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martes, 12 de noviembre de 2013

El Rey del Timo

En el neoyorkino barrio de Brooklyn iba a nacer en 1890 el hombre que tuvo en jaque a los servicios de inteligencia de no pocos países y el mayor timador, ocurrente como pocos, posiblemente de todos los tiempos. Se llamaba Stanley Jacob Weyman y sobresalía como estudiante, pero su familia no podía costearle la Universidad, de manera que nuestro hombre tuvo claro que si los estudios superiores no le granjeaban una posición social destacada, se la buscaría de todas formas. Y así fue como un buen día, decidió cambiar su nombre para ser desde entonces Stanley Clifford Weyman, con apellidos propios de la élite del momento y de los que esperaba la distinción que siempre quiso tener.

En 1910 tuvo su primer encuentro con la ley. A la tierna edad de 20 años, se había hecho pasar por el Cónsul de Marruecos con una credencial falsa, para cenar gratis en un carísimo restaurante de Nueva York. Aquello no acabó del todo mal e inauguraría una práctica particular que llevó al impostor a hacerse pasar por el Cónsul rumano, aunque en esta ocasión nada menos que ante el Departamento Naval de la U.S. Army; no fue jamás descubierto y aquel 1915, Stanley visitaba el Acorazado USS Wyoming "en nombre de la Reina de Rumania". Durante la cena de gala, una vez terminada la visita al nuevo buque, Stanley ocupaba un lugar privilegiado en los salones de celebración del prestigioso restaurante Waldorf Astoria. Desde la Embajada de Rumanía, alguien alertó que aquel hombre era un impostor y cuando se proponía la policía de Nueva York a detenerlo, la tripulación del barco lo impidió, porque le habían cogido un afecto enorme al timador. Lo que más sorprende es que el don natural de Stanley hizo que los comensales intercedieran por él ante los agentes, repitiendo que “no lo arrestaran hasta que se sirviera el postre". Por esta suplantación de identidad además de sus antecedentes, fue condenado a un año de prisión.

No sabemos si cumplió toda la condena pero sí que no le sirvió de escarmiento, porque en 1917 se las veía de nuevo en un Tribunal cuando lo sorprendieron en la intendencia militar de Nueva York inspeccionando las dependencias aeronáuticas, haciéndose pasar como Teniente del Ejército. Alguna que otra escena de este tipo cometería hasta que entendió que la justicia estadounidense terminaría firmando una reclusión enorme si lo cazaba de nuevo, por lo que puso pies en polvorosa y se marchó a Perú. Está claro que en su nuevo destino no iba a cambiar sus hábitos, entregado a la estafa y la mentira, por lo que nada más llegar al país andino, se hizo pasar por el jefe médico de una compañía constructora norteamericana, aprovechando su falso estatus para vivir de fiesta en fiesta, con recepciones, banquetes, alto nivel de vida e incluso fiestas privadas que él mismo organizaba en la lujosa villa que la compañía le pagaba.

Stanley acompañando a la Princesa Afgana

Un buen día se enteraba de la noticia de que la Princesa Fátima de Afganistán se encontraba en una visita no oficial en los Estados Unidos, así que urdió la mejor de sus imposturas para encandilar a la hija de Habibullah Khan, el primer afgano en usar el título de rey. Así que se enteró de por dónde andaría la Princiesa y se presentó ante ella vestido con un impresionante traje de Teniente Coronel, ofreciéndose para conseguirle una entrevista con el entonces Presidente Harding en la mismísima Casa Blanca. Su charlatanería, su encanto natural y su capacidad para entablar amistad con facilidad hicieron el resto. La princesa no dudó en entregarle 10.000 dólares si le servía de relación y le procuraba una entrevista con el presidente estadounidense, habida cuenta que su padre necesitaba la confirmación como rey de países poderosos.

Pero si alguien pensaba que Stanley era un simple timador, anda lejos de la verdad; con esa suma de dinero alquiló un ferrocarril, llevó a la Princesa hasta Washington, consiguió verse con el Secretario de Estado Charles Evans Hughes y al no conseguir que lo recibiera el Presidente y ya cuando la seguridad de la Casa Blanca estaba a punto de detenerlo, el mandatario americano se percató de su presencia, permitió que se le acercara y acabó convencido. La Princesa se reunía con el Presidente de los Estados Unidos, y aún más, era invitada junto al falso Teniente Coronel a una cena de lujo con baile posterior donde Stanley hizo poderosos contactos

Junto a Pola Negri, detrás del ataud de Rodolfo Valentino

En 1926 moría un icono del cine, la mayor estrella del momento, el sex symbol masculino por excelencia: Rodolfo Valentino. Lo que nadie comprendía era qué hacía un desconocido al lado de Pola Negri. La actriz se empeñó en caminar detrás del féretro de Valentino como si fuera su viuda, aludiendo que era su prometida y que habían hecho planes de boda, algo que no constaba a nadie; pero menos todavía, que fuera acompañada de un completo desconocido para la familia del actor, que no era otro que Stanley “Cliford” Weyman, que durante el camino iba contándole a la guapísima Pola Negri que había sido el médico personal y amigo de toda la vida de Rodolfo, llegando a recetarle incluso algunos sedantes y recibiendo a la prensa además de las condolencias de los curiosos.

Pero aquello le dio una fama que él perseguía pero que no le “venía bien a su negocio de la estafa”. Por la prensa, lo conocían, incluso dividió a la opinión pública entre detractores y aquellos que lo defendían como entrañable criminal que no hacía mal a nadie. Cuidándose muy mucho de ser descubierto, ejerció como abogado sin saber de leyes, fue conferenciante cobrando astronómicas sumas gracias a la falsedad de los documentos que entregaban en Yale o Harvard y trabajó como locutor en una emisora de radio, que le valió el ofrecimiento por parte del Embajador de Tailandia, como jefe de prensa ante las Naciones Unidas.


La última vez que se supo de él fue en 1960; contaba con 70 años y murió en un atraco perpetrado en un Motel de Nueva York, donde él trabajaba como portero en el turno de noche. Poca cosa para el que había vivido con ínfulas sobradas, entre Presidentes, gobernadores, diplomáticos, actrices y miembros de la realeza. Había sido agregado militar de Serbia en Washington, especialista en protocolos del Departamento de Estado y en definitiva, un pillo con gracia, con ingenio y con soltura. Un caradura que nunca se resistió a ser lo que era o simplemente, el mayor estafador de todos los tiempos que repetía una frase continuamente: “la vida de un hombre es muy aburrida. Yo viví varias vidas y por eso nunca me aburrí”. 

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