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jueves, 1 de agosto de 2013

Agosto

Sobrino nieto de Julio César, el emperador que más tiempo gobernó en Roma, a su muerte fue divinizado, recibió culto, fue adorado en vida, amplió los territorios del Imperio casi duplicando su extensión, reformó el sistema de impuesto y la tributación, realizó los más concienzudos censos de población y emprendió proyectos urbanos y arquitectónicos que han quedado en la Historia del Arte perpetuando su nombre.


No patentó el mármol pero a raíz de su reinado fue el material por excelencia de la arquitectura y la escultura noble romana. Creó el Foro que lleva su nombre, comenzó las obras del Panteón, urbanizó el Campo de Marte con el monumental reloj de sol coronado por un obelisco egipcio que es hoy el ARA PACIS, costeó el Templo de Cástor y Pólux y en su honor se edificaron el teatro de Mérida, el de Cartagena, la Maison Carrée, de Nimes o el Arco Augusteo.

Pero el mayor legado que realizó fue poner su nombre a un mes, el que ahora estrenamos. Hasta el año 24 de nuestra época, simplemente era el “mes sexto”, conocido como sextilis. Pero imitando a su predecesor y tío abuelo, el laureado general, el invicto Emperador Cayo Julio César, decidió que debía darle el nombre a este mes. 21 años antes, César bautizó el mes quinctilis con el del apellido de su familia, los Julio. Pero al “Augusto” Octavio, el mes sexto le pareció poco. Tenía 29 días ya que con la distribución hecha por César, el mes anterior gozaba de 31. Resultaba un mal mes para darle el nombre de un Emperador tan glorioso, solucionándose como sólo EL DIVINO AUGUSTO podía: alterando la duración de varios meses, quitando y poniendo días, hasta lograr que “su mes” tuviera 31 días. Y se escogió el mes sexto porque a lo largo del mismo, Octavio venció a Cleopatra y Marco Antonio y entró triunfador en Roma.


Salve, Augusto. Aunