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viernes, 25 de octubre de 2013

El primer pelotazo comercial de la Historia

Holanda fue siempre un pueblo dinámico, emprendedor y cargado de sueños comerciales, deseosos de sobrepasar sus fronteras naturales, ganarle tierra al mar y pendones a los españoles. Quedaba tiempo para que los Orange subieran al trono, el Duque de Alba dejara de ser invicto y los bajos países fueran conocidos por su permisividad en el consumo de droga; corría el siglo XVI y los puertos holandeses eran referencia del comercio mundial, desde Rotterdam a Ámsterdam. Por allí entraban productos del Nuevo Mundo y de  Asia. Y allí, sobre 1559, un ciudadano anónimo y vulgar, Johann Heinrich Herwart, plantaba el primer tulipán de todo el continente Europeo.

Muchos estaréis pensando que tiene poco interés la botánica holandesa, pero este es uno de los casos de locura colectiva y pánico general. Porque el cultivo, comercio, exportación y especulación del tulipán, fueron un hecho histórico sin precedentes hasta el momento. Tal vez porque era una flor exótica en la Europa del siglo XVI, bien porque su rareza las convirtió en las preferidas de la nobleza y la realeza del Antiguo Régimen. Lo cierto es que desató una fiebre, un irrefrenable deseo de disfrutar de tulipanes de la que se contagiaron las clases sencillas y pronto se vivía una verdadera fiebre del tulipán. Los menos afortunados les bastaba con comprar el bulbo y dejarlo a la entrada de casa, a manera de decoración. Daba igual que no floreciera nada, la visita quedaría igual de impresionada que si viese el florido color de la planta.

Los holandeses han sido siempre muy activos en la transacción comercial y de los primeros en contar con Bolsa, inventada por susvecinos como en su día contamos así que pronto vieron que la ciudadanía estaba dispuesta a pagar grandes sumas por disfrutar de esta cara flor que había de traerse principalmente de las tierras de Anatolia, entonces Imperio Otomano. Los turcos hacían su agosto y se encargaban del suministro. De hecho, sin ellos saberlo, le terminaron por dar el nombre a la flor, ya que en holandés, turbante, es tülbend, la prenda más llamativa para un europeo; con “turbante” se quedó la flor y el nombre sirvió para el resto de idiomas: tulipán en español, tulip en inglés, tulipa en italiano, tulpen en alemán, o tulipe en francés. Y través del Danubio, hubo millones de toneladas de tulipanes por el continente.  

Holanda empezó a comercializar el tulipán y a que éste entrara en la bolsa de valores; su demanda era enorme, se vendía en mercados especializados, el precio no dejaba de subir y cuando empezaron a plantarlos en su propia tierra, el negocio era casi redondo: el mercado parecía no saturarse. Los corredores se inventaron entonces un segundo mercado, el de futuros. El comprador, ansioso por tener tulipanes que luego liquidaría a otros compradores, llevándose un margen sustancioso, podía así adquirir cosechas enteras que no se habían aún sembrado o cargamentos de las especialidades más demandadas.


Quién iba a pensar que aquello que en 1593 definitivamente, puso de moda Carolus Clusius, el jardinero del emperador Maximiliano, cuando organizó la moda de embellecer los jardines de un palacio con un tulipán, en el siglo XVII iba a convertirse en el negocio salvador. Equiparados a un símbolo de riqueza, 48 bulbos costaban el equivalente al salario anual de 200 trabajadores.

En 1636 el negocio era tener derecho sobre un bulbo de tulipán; en sólo un año, el precio subió un 500 % y esa locura de negocio parecía que jamás iba a acabar. Hasta que al año siguiente, en 1637, el invierno fue tan crudo que la cosecha de tulipanes fue rematadamente mala. Al igual que el estallido de las hipotecas y la compra de basura financiera desde 2008 aquí, los inversores empezaron a recelar. El precio se consideró un abuso, bajó la venta, pero sobretodo por cuánto se vendía. Parecía de locos que en 1620 cuatro bueyes costaran 500 florines, 2.000 kilos de mantequilla, 200 florines y la variedad de tulipán Semper Augustus, costara la docena de bulbos 5.000 florines.

Mal año para Holanda el de 1637. A punto de terminar la Guerra de los 30 años, los VIEJOS TERCIOS españoles se paseaban triunfales, caían ciudades enteras a manos hispanas, Felipe IV era el Rey Planeta y el tulipán no valía nada. Un 3 de febrero de ese año, el mercado dijo basta. Los accionistas cayeron en la ruina, los inversores lo perdieron todo, los mercados se precipitaron y cuántos comían de un espejismo, vieron cómo el tulipán lo hizo Dios para la vista y no para el bolsillo.

Holanda se recuperó a los años; el tulipán es uno de sus símbolos nacionales, acababa de crearse la floricultura, los que empeñaron granjas y casas no quisieron jamás acordarse de aquello y los demás, nunca, aprendieron. Siglos después, vendrían mil situaciones posteriores, iguales, calcadas... En 1929, pero hace unos años, cuando sucedió lo mismo con las punto.com, hipotecas subprime, una tendencia inflacionista o un sector inmobiliario que parecía ser la panacea. El caso es que todo esto tiene un resumen facilísimo:


EL SER HUMANO JAMÁS APRENDERÁ MIENTRAS LA CODICIA  SEA TAN NATURAL COMO RESPIRAR.  

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