se sobrecogió con la voz de Édith Piaf y simplemente, aplaudió a Frank Sinatra. En sus mesas se sentaron los que tenían algo que hacer y que decir, desde Mata Hari a Degas, de Buster Keaton a la crema y nata de la política.

Y en ese universo de intelectualidad y excesos, ningún espectáculo podía tener menos de 13 letras. Así ha sido desde 1872, hace 141 años, porque al igual que el nombre de tan emblemático lugar, sus espectáculos siempre tenían que tener, 13 letras. Hasta para reírse de la superstición popular

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