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martes, 5 de noviembre de 2013

El susto de Franco

Una Guerra de tres años, voluntarios de 23 países distintos, el apoyo militar de la poderosa Rusia Soviética, los maquis, el bloqueo económico, la flota británica cortando suministros, la opinión contraria de todo Occidente, la derrota de Italia y Alemania... Nada, a Franco no le asustó nada; a Franco parecía no poder echarlo nadie del Pardo y parecía que menos la muerte, nadie lograría (así fue, por cierto) desposeerlo de su omnímodo poder. Pero hubo un momento en que la cosa, se le puso cruda.

A Franco no le arredraba mucho que en la Conferencia de Postdam las democracias hubieran sentenciado su Régimen, y mientras quedara un Mauser dispuesto a mantener a raya la escueta y casi ínfima oposición interna, todo era soportable. Cuando a los alemanes se les pintó la cara en Stalingrado, cuando los controlaban ya el Norte de África y a los americanos les faltaba un cuarto de hora para entrar en Guerra, Franco que tenía de falangista casi tanto como de comunista, decidió cambiar el rumbo de su política. Mientras desde la Falange se bendecía como el último rasgo de honor patrio que la División Azul se dejara la vida en Rusia, desde la Jefatura de Estado se ordenó la repatriación de la División Azul, luego restringió las exportaciones a Alemania, expulsó a los espías del Tercer Reich, dejó a merced de los aliados Tánger y al final, en 1945, echó del Gobierno a falangistas sustituidos por monárquicos y católicos, que al menos disfrazaran la dictadura. Lo último fue suprimir en septiembre de 1945 el saludo hispano (mal llamado romano).

No es una figura histórica de la que sentirse orgullosa, pero hasta el más comunista de los comunistas ha de reconocer que el General gallego era listo como él solo. Para infundir y difundir una nueva imagen, desterró la guerrera falangista y las camisas azules de los retratos oficiales y de los uniformes para actos públicos, afirmaba su negativa de colaboración con el Eje y recibía y oía de muy buen agrado a los embajadores británicos, americanos y en definitiva del bando aliado. Lo único que no toleraba era “perdonar” o exculpar ni un tanto el comunismo... Rusia era el demonio; Alemania ya, también, pero menos...

Pero a Stalin el pulso le latía tan fuerte como a Franco y desde 1944 preparaba un modo de acabar con la neutralidad española, desembarcando con su poderosa armada rusa en las costas españolas e invadiendo la Península. Hacia mayo de 1944, mientras se seguía dilucidando sobre el  Desembarco de Normandía, los rusos comunicaron a las agencias secretas anglosajonas la posibilidad de tomar el continente y empezar a combatir a los nazis, desde España. A Stalin le preocupaba por igual que hubiera nazis en Francia pero también, franquistas en España. Lo único que no le producía mucha tranquilidad era la geografía española, tan escarpada y complicada y el carácter del español. Porque en efecto, el plan secreto, era derrotar a Franco y hacer de España un país satélite de la Unión Soviética. Romanos, musulmanes, los franceses de Napoleón... la historia recordaba que en España hay que pagar un alto precio para dominarla. ¡Si se llega a conseguir!  

El Desembarco de Normandía se hizo por donde su nombre indica, la guerra concluyó, Hitler se suicidó, se perseguían a los nazis responsables del mayor horror de la historia y la paz al fin, llegaba. Pero Stalin seguía rumiando la idea de invadir España y en la Conferencia de Postdam, dejó bien claro que Franco era una amenaza para las democracias (curioso y paradójico que el mayor asesino y dictador del Mundo dijera eso) y hacía falta que los aliados se plantearan tomar España. Churchill se opuso. Los americanos dijeron lo que el Primer Ministro, que había demostrado ser más que un socio y un aliado y al nuevo inquilino de la Casa Blanca, Harry Truman, Stalin le parecía un violento con permiso para matar; pero que lo hiciera en Rusia no significaba que lo tuviese que hacer en el resto de Europa.

Las noticias llegaron a El Pardo y aquel desfile de la Victoria del año 46, debía dejar claro que España iba a ser un hueso duro de roer, así que dispuesto a sacrificar a unos pocos peones por el bien de todo un país (que nadie olvide que lo que pretendía Stalin era una nueva Guerra Civil pero con el poder devastador de los americanos y los rusos bombardeando España entera) dejó en la cuneta a los falangistas, echó de carteras, embajadas y puestos de confianza a los pro-alemanes, desterró cualquier olor a fascismo, desde gestos a símbolos y organizó un 1 de Abril de 1946 lleno de cámaras de televisión extranjeras, para que lo grabaran y lo proyectaran en sus respectivos países con la imagen que quería dar al Mundo de esta nueva España: Franco abandonó la Tribuna, subió a un caballo, se puso al frente de los Ejércitos y dejó bien claro que para echarlo del poder, había que llamar a muchos tanques y bombarderos rusos y americanos. Si el Régimen tenía que reinventarse, se reinventaría. Ya había dado muestras no entrando en guerra, no aplicando ninguna norma racista, (que sí hicieron los italianos o los japoneses, por descontado Alemania) y tenía algo a favor a ojos de los americanos: su incontestable y irrefrenable anticomunismo.

Mientras en el Mundo se producían los Juicios de Núremberg, Churchill anunciaba “telón de acero” que separara la Europa Occidental de la influenciada por los comunistas, los rusos bloqueaban Berlín, Mao se apoderaba de China, estallaba la Guerra en Corea y la paloma de la paz hacía siglos que no se paseaba tranquila, Franco llevaba 20 años en paz, no había dado que hablar dentro de las políticas internacionales, los desfiles españoles eran procesiones católicas y los lemas que se repetían en los colegios eran de una religiosidad digna del beato más grande que pisaba la tierra. Se acababa de acuñar aquello de "Reserva espiritual de Occidente".


Y el susto que se pudo haber llevado España, empezando por su Caudillo, se quedó en susto... Ese día, cuando Eisenhower pisaba Madrid, el General sabía que le quedaba poder, hasta que Dios quisiera... Y tiempo tendría de ver la muerte de su mayor enemigo, la de Stalin. 

1 comentario:

juan luis dijo...

Listo, listo, no lo veo mucho cuando confió en Juan Carlos