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martes, 1 de octubre de 2013

Seguridad Vial

O, ¿Quién inventó las aceras?

Algunas innovaciones que a lo largo de la historia ha patentado el hombre nos parecen insustanciales a estas alturas de la vida. Bien porque cuentan con siglos a sus espaldas y se han convertido ya en algo tan natural como anodino, bien porque no somos capaces de darnos cuenta de su importancia. Algo así ocurre con las aceras, que como tantas otras cosas fueron un regalo del pueblo romano y su sagacidad para ordenar y regular el día a día de los ciudadanos. En el instante en que nacieron las calles, el pueblo de Roma dejó estas “avenidas empedradas” para caballos y carruajes, mientras que los peatones se veían obligados a ceder el paso.

Con cada día de lluvia o ante la acumulación de agua en la calzada, los caminos y arterias de las ciudades romanas se encharcaban y los peatones acababan enfangados, manchándose sus vestiduras y en el peor de los casos, con los pies hundidos en los restos y desperdicios acumulados en la calle. Y fue hace 2.400 años cuando las viejas calzadas, poco más que senderos que conducían a Roma desde las distintas ciudades del Lacio, comenzaron a construirse según un diseño efectivo, un programa de expansión y mediante un complejo de construcción que haría de ellas obras sólidas, permanentes y mejores para soportar diferentes tipos de tráfico.

Con piedras de distintos tamaños nacieron los cimientos, en las rutas más importantes, se colocaba un firme de adoquines, luego se añadían eficaces de sistemas de desagüe, gracias a la curvatura de las calles hacia las orillas; la Vía Apia empezó a construirse alrededor del 312 a.C., la vía Faminia hacia el 220 a.C. A la vuelta de unos años, el Imperio Romano había ejecutado 80.000 kilómetros y pavimentado las calles de las principales ciudades. Según la ley romana toda persona tenía derecho a usar las calzadas, pero los responsables del mantenimiento eran los habitantes del distrito por el que pasaba. Existían las Itinera: calles del centro de la ciudad donde sólo se puede circular a pie. Las Actus: calles con acceso a carros y las Viae: calles y caminos donde dos carros pueden cruzarse sin tocarse. Pronto, por las colinas del Palatino, del Capitolino o del Quirinal, calles pavimentadas ocuparon 280 hectáreas.

Y de golpe, la oscuridad, el momento más infeliz de la Humanidad, el retorno a la negrura que supuso la Edad Media. La Caída del Imperio, las invasiones bárbaras y la involución cultural de Europa dejó las calles de las ciudades cubiertas de tierra, desperdicios  e insalubridad. La fabulosa invención romana, tan sencilla y que consistía en la creación de una avenida lateral más alta que la avenida principal para que el nivel del agua no molestara a los viandantes, impedía que éstos se llenaran de suciedad y conseguía que pudieran caminar más cómodamente sin necesidad de ceder el paso, se perdió por el abandono, la falta de inversiones y la torpeza de un medievalismo grotesco.

Y así hubo que esperar hasta la figura del que recuperó el acerado, del primer “urbanista” que volvió sus ojos a la gran cultura clásica y nos volvió a enseñar las normas básicas de la ciudad. Estamos hablando del Papa Bonifacio VIII el precursor, el revulsivo, el padre del acerado, la calzada y las señales viarias, que accede a la Silla de Pedro en medio de convulsas relaciones con los soberanos de los estados italianos, enfrentado a los reyes de media Europa y las arcas de Roma tiritando. Así que se le ocurriría en el año 1300, promulgar el primer Año Santo de la Historia, encomendando a todos los cristianos que se hicieran por un tiempo, peregrinos camino de Roma, para que al visitar la Basílica de San Pedro, obtuvieran una indulgencia plenaria.

Con más de setecientos años de distancia, aquello no dejó de ser la más grande y primera de las operaciones rentables de la Iglesia, la más sorprendente promoción turística de Roma, que fue visitada a lo largo del año 1300 por más de 200.000 personas se agolparon en las calles cercanas a la plaza de San Pedro impidiendo el paso de los carruajes, lo que ocasionó numerosos incidentes. Para poner orden en medio de aquel caos, el Papa ordenó que marcasen con líneas blancas la parte central de las calles para que de un lado cruzasen los carruajes y del otro los peatones.


Acababa de nacer la acera como la conocemos. No sólo para el uso que la Roma de la Antigüedad le dio: impedir desagradables sorpresas a los viandantes y favorecer su caminar, sino para proteger al peatón ante la marcha de carros, caballos y carruajes que producían atropellos y sustos en esa masa devota y ferviente que inauguró el Primer Año Santo de la Historia. Así que aunque le pese a muchos, entre la Cultura Clásica y la Iglesia Católica, se ha forjado la sociedad occidental. Y gracias a un Papa, nació nada menos que la Ley de Seguridad Vial, las normas del tráfico y el urbanismo moderno

1 comentario:

Anónimo dijo...

. COMO DESARROLLAR INTELIGENCIA ESPIRITUAL
EN LA CONDUCCION DIARIA

Cada señalización luminosa es un acto de conciencia

Ejemplo:

Ceder el paso a un peatón.

Ceder el paso a un vehículo en su incorporación.

Poner un intermitente

Cada vez que cedes el paso a un peatón

o persona en la conducción estas haciendo un acto de conciencia.


Imagina los que te pierdes en cada trayecto del día.


Trabaja tu inteligencia para desarrollar conciencia.


Atentamente:
Joaquin Gorreta 55 años