Visitas

viernes, 11 de octubre de 2013

El Lepero que fue Rey de Inglaterra

Ayer conté que estuvimos en el siglo XIV a punto de conquistar Londres. Hoy toca la historia de cómo un español, durante 24 horas, gobernó toda Inglaterra:

Hacia 1450 la villa onubense de Lepe acogía el feliz alumbramiento de un matrimonio pobre, humilde y marinero, preceptivo en el vivir lepero de la época, que a la postre habría de revolucionar la Corona de Inglaterra y sacarnos a más de uno una generosa sonrisa de las que tardan en borrarse de la cara. Se le impuso el nombre de Juan, la vida le reservó el mar como sustento y los palos del día a día lo hicieron suspicaz, inteligente y extraordinariamente capaz para entretener y divertir a cuántos lo rodearon. El comercio de Castilla con Inglaterra era próspero; los puertos españoles del norte solían frecuentar las Islas de Albión cargados de la lana merina castellana y las galeras del sur pescaban seda y trataban de pescado más allá de Terranova. Nuestro hombre fue pronto admirado por su elocuencia, aplaudido por su rapidez mental y llamado como su tierra, quedó grabado en la historia con el grandilocuente nombre de JUAN DE LEPE.  

Es difícil explicar que hacía un marino humilde del sur de España en el Palacio de Wenstminster. Hoy día, ese antiguo castillo medieval dio paso al Parlamento, el implacable edificio neogótico (y hortera que rige los designios de los británicos. Reinaba Enrique VII desde 1485; era el primer Tudor en el trono inglés (para los menos familiarizados con la historia, les aseguro que hoy día un Tudor no ganaría el Nobel de la Paz, aunque tras habérselo a Obama) y tenía poca popularidad entre sus súbditos. Lo más destacado de su gobierno fue la antipatía descomunal a todo lo francés, que dio a dos hijos suyos como esposos de la Princesa Catalina de Trastámara, hija de los Reyes Católicos y que en vez de su primogénito Arturo, tenía que haber muerto el que lo sucedió, el discapacitado de Enrique VIII, amigo de “no dejar títere con cabeza”.

El caso es que estaba expirando el siglo XV, el Rey Enrique y Juan, el de Lepe, se conocieron, ayudó además que eran de edades parecidas y que ambos eran amigos de la francachela y la camaradería. Juan fue aceptado poco a poco en el Castillo, al punto de convertirse en un verdadero amigo de Enrique VII; era su invitado, quién lo divertía, el que le ayudaba y asistía en la cámara y el que compartía su mesa. Fue algo de bufón, de confidente y de consejero, por qué no. Recuerden que Enrique tenía pocos partidarios en Inglaterra. Tampoco ayudaba la manera tan “sui generis” de subir al trono a costa del cuello de la anterior dinastía; pero eso les preocupa a los ingleses, no a nosotros. En un país de climas adversos y conminado en el interior de su jaula de oro, los entretenimientos del monarca debían ser escasos, ahora bien, lo que conseguía sacarlo del sopor y despejarlo del peso de la corona, eran los juegos de naipes.

Juan de Lepe era del sur de España; era marinero. Y era listo como pocos. A Enrique le dolían pocas prendas apostando, a pesar de su fama de tacaño. Pero en el juego de cartas dejaba monedas y monedas sin que le temblara la mano. Así las cosas, desplumado por nuestro compatriota el lepero, Enrique no tuvo nada más que jugarse, perdiendo como iba, que EL REINO. Sí, le espetó en la cara al bueno de Juan que se apostaba el Reino de Inglaterra; eso sí, sólo por un día. Pero a Juan le satisfizo la apuesta y la tomó, con el final más habitual en estos casos: le ganó al Rey.

Durante ese día, con una ceremonia de coronación no válida pero protocolaria y todo el boato que conlleva tamaño ascenso, el Rey proclamó a Juan de Lepe el Rey por un día; y los londinenses empezaron a llamarlo “El pequeño rey”. La amistad continuó y la confidencialidad entre ambos, también. La corona siguió en la Torre de Londres, cuando no descansaba sobre las sienes del Tudor. Hasta que éste, en 1509, murió. a Juan de Lepe el hijo maníaco no le hacía especial gracia e hizo bien en embarcarse, después de los funerales, de regreso a su patria. Eso sí, traía consigo una pequeña corona de metal y piedras preciosas que dejó a los pies de la Virgen de la Bella, la Patrona de Lepe, la Reina de todos y cada uno de los días del pueblo onubense. A él le bastó ser rey por 24 horas. Se convirtió en el mecenas del Convento franciscano de su pueblo; con las monedas de oro traídas desde Inglaterra vivió el resto de sus días de manera holgada. Los franceses destruyeron la lápida que no obstante, dejó para la historia el padre Guardián del Convento franciscano en 1583, lápida que decía:


“[...] Juan de Lepe, nacido de baja estirpe, del dicho pueblo de Lepe, el cual como fuese favorito de Enrique VII rey de Inglaterra con él comiese muchas veces y aun jugase, sucedió que cierto día ganó al rey las rentas y la jurisdicción de todo el reino por un día natural, de donde fue llamado por los ingleses el pequeño rey”...

No hay comentarios: