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miércoles, 21 de agosto de 2013

Pichichi

Por el nombre de Rafael Moreno Aranzadi muy pocos acertarían, a ciencia cierta, a saber de qué personaje estoy hablando. Pero si les digo Pichichi, cualquiera reconoce al jugador de fútbol que hace un siglo se convirtió en el héroe de Bilbao y en el de media España y que bautizó con su apodo al trofeo que el Diario deportivo Marca concede al máximo goleador del campeonato nacional de Liga de la Nación. Pichichi era sobrino de Miguel de Unamuno, el primer jugador total español, al que costó igualar décadas y que hizo las delicias de los bilbaínos que, semana a semana, mantuvieron un amor idílico con su estrella.

Su vida está llena de emociones; parecía destinado a una existencia que sería de todo, menos normal. Nunca ganó una Liga, entre otras cosas porque todavía no existía el campeonato nacional cuando él se retiró. De hecho, la primera jornada se celebró el 10 de febrero de 1929, casi siete años después de su trágica muerte. Si el lector se imagina al inmortal Pichichi como un atleta de imponente físico al estilo de los soberbios delanteros que pueblan el universo galáctico actual, está muy equivocado.

Rafael Moreno era un varón gris que hasta fue declarado no apto para el servicio militar, por tener rehundido parte de su musculatura pectoral. Así que sus éxitos y la manera de destacar ante defensas y rivales, se debe a su mente, a la rapidez con la que pensaba y que gracias a ello conseguía regates milimétricos y jugadas casi imposibles de predecir.

Lo que sí se llevó a gala Pichichi fue darle a su Athletic de Bilbao 4 Copas del Rey, pero además, el primer título conseguido por la Selección Nacional de Fútbol, la medalla de plata de los juegos de Amberes, con un soberbio e impresionante gol que apeaba a Holanda y daba la victoria a España por 1-0. Aquel hito, en agosto de 1920, se quedaría pequeño ante el que consiguió tal día como hoy, hace justo 100 años. Pichichi marcaba el primer gol anotado en el mítico estadio de San Mamés.

Cuando terminó el partido aquel 21 de agosto de 1913, los bilbaínos enloquecían con aquel delantero suyo que siempre jugaba con un pañuelo blanco anudado en su cabeza. Estaba claro que se iba a convertir además, ese mismo año, en el primer jugador de la historia del Athletic de Bilbao en cobrar un sueldo.

Su vida estaba llena de sorpresas. Se retiraba a los 29 años de edad para hacerse árbitro. Se estrenó en San Mamés, una especie de capricho del destino que ese mismo Estadio en el que estrenó la portería lo viera también por primera vez, usar el silbato. Pero por supuesto, el último antojo que le deapraba la vida a la primera estrella del fútbol español fue la manera de morir. Sin haber cumplido aún los 30 años, muy poco después de su retirada y nuevo oficio como árbitro, con el triunfo olímpico aún en los labios, unas ostras en mal estado acabaron con su vida.


Pero no con su leyenda. El del gran delantero, el primer gran delantero de nuestro fútbol y héroe de San Mamés, que desde su busto de bronce, mira a los jugadores locales y visitantes cada partido, en el túnel de vestuario, como saltan al césped que lo inmortalizó para siempre. 

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