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sábado, 2 de noviembre de 2013

El sombrerero loco

La realidad siempre supera la ficción; es demostrable. Por eso cuando Lewis Carrol escribió su inmortal obra se estaba inspirando en algo que era más que sabido y conocido. Lo mismo que si las autopsias en el siglo XVII hubieran estado algo más desarrolladas, se sabría que el gran Michelangelo Merisi, Caravaggio murió a consecuencia de su propia pintura. Fue muy próspera y muy abundante la guarnicionería o talabartería en el sur de la España de hace unos siglos. Se trata del arte de trabajar diversos artículos de cuero o guarniciones para caballerías. Y misteriosamente, los talabarteros o guarnicioneros, acababan muriendo más pronto que vecinos con otros oficios. Pues bien, a los sombrereros de Europa, hasta hace relativamente poco, les acechaba un mal inquietante: morían locos.  

Hoy día los llamamos, desórdenes neurológicos; los sombrereros de hasta bien entrado el siglo XX, lo más seguro es que acabaran sus días sufriendo demencia, viendo alucinaciones, comportándose como locos peligrosos. Estos artesanos solían realizar las estructuras de sus sombreros con fieltro. Luego, pieles, telas y tejidos acabarían por confeccionar una pieza que usaba desde el mismo Rey al más sencillo agricultor. Ellos los hacían y parecían estar poseídos por el maligno, caían enfermos de locura... pero los que usaban sus sombreros no.

Cuando el sombrero estaba entregado, a su autor, al artesano, le podía suceder un poco de todo; desde padecer úlceras dentales, sufrir diarreas, exhibir una extrema delgadez a causa de no poder masticar bien o soportar estoicamente un acuciante temblor de manos. Además, los sombrereros europeos tenían las encías de un color enfermizo, como de plomo, un repugnante gris que solía acompañarse de alteraciones del carácter que primero asustaban a sus propias familias y luego al resto del vecindario: depresión, llanto imprevisto, pérdida de memoria, insomnio, delirios, alucinaciones, psicosis maniaco-depresiva... o a lo menos, bendición del Cielo, tenían un carácter irritable.

Lo que nadie había estudiado todavía era el uso de mercurio  para limpiar el fieltro de los sombreros. Con esto, evitaban que se apolillase la estructura, el alma de la pieza. El mercurio servía de poderoso antiséptico pero también era inhalado durante días y días y así, a lo largo de toda una vida de trabajo, por el sencillo y hacendoso artesano. El sombrerero, poco a poco, estaba  intoxicándose por lo que la medicina llama eretismo mercurial, como le pasaba al Sombrerero Loco que Lewis Carroll detalla en su “Alicia en el país de las maravillas”.

Imagen de 1894 de Theophilus Carter, el verdadero sombrerero loco

Pero lo cierto es que Carroll se fijó no en un sombrerero, sino en un un agente inmobiliario que vivía cerca de Oxford y que se distinguía por un atuendo excéntrico en el que no faltaba un alto sombrero de copa. Se llamaba Theophilus Carter y como muestra de su carácter “fuera de lo normal”, ideó un despertador que sacaba a su dueño de la cama literalmente, lo que le sirvió a Carroll para inventar la inclinación de la cama de su cuento y la obsesión del sombrerero por el tiempo...


Pero por qué entonces un sombrerero cuando se inspiró realmente en un agente inmobiliario... Pues porque en aquellas fechas, los primeros estudios médicos ya revelaban que los artesanos de sombreros estaban expuestos al eretismo mercurial, a enfermar de locura por culpa de la intoxicación o exposición prolongada al mercurio. El mismo que intentaban nuestros padres, sobretodo abuelos, introducirnos en boca o axilas para medirnos la fiebre... Así están algunos, casi todos en primera línea política. 

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