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jueves, 24 de octubre de 2013

Timando a los nazis

Ayer os dejé las curiosidades y sorpresas que envolvieron el “robo más grande jamás contado” pero hoy contraataco con un sorprendente hecho que tardó años en esclarecerse y que devolvió en parte, el mal que los nacionalsocialistas alemanes hicieron. Ni en la mejor película de aventuras, ni los guionistas de la saga de Indiana Jones, menos acaso en las novelas de ficción, pudo jamás soñarse con cuanto escondía la mina de Kaiseroda. Y sin embargo, después de ver miles de millones en oro, plata, moneda, piedras y obras de arte, a los expertos americanos lo que más les llamó la atención fue un cuadro...

Un lienzo muy parecido al arte de Vermeer representaba la escena evangélica de la “mujer adúltera”. El estilo recordaba al del prestigioso pintor barroco, la placa sobre el marco indicaba que en efecto era suyo pero sin embargo, era la primera vez que se tenía constancia de esta obra, desconocida para cualquier especialista y sobre todo, vista por vez primera. Como quiera que la cosa no les terminó de encajar a los americanos, decidieron formar un comité de expertos que autentificaran el cuadro. Meses después de practicar todo tipo de pruebas, tanto el material, la técnica como la antigüedad que acumulaba el lienzo, no dejaban lugar a dudas: era un auténtico Johannes Vermeer.

Nadie había oído hablar del cuadro, lo que llevó a pensar que se trataba de uno de los miles de robos a particulares propiciados por los nazis. Una buena temporada revolviendo los archivos alemanes empezó a dar sus frutos. Alguien había pagado hacia 1940, la impresionante cantidad de 850.000 dólares en Holanda, para que el cuadro formara parte del ansiado Museo de Hitler que se iba a erigir en Linz, su ciudad natal. La división americana encargada de catalogar todo lo hallado siguió investigando y al cabo de las semanas, se quedó estupefacta: nada menos que el mismísimo Hermann Göring, lugarteniente de Hitler, era el comprador de esta obra.

Autorretrato de Han van Meegeren

Ya sólo faltaba descubrir quién le había vendido un cuadro como este; su calidad era tan alta que se sospechó desde un primer momento que nadie hubiera dado señal alguna del cuadro. Su factura y conservación, manifiestas, lo suficientemente altas como para que la obra hubiese sido robada de alguna Iglesia y por supuesto, interesaba preguntar todas estas cosas al anónimo vendedor. El dato fue estrechándose hasta que se descubría el lugar de la venta, Holanda y el vendedor: un pintor sin fama ni nombre, pero que vivía con un nivel de vida holgado, sobrado y envidiable, que desde luego no pudo justificar. Se trataba del ciudadano holandés Han van Meegeren, del que pronto se pensó que había sido un colaboracionista nazi.

Su detención no se hizo esperar. Acusado de colaboración, traición a la patria y robo y tráfico de obras de arte, a van Meegeren sólo le podía esperar la condena a muerte. Había sido un ladrón, un colaborador, se había aprovechado del sufrimiento de su pueblo, cometido la deslealtad de robar a su país para ayudar a los nazis y todo ello, dejándole una suculentas ganancias que no tenía el reparo de ocultar.

El juicio no se hizo esperar; el acusado cayó en contradicciones, aquello no tenía pies ni cabeza y el tribunal estaba a punto de fallar en su contra. Le esperaba la horca, por lo que Han decidió contar la verdad: él mismo había pintado el cuadro. Era un estafador, un falsificador, un perfecto copista que había tenido la suerte de engañar a los nazis. No una, 6 VECES. Obviamente, su defensa no fue tenida como verdadera. El nudo de la cuerda con la que iba a ser ahorcado, pendía ya debajo del tribunal de justicia.

