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lunes, 28 de octubre de 2013

El espíritu Olímpico

Hace casi dos meses que se produjo el fiasco de Madrid 2020. Buena fecha para recordar que hay vida más allá de los cientos de millones de inversión improductiva, del ridículo que hizo España entera, de las declaraciones de un alcalde barcelonés con mucha jeta y pocas razones o del inglés macarrónico de nuestros representantes. Un camarero en un chiringuito del sur de España chapurrea comprensible, aceptable y dignamente 4 idiomas y un ministro o una alcaldesa no saben decir café... ¡Cosas vieres, Sancho! Pero como no quiero aguar yo la feliz conmemoración, el día que nos dijeron que no éramos aptos ni para organizar el Campeonato Mundial de carrera de sacos, os traigo algunos ejemplos de lo que significa realmente el olimpismo, no lo que Alberto de Mónaco y parecidos quieren que sea desde sus portavocías en el Comité Olímpico Internacional:

Hace unos días recordábamos aquellas Olimpiadas de 1936 celebradas en el Berlín del Tercer Reich, en la Alemania Nazi. Boicoteadas por las políticas racistas de Hitler y los suyos, ni siquiera la falsa actitud aperturista del canciller ocultó al Mundo la realidad de su pensamiento. Pero Japón no tuvo ningún problema en acudir; al fin y al cabo, unos pocos años después el país nipón y la Alemania nazi iban a ser extraños compañeros de viaje. El caso es que hasta el Olímpico de Berlín llegaron dos pertiguistas descomunales, ambos japoneses y ambos en excelente forma física.

El Estadio Olímpico se había rendido a Jesse Owens, con sus cuatro medallas de oro, sus récords olímpicos y mundiales, el destrozo deportivo que le había provocado al gran favorito del graderío, el alemán Lutz Long que cayó aplastado en el salto de longitud frente a un afroamericano que destripó la idea racial aria de Hitler. Pero llegó el turno del salto con pértiga, una modalidad que no arrastraba la pasión provocada por la velocidad o el fondo, incluso el baloncesto, que se estrenaba ese mismo año como deporte olímpico, pero que a la postre dejaría claro que el espíritu griego y el del Barón de Coubertin, era precisamente lo que sucedió.

El estadounidense Earle Meadows se había enfundado la medalla de oro, elevándose hasta los 4,35 metros. Imposible de alcanzar, quedaba saber qué otros dos saltadores de pértiga lo acompañarían en el podio. Los japoneses Shuhei Nishida y Sueo Oe estaban empatados. Ambos habían saltado 4,25 metros y restaba saber cuál se llevaría la plata y cuál el bronce. Estaba claro que el resto de deportistas no iba a ser capaz de igualar esos 425 centímetros nipones por lo que los jueces dejaron que ambos japoneses fuesen realizando saltos hasta determinar al segundo clasificado. A las nueve de la noche, se habían contabilizado más de una docena de saltos; horas y horas viendo como ambos apretaban la pértiga, se lanzaban a la carrera y se estrellaban con todo lo que no fuera 4,25 m. Los jueces olímpicos empezaban a bostezar y lo que sí quedaba claro es que por más intentos que se les dejara, el empate técnico era un hecho incontestable. Así que como el 2º y 3er. puesto era del mismo país, la organización decidió que la Federación de Atletismo de Japón decidiera quién era el 2º y ganador de la medalla de plata y quién se quedaba con la de bronce.


Oficialmente, el estadounidense Earle Meadows se llevó el oro, Nishida la plata (por haber conseguido el mejor salto en su primer intento) y Oe el bronce. Al llegar a Japón, los deportistas nipones hicieron gala de dos cosas: la ancestral cultura de respeto y educación del mundo oriental y la capacidad de comprender qué es de verdad el Olimpismo, dejando una lección histórica, un ejemplo descomunal y subrayando con claridad lo que verdaderamente son los Juegos Olímpicos, no lo que el COI dice que son. Así que se fueron a un joyero con sus dos medallas y éste las cortó por la mitad. Luego, las unió, la cara de la de plata con la cara de la de bronce y viceversa. Cada uno de los pertiguistas tendría su medalla, la de plata-bronce. Y cuando un periodista japonés les preguntó no tardaron en responder al unísono de qué metal eran sus medallas: DEL METAL DE LA AMISTAD. 

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