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miércoles, 2 de octubre de 2013

Las primeras Olimpiadas en España

Sin duda que muchos han puesto a funcionar los almacenes de su memoria y los han remitido al año 1992, la única vez que España organizó (y camino va de ser la única vez) los Juegos Olímpicos. Los más duchos en historia pensarán que España lo había intentado desde 1924, cuando Barcelona se postuló como sede y organizadora de los que a la postre serían los Juegos de París. Hasta conseguirlo, fueron 4 intentonas de la Ciudad Condal, las mismas que lleva Madrid. Las de la Capital del Reino se iniciaron en un 1965 donde poco importaba si concedían o no el mérito de ser la sede del Olimpismo. Era entonces alcalde madrileño el que terminaría siendo Presidente del Gobierno, conocido y reconocido por anunciar, en el blanco y negro de la tele de entonces, aquello de “Españoles, Franco ha muerto”.

A Carlos Arias Navarro la idea de albergar unos juegos no lo volvió desde luego taramba. Ni siquiera llegó a  presentarse en la ceremonia de elección que se celebraba en Roma. La candidatura española, aquel 1965, se componía de varias fotos, especialmente del Retiro y de un poema que había compuesto José María Pemán. Con tanta discreción como austeridad, sin embargo Madrid quedó segunda, superada por Múnich, que al final organizaría los Juegos de 1972. A lo mejor no hace falta tanto gasto a cargo del erario público para cosechar peores resultados, ¿no creen?

El caso es que Los Juegos de la XI Olimpiada se iban a celebrar en 1936 en Berlín y casi cuatro años de régimen nazi habían dejado sobradamente la idea de por dónde iba a respirar Alemania con Hitler en el país.  Varios países coincidieron en dejar plantado a Berlín boicoteando así a la política racista del Canciller alemán, a pesar de que a última hora, Hitler tragó litros de quina y aceite de ricino y permitió que participara, incluso, algún deportista de origen judío. Todo lo que hiciera falta para evitar el boicot y que el verdadero sentido de la organización de los Juegos, los de 1936 y todos los demás, se consiguiera: prestigio, imagen y rentabilidad económica. Pero España, entonces republicana, amadrinada por Rusia y al servicio de la Internacional Comunista, fue firme y decidió no presentarse en Berlín.

Años antes, el comunismo internacional había inventado las “Olimpiadas Obreras”. Tuvieron lugar las primeras en julio de 1925, en Fráncfort y llegaron a vivir hasta cinco convocatorias. El ideal de estas pseudo olimpiadas, más propagandísticas y políticas que otra cosa, no era otro que promover el deporte entre los trabajadores, no agrupar a los equipos por naciones sino por oficios y suprimir himnos a favor del único que consideraban oportuno: la Internacional. Está claro que la única bandera que ondeaba en los Estadios era una roja, símbolo del movimiento obrero y socialista.

Esto le dio una idea a nuestro ruinoso y extraño Gobierno Republicano que pretendió hacerle sombra a los Juegos organizando unas Olimpiadas... ¡Cómo lo oyen! Sin el refrendo oficial, claro, pero a la postre, convertidas en las PRIMERAS OLIMPIADAS CELEBRADAS EN ESPAÑA. Un Comité organizador daba a conocer la fecha: del 19 al 26 de julio. Usando la mayor parte de las obras, mejoras e infraestructuras de la Exposición Internacional de 1929, el Estadio de Montjuïc sería la gran sede de las competiciones deportivas.

El año de 1936 fue de una difusión y propaganda frenéticas. A la par que unas competiciones deportivas, iban a ser un compendio de actos culturales como por ejemplo el aplaudido festival internacional de folclore. Pero lo más novedoso fueron los equipos participantes. Porque nuestra II República, dechado de progresía, hizo especial hincapié en que participaran los territorios que llevaban tiempo queriendo independizarse, de manera que concurrieron Alsacia, Cataluña, Galicia, Protectorado francés de Marruecos, el Protectorado español y entre los países auténticos, Estados Unidos, Francia y Holanda. Huelga decir que Alemania no envió a ningún deportista.


Barcelona lucía espléndida. Una cita deportivo/folclórica con atletas políticos en busca de su propio parlamento. Era ya el 18 de julio, una orquesta estaba ensayando la música de la ceremonia inaugural, sonaba bajo la dirección de Pablo Casal la 9ª Sinfonía de Beethoven y de repente, la noticia: las tropas españolas al mando del General Francisco Franco, se habían alzado contra un Gobierno capaz de gastarse el dinero de todos en tamaña MIERDA. A lo que yo apunto: “dicen que las modas vuelven”. La independentista catalana es la misma que la de 1931. ¿Y la militar? Ahí lo dejo. 

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