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sábado, 16 de noviembre de 2013

Corrupción en España

La única manera de valorar algo es sabiendo lo que cuesta alcanzarlo. Quizás por eso los que han ostentado el poder a lo largo de la historia de la humanidad cayeron un día en las depravadas garras de la ambición. Desde la satrapía de hace 3.000 años los dirigentes pueden ser resumidos con la frase pronunciada por el historiador católico Lord Acton: “El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. En España llevamos unas décadas ignominiosas, pero por desgracia en el ADN de la sociedad ibérica, cuando alguien ha ostentado un cargo de responsabilidad ha sido tentado por el demonio de la codicia; sonados han sido los valimientos del Duque de Lerma con Felipe III y el de su hijo, el Conde Duque de Olivares, reinando Felipe IV. Ejemplos perfectos de qué es una máquina de hacer dinero y de buscar sólo el interés personal.

Hoy, toca hablar de un periodo histórico más cercano, por aquello de no juzgar la historia con tanta diferencia de siglos, sino en una época que han vivido un buen puñado de españoles que todavía siguen vivos. He escogido la II República y en concreto, la denuncia que hizo mediante una conferencia pública, un abogado del Estado. Expuso sus investigaciones en 1933, en el Ateneo de Madrid, titulando la misma “Inmoralidad política”. Tiempo tuvo después de publicar un libro con nuevos datos que recopiló y que bautizó como “Oligarquía y enchufismos”. Lo que venía a denunciar sigue de rabiosa actualidad 80 años después, demostrando que no hemos aprendido nada, que ninguna crisis, ni siquiera una guerra, es capaz de reformar la conducta ambiciosa del ciudadano y que si la clase política es mala, conviene que recordemos que ésta no es más que un reflejo de la sociedad...

El Coche oficial del Gobierno de la II República Española. 
Muy obrero y socialista.

En la conferencia, se ponían de manifiesto derroches intolerables. En 1932 el Gobierno de la II República había gastado en coches oficiales 11.295.000 pesetas. Las cuentas, dadas un 28 de diciembre de 1932, daban a conocer la adquisición de 31 Chrysler, con un coste total de 950.000 pesetas, de ellos 8 del modelo Imperial, con motor de ocho cilindros a lo que se añadía el inaudito lujo de la época: radio incorporada, que aumentaba el precio del modelo en la nada desdeñable cifra de 70.000 pesetas de la época, valorándose al cambio de hoy, en 121.500 € cada uno.

El diputado José María Gil-Robles, en nombre de la Coalición de Derechas, elevaba las pertinentes preguntas en una sesión de control. Comparecía el Ministro de Hacienda, que ejerció su cargo de 1931 a 1933, elegido por ERC (izquierda republicana de Cataluña). Jaime Carner Romeu explicaba que a la llegada al poder había 58 coches oficiales en Madrid y no se cohibía en explicar que ahora el número ascendía a 741, con una plantilla de 760 conductores, un gasto de gasolina de 3.000 litros diarios y un presupuesto que superaba por ejemplo, la partida aplicada para la reforma agraria.

El periodista del diario ABC Julio Camba, resumió el despropósito de los derroches de sus señorías republicanas de esta forma: "…una cosa es tener automóvil cuando se es ministro, y otra cosa es hacerse ministro para tener un automóvil. El automóvil de los ministros debe ser un instrumento de trabajo, [...] un señor cuyo programa político se reduce a pasear a la familia dentro del coche oficial.

Luego, a la II República le estalló “El escándalo del estraperlo”,  “El asunto Nombela”,  “La Comisión de Compras de París” y la “CAMPSA”. Los muy obreros y socialistas Indalecio Prieto, Juan Negrín y varios de sus hijos  estuvieron implicados en estos casos de corrupción y el anarquista Diego Abad de Santillán decía públicamente que: "Si el Gobierno Negrín hubiese tenido que responder de su gestión política, económica y financiera habría tenido que terminar ante el pelotón de fusilamiento". Por su parte, Largo Caballero no ahorró críticas a la progresía política (que él también representaba): "El señor Negrín, sistemáticamente, se ha negado siempre a dar cuenta de su gestión, (…) de hecho, el Estado se ha convertido en monedero falso. ¿Será por esto y por otras cosas por lo que Negrín se niega a enterar a nadie de la situación económica?


La mejor manera para resumir todo esto es con una frase españolísima y castiza, uno de nuestros dichos más populares: “de aquellos barros, estos lodos” 

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