A Han van Meegeren sólo le quedó una salida: demostrar en directo que era capaz de hacer un cuadro tan perfecto que ni los mejores expertos pudieran averiguar si se trataba de un Vermeer original o no. Lo primero que hizo fue explicar su técnica. Se recorría las tiendas de Ámsterdam y compraba cuadros antiguos pero de escaso valor artístico. Le interesaba cualquier tela, cualquier lienzo del siglo XVII, especialmente coetáneo a los grandes pintores holandeses del barroco. Sus estudios lo habían capacitado para reproducir fielmente la técnica de Vermeer, hasta el punto de hacer los cuadros con los mismos materiales, las mismas herramientas y de la misma forma que se hizo en su día. Utilizaba pinceles de pelo de tejón., pigmentos naturales y aceites hechos por él. El color azul salía de un trabajo de chinos con el lapislázuli, al que hacía traer desde Inglaterra.

Los óleos llevaban la fórmula del barroco, los tonos de la época y el mismo proceso que pudo haber hecho Rembrandt o Vermeer. Cuando ya había pintado la obra, sobre una tela del siglo XVII a la que hacía desaparecer la pintura original y con este proceso comentado, secaba el conjunto con formaldehido, lo horneaba a 120 grados para que se endureciera la pintura y tuviera aspecto vetusto y luego enrollaba la tela para que se abriera el sustrato pictórico y aparecieran en la superficie del cuadro grietas, como si en efecto tuviera más de 300 años. El engaño era tan perfecto (materiales, técnicas y procesos de envejecimiento) que la mayoría creía estar frente a un cuadro del barroco.

Para colmo, Han van Meegeren era un verdadero artista capaz de reproducir a la perfección el estilo de Vermeer. Y lo demostró de julio a diciembre de 1945, ante el tribunal, frente a periodistas, expertos del arte y fiscales. Estaba reproduciendo el famoso cuadro de Vermeer, “Cristo joven en el Templo”.

Expertos que no estuvieron delante  de Han mientras intentaba demostrar su inocencia, pasaron luego a comprobar la obra. Microscopios, lupas, pruebas químicas y teorías artísticas determinaron que  se trataba de un cuadro con 300 años, del barroco, muy probablemente por el estilo, del afamado Johannes Vermeer. Los jueces no podían creer lo que veían. En el último día, uno de los asistentes, el propio General Patton, quedó estupefacto. En efecto, ese hombre decía la verdad... HABÍA ENGAÑADO A LOS NAZIS. Pero si bien no traficó con arte, no robó patrimonio, no traicionó a la patria, sí es cierto que colaboró, con el objeto de sacar una sustancial cantidad de dinero, con los nazis. Así que el 12 de noviembre de 1947 fue condenado a un año de prisión,

Los periódicos holandeses cambiaron su parecer. Los titulares del último año y medio habían sido feroces. De repente, Han dejaba de ser el traidor para convertirse en una especie de héroe nacional que había sido capaz de timar a los nazis, de engañar en su cara a Göering y de lucrarse a costa de los asesinos del Tercer Reich. Era una burla moral, una patada ética. Poco a poco salieron a la luz sus falsificaciones; en 1937 había  “Los discípulos de Emaús”, había formado parte de una exposición nacional sobre pintura holandesa y en Rotterdam, fue aclamada como “la mejor obra de Vermeer”. El problema es que el pintor barroco no la hizo, sino el bueno de Han, que iba indicando los museos, colecciones privadas e Iglesias que creían tener un Franz Hals, un  Rembrandt o un Vermeer y sólo tenían un cuadro pintado hacía dos años.


El 30 de diciembre de 1947 iba a ser conducido a prisión para cumplir su año de cárcel. Era una leyenda, un valiente, casi un soldado. A fin de cuentas había humillado a la cúpula nazi. Pero en medio de toda una conmoción social para que no fuera a la cárcel, sufrió una crisis cardiaca y murió. No, no piso la cárcel y hoy día lo seguimos recordando por su hazaña: timar a los nazis y devolverles un poquito de lo que habían hecho expoliando el arte europeo

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