Visitas

miércoles, 23 de octubre de 2013

El robo más grande jamás contado

El 3 de febrero de 1945, la aviación americana barría Berlín. Los intestinos acorazados del Reichstag, el Parlamento Alemán, guardaban con celo la impresionante fortuna de 7.500 millones de dólares en oro. Las tropas aliadas avanzaban sobre las ruinas de la capital del nazismo, bajo el mando del General Patton, camino del “banco nazi” a la espera de encontrar los miles de millones de dólares en barras de oro con las que la feroz maldad de Hitler y los suyos costeó la maquinaria mortal alemana. Los primeros soldados de las divisiones de infantería americana pisaban el acerado berlinés al día siguiente, con fuego silbándoles junto a los cascos. A toda prisa, salían sospechosos camiones desde el Reichstag.

El director del Banco Nacional del Tercer Reich era el Dr. Funk, que haciendo suya la expresión, “a río revuelto, ganancia de pescadores”, con las primeras bombas movilizó a todo el funcionariado nazi. Decenas de camiones salían días antes del fin de la II Guerra Mundial camino de Kaiseroda, una mina de 800 metros de profundidad destinada a esconder 100.000 kilos de oro y  1.000 bolsas cargadas de marcos en billetes. Para llegar a la mina, hicieron falta cargar 13 vagones de tren. Los últimos camiones que se dirigían a la estación de ferrocarril berlinesa, se le escaparon a Patton delante de sus narices, pero casi dos meses después, el gran estratega, el gran general al mando de la 3a. Armada de Estados Unidos, consiguen la información suficiente y dan con la mina. Poco antes, a finales de marzo y gracias a la colaboración de trabajadores del banco alemán, pudieron sacar 450 bolsas de billetes. Las tropas norteamericanas llegaron el 4 de abril y el día 7 las tropas descendían más de 700 metros bajo el suelo.

La mina de sal estaba protegida por una implacable puerta de acero; detrás de la infranqueable puerta, que costó derribar, una habitación de 50 metros de largo por 25 de ancho guardaba un tesoro digno de leyendas milenarias: mil millones de marcos en 550 bolsas, 8.527 lingotes de oro, monedas de oro francesas, suizas y americanas, placas de oro y guardadas en cajas,  maletas con diamantes, perlas y otras piedras preciosas robadas a las víctimas de los campos de concentración, sacos de coronas dentales de oro, divisas y monedas de Inglaterra, Noruega, Turquía, España y Portugal. Aquello era el tesoro más grande jamás encontrado en la historia.

Los americanos contabilizaron el dinero; nada menos que el 93.17% de todas las reservas de Alemania estaban a casi un kilómetro de la superficie de la tierra. Pero eso no era todo. Alguien se había entretenido en hacer nuevos túneles y por las pruebas practicadas, eran muy recientes y desde luego no con el propósito de ampliar la mina. Las tropas del III Ejército de los Estados Unidos se metían por la madeja de túneles; nadie podía creer lo que estaba viendo. Ni siquiera habiendo dejado atrás miles de millones en oro. Ni tras haber hecho el recuento de toneladas de metales preciosos. Estaban, nada más y nada menos, que ante el mayor expolio artístico de la Historia de la Humanidad: 400 toneladas de arte, pinturas de 15 museos alemanes, libros incunables de colecciones privadas y un total de 11.750 cajas de piezas artísticas y objetos históricos que tuvieron que ser sacados en 32 camiones de 10 toneladas para su estudio e inventariado. El robo más grande del Mundo; pero los nazis se resistían a confesar; tras meses de investigaciones y detenciones, el ejército de los Estados Unidos aclaró la procedencia de 14 millones de dólares en oro y 41 millones en marcos, pero nunca se hallaron otros expolios, como el tesoro de la Casa del Bosque. Se habían esfumado sin que nadie supiera a dónde ni quiénes fueron los responsables, casi 57 millones de dólares actuales en oro.

En 1990, el Mundo tuvo motivos para vomitar; un veterano americano de la II Guerra Mundial que vivía en Texas ponía a la venta en distintas casas de subastas europeas importantísimas piezas del tesoro nacional alemán, obras de arte medieval y diversas pinturas. Otro americano, dedicado al cultivo de la flor, vendía antes de su muerte en 1980 un Nuevo Testamento del siglo IX, del que había presumido en su casa a 100 kilómetros de Dallas. Los 1.100 años de un manuscrito como este encuadernado en oro y plata, fue vendido en Suiza por tres millones de dólares. En otras “colecciones privadas”, se encontraron incunables del año 1513, relicarios de oro, multitud de piezas litúrgicas y hasta peines privados de los Príncipes Electores del Sacro Imperio Romano Germánico. Cuando el General Patton inventarió el tesoro, pronunciando la famosa frase de “todas las piezas intactas y presentes”, debía desconocer que entre sus soldados, había alimañas

Uno de los soldados que se hizo con un botín de guerra fabuloso, fue el teniente del III Ejército Estadounidense, Meader, un artista frustrado, un historiador del arte aficionado que disfrutó hasta su muerte de joyas incalculables sustraídas al pueblo alemán, había imitado a la perfección a los soldados de la historia: el expolio y robo al pueblo vencido, es un buen botín. Por supuesto, estas cosas no deben jamás empañar la honestidad, la franqueza, la grandeza y el valor de los soldados americanos que salvaron al Mundo de su destrucción, con el General Patton a la cabeza.


CONTINUARÁ...

No hay comentarios: