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jueves, 24 de octubre de 2013

El Crac del 29

Coincidencias de la vida, fue un jueves también y justo hoy se cumplen 85 años. Aquel 24 de octubre de 1929, la Bolsa de Nueva York anticipó lo que iba a ser la mayor catástrofe económica de la historia del Mundo hasta la actual crisis que venimos padeciendo desde 2008. La Bolsa de valores se desplomó, el sistema bancario estadounidense se fragmentó y cundió el pánico entre ahorristas, inversores y como punto más flaco de la pirámide del poder, la ciudadanía, que no intuyó que aquel día iba a ser conocido en las páginas de historia como el JUEVES NEGRO. Acababa de producirse el Crack del 29.

Una espiral de crecimiento imparable dentro de aquellos felices años 20 se basó en una producción con costes altísimos, escasa competitividad y unos bancos que proporcionaban crédito sin control. La salud del sistema financiero inglés estaba avisando de su flaqueza; Gran Bretaña se convirtió hacia 1926 en deudora de Francia y Alemania, cuyos bancos centrales acumulaban grandes cantidades de libras esterlinas convertibles en oro. Pero la libra no valía nada y desde Londres se ocultó al Mundo que no había reservas de oro para hacer frente a sus divisas. La única alternativa inglesa a fin de proteger sus reservas era subir el tipo de interés. El máximo responsable del tesoro inglés llamó a su homónimo estadounidense para hacerle partícipe de la debacle. El Presidente de la Reserva Federal de Nueva York, aceptó el órdago: a fin de cuentas, ambos eran colegas vinculados a la Banca JP Morgan. ¿Les suena?

Por aquel entonces, el club más exclusivo del Mundo era Long Island, en Estados Unidos. Allí se dieron cita en 1927 los gobernadores de los bancos centrales más importantes del Planeta, dándose cita en una reunión que buscaría un acuerdo entre Francia y Alemania, rogando su condescendencia para que dejaran de exigir a Inglaterra el pago en oro de sus deudas. Pero franceses y germanos no querían libras. La libra, realmente, no valía nada.  Pero Estados Unidos estaba dispuesto a ayudar a Gran Bretaña mediante una política de crédito barato. No había un ápice de generosidad en ello: este crédito iba a ser muy favorable para la bolsa estadounidense.

Desde 1922, la Reserva Federal había inventado la arriesgada pero suculenta operación de comprar deuda pública y desde entonces, el mercado de valores a nivel mundial se había enfrascado en la incoherente política de inflar el tipo de interés. Se compraba realmente humo. Después de aquella célebre reunión en Long Island, la Reserva Federal prestaba 12 millones de libras en oro al Banco de Inglaterra, rebajaba los tipos de interés y se frotaba las manos esperando que el oro inglés se depositase en en los bancos estadounidenses.

En agosto de 1927 los tipos de interés caen medio punto, alcanzan su mínimo histórico, se duplica el volumen de las operaciones, se vivía un frenesí bursátil, la Bolsa de Nueva York subió más del doble, las operaciones llegaban desde cualquier rincón del Mundo... Algo iba mal, y la Reserva Federal se dio cuenta que acababa de ayudar al nacimiento de un monstruo. El freno fue subir los tipos de interés que pasaron del 3,5 al 5%, pero ya era tarde: el boom bursátil había empezado. En una entrevista, el nuevo responsable del Tesoro Americano fue claro y ejemplar: “cuando la bañera del piso de arriba se ha desbordado y ha estado vertiendo agua durante cinco minutos, no es complicado lograr que deje de hacerlo y aprovechar para fregar el suelo. Pero cuando ha estado vertiéndola en grandes cantidades durante muchos años, las paredes, los falsos techos y el suelo están echados a perder, y resulta muy costoso y complicado retirarla. Mucho después de que se haya cerrado el grifo, el agua seguirá rezumando por las paredes y el techo”.

En octubre de 1929, los inversores, los ahorristas, los banqueros... predijeron sin necesidad de ser unos genios que de una u otra forma, esta orgía de crecimiento falso iba a explotar. Joe Kennedy, padre del futuro Presidente, se estaba limpiando los zapatos cerca de Wall Street. El limpiabotas le aconsejó que comprara acciones de ferrocarril y más allá de que le hiciera gracia que un simple limpiabotas le diera lecciones bursátiles, entendió que  “si cualquiera podía invertir en bolsa y un limpiabotas predecir lo que iba a ocurrir, esto significaba sin duda que el mercado estaba sobrevalorado”. Un lunes 25 de octubre de 1929, la Bolsa perdió casi 10 puntos. El dinero era papel, pero nada más. Se pagaba hasta un 20 % de intereses y en un intento por salvar todo, el presidente del National City Bank, compró  todos los títulos con el fin de dar la sensación de que había esperado el momento oportuno para comprar y recuperar así la confianza de los inversores.

El 24 de octubre, tras varias pequeñas bajadas, se produjo la primera gran caída, llegando a descender la Bolsa un 9%; pero en aquella ocasión no había un banco que comprara nada; estalló el pánico. La policía tuvo que clausurar la Bolsa, las acciones se vendían por un 67 % menos del valor presumible, no se encontraba comprador, millonarios y ricos inversores se lanzaban desde los rascacielos, sin entender cómo se había llegado a ese espejismo y 80 años después, los culpables de aquello volvieron a caer en el mismo error.


NO APRENDEMOS DE LA HISTORIA

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