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viernes, 2 de agosto de 2013

Fritz Lang

Friedrich Christian Anton Lang había nacido en el duro diciembre vienés en el seno de una familia formada por una judía y un católico, lo que 43 años después, sería poco menos que una sentencia de muerte en firme, deseada por la cruenta Alemania Nazi. Para colmo, se casa con una devota del nacionalsocialismo y se dedica a experimentar con esa nueva tecnología capaz de sacarle los colores a un régimen totalitario que se llama CINE. Estas serán las notas biográficas de uno de los directores más importantes de la historia, el creador de los ambientes expresionistas y padre del género conocido como “Cine Negro”.

Parió junto a su esposa la saga del Doctor Mabuse (“Dr. Mabuse, el jugador”, de 1922 y “El testamento del Dr. Mabuse”, de 1932), recreó la leyenda mitológica aria en “Los nibelungos” (1924) y legaba una obra maestra, basada en el caso real de Peter Kürten, que asesinó a varios niños en la ciudad de Düsseldorf, considerada como un clásico de la cinematografía mundial: “M, el vampiro de Düsseldorf”.

Pero si hay un largometraje que lo catapultaría elevándolo a imprescindible del cinéfilo, fue el que rodó en 1927: “Metrópolis”. Se trata de uno de los pocos filmes considerados Memoria del Mundo por la Unesco, lista que completan los documentales de los hermanos Lumière, “Los olvidados”, del español Luis Buñuel (rodada en 1950) y “El mago de Oz” (1939). Pero Fritz Lang fue el primero en poseer esta categoría, amparado en la vívida encarnación de toda la sociedad, y la profundidad de su contenido humano y social. Metrópolis se convertía en la primera película que ahondaba en la psicología humana y que narraba una historia con mensaje y trasfondo, enormemente moderna y transgresora para tratarse de un largometraje con 86 a sus espaldas.

De repente, en 1933, Fritz Lang recibe la llamada del peligroso Ministro Nazi Joseph Goebbels; le proponía ser el director de los estudios de cine alemanes, de la UFA. Un cargo considerado, bien pagado, que lo eximía de rendir cuentas de su pasado católico y su ascendencia judía, que lo elevaría a la categoría de personaje de interés y lo ensalzaría como uno de esos héroes de la Alemania aria convencida de su superioridad sobre los demás pueblos y ciudadanos. Pero Fritz Lang no estaba dispuesto a ponerse al servicio de lo totalitario (aún no se habían dictado las Leyes de Núremberg, ni comenzado la masacre judía ni se habían dado muestras del terror que alcanzaría el nazismo) y menos estaba dispuesto a ser un títere de los gobernantes, hipotecando su cine a lo propagandístico.

Así que al igual que fue un visionario del séptimo arte, fue un visionario de lo que iba a ocurrir y decidió que su sitio estaba al otro lado del Atlántico. Su mujer, la co-guionista de sus éxitos, Thea von Harbou se quedó. Devota nacionalsocialista, su sitio estaba al lado de esos alemanes rubios de ojos claros y cruces gamadas en la solapa. El divorcio no tardó en llegar y Fritz Lang, como cientos y cientos de artistas europeos, se fue a la costa de California.

800 europeos hicieron lo mismo. Billy Wilder, Otto Preminger, Ernst Lubistch, Marlene Dietrich y tantos y tantos que dejaron títulos imprescindibles de la historia del Cine. Cuando llegó Fritz Lang, venía avalado por su creatividad e influyó con títulos como “Sólo se vive una vez” (1937), “La mujer del cuadro” (1944), “Perversidad” (1945), “Secreto tras la puerta” (1947), “Los sobornados” (1953), “Deseos humanos” (1954), “Mientras Nueva York duerme” (1956), “Más allá de la duda” (1956), “Los contrabandistas de Moonfleet” (1955) y “Encubridora” (1952).

La fuga de cerebros europeos a la meca del cine ha sido retratada de manera extraordinaria por TCM, el canal del cine clásico por excelencia. Ellos lo llaman “De Hitler a Hollywood”. Un bonito homenaje para recordar que hace hoy 37 años, moría uno de los más influyentes y creativos cineastas, otra víctima más de la intolerancia nazi que salvó el pellejo dejando atrás su Europa natal.


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