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domingo, 13 de octubre de 2013

Gigantes en España

Miguel Joaquín Eleizegui nació en el pueblo guipuzcoano de Alzo, en 1818. Llamado el Gigante Español, no es posible que nadie pueda decir que no lo fue, con sus 242 centímetros de altura; se ganaba la vida, a sus 28 años, “exponiéndose en ferias” y viajando por Europa a cambio de que los curiosos pagaran las monedas que servirían para su sustento. Escribía a la Reina Isabel II hace justo ahora 160 años, pidiéndole que lo eximiera de pagar el 10 % de los ingresos que conseguía vendiendo su imagen, explotando su sobrenatural dimensión, trabajando por tanto, como “circense a renta”.

Joaquín medía 2,42 metros. Sus guantes, 34 centímetros de largo; su pie, 39, el equivalente a la talla 54. Cuando mejor le fueron las cosas en esa España de guerras intestinas, alcanzó los 200 kilos de peso y su negocio, consistente en “auto-exhibirse” tuvo que ser rentable. Cobraba un real a los que querían verlo, pero hacía una generosa rebaja a soldados y niños de un 50 %. Además de grande, descomunalmente grande, como ningún otro español lo ha sido hasta ahora, Joaquín Eleizegui era avispado y suspicaz. Se denominaba a sí mismo “aborto de la naturaleza”. El 12 de octubre de 1853 tuvo que montar una revolución cuando en la Fiesta del Pilar, se exhibió cerca de la Basílica de la Virgen y tuvo que ser escoltado por las fuerzas del orden público ante la curiosidad que despertó.

Viajó con cierta frecuencia a Inglaterra donde las sociedades científicas convocaban “reuniones” de gigantes. Fue allí donde una mujer de tamaño igualmente descomunal, le propuso matrimonio. No debía ser muy dado a los placeres hogareños el GIGANTE ESPAÑOL, porque le espetó a su padre: “Nos vamos a Alzo ahora mismo” y en efecto, murió soltero a los 43 años, dejando casi 50.000 reales de patrimonio, gracias entre otras cosas, a su capacidad para explotar lo que la naturaleza con tantísima generosidad le había regalado, pues frecuentó a la Reina Isabel II de España, al monarca Luis Felipe de Francia o la Reina Victoria de Inglaterra. Fue enterrado en el cementerio de la localidad de Alzo, pero el esqueleto del Gigante fue robado con destino a un Museo de Inglaterra.

El otro Hércules español fue Agustín Luengo, nacido en la localidad pacense de Puebla de Alcocer. Un extremeño del que se reía todo el pueblo. Había nacido en 1826 y con menos de 14 años, su padre lo vendió por 70 reales, dos hogazas de pan blanco, media arroba de arroz, miel del Alentejo, una garrafa de aguardiente, dos paletas de jamón y un daguerrotipo de los que hacían en la feria. Lo compró para rentabilizarlo en ferias y circos un portugués aficionado a incluir en sus espectáculos todo tipo de “prodigios de naturaleza”. Y el bueno de Agustín lo era. Todavía hoy sigue siendo el segundo español más alto de la historia de nuestra Patria. Y además, el trato cerrado por su padre le permitiría alejarse de su Badajoz natal que tanto se había reído de él. Pero sobre todo, lo que nuestro gigante deseaba con todas sus fuerzas, era llegar a enamorarse...

El portugués lo exhibía como Dios lo trajo al Mundo. Al parecer, las jovencitas de los pueblos por los que Agustín Luengo pasaba, se quedaban sorprendidas de sus 2,35 metros de altura, pero de su “miembro viril”, que al parecer no estaba en consonancia con su gigantesca altitud. Su vida cambiaría radicalmente el día que conoció a Pedro González Velasco, fundador del Museo Nacional de Antropología, en la madrileña plaza de Atocha. Ya era catedrático de anatomía en la Universidad de Madrid y el día en que el portugués, dueño legítimo de la “imagen de Agustín” exponía su “sobrenatural trabajador” al rey Alfonso XII en el Palacio Real, el doctor González Velasco entendió que Agustín estaba llamado a convertirse en el fundamento y sustento de su futuro museo. Así que decidió comprarlo, tal y como suena.  .

El trato que acordaron nos sorprendería hoy día. Habló con Agustín y le explicó que si bien “pertenecía” al circense portugués, después de muerto no era más de que la tierra; así que él le ofrecía 3.000 pesetas (una pequeña fortuna para el año 1874) que serían satisfechas tal que así: 1.500 pesetas en mano y el resto faltante, le serían pagadas a razón de 2,5 pesetas diarias que el buenazo de Agustín Luengo tenía que recoger en casa del médico cada día de los que le faltaran. Unos 600 días, menos de dos años. Era poco confiado el galeno en la salud del gigante, aunque generoso en el pago, pues un obrero de entonces cobraba al día una peseta. Luengo no fue capaz de entender el pacto: simplemente se frotó sus manazas con un sueldo que era casi el triple al de la media y con 1.500 pesetas ya en su bolsillo; pero nadie le explicó que sufría “acromegalia”. No dejaría de crecer hasta que su cuerpo dijera basta. Y para eso, no había que esperar mucho.

Agustín Luengo consiguió romper el contrato con el circo que le había dado fama. ¡Pero también lo había denigrado! Obligado a permanecer oculto allá donde pararan para no estropear la sorpresa ni el impacto que debía producir en el público, para colmo seguía sin encontrar ese amor con el que soñaba desde joven. Y éste se le apareció un día de su nueva vida en el Madrid romántico de Alfonso XII, entre los cortinajes andrajosos de un burdel y en brazos de una prostituta que oyó dinero sonando en los bolsillos de ese gigante y le devolvió un poco de placer y mucho de engaño. Y así, hizo acto de presencia una tuberculosis ósea que le obligaba a tomar medicamentos alucinógenos por los que generó una dependencia asombrosa. Un adicto que perdía la cabeza, entre gritos de dolor y de drogadicción; un gigante de 2,35 de altura que provocaba escándalos públicos tales como fornicar en mitad de la calle.


Y un día, sin conocer el amor, murió. Algunos apuntan a que tenía 28 años, pero entonces nunca pudo ser conocido por el Rey Alfonso XII, a menos que no naciera en 1826. Cuando le dieron el aviso al doctor Velasco, el gigante extremeño llevaba horas tirado sobre las aceras de Madrid. El deseo de Pedro González Velasco era embalsamarlo, pero ya era imposible. Así que le fue retirando kilos de órganos, la piel y todo lo que se descomponía a pasos agigantados y metió el esqueleto de Agustín en la vitrina donde continua aún hoy. Fue el segundo hombre más alto de España. Lo sigue siendo; unas manos de 40 centímetros capaces de sostener una hogaza de pan de un kilo de peso; un pie equivalente a la talla 52 que se calzó adecuadamente por vez primera cuando el Rey Alfonso XII le regaló un par de botas que mandó hacer para él. Un corazón demasiado grande que nunca fue correspondido. Un freak, uno más de esa “Parada de los Monstruos” dirigida por Tod Browning en 1932, pero que hace buena la frase, “la realidad supera la ficción”. 

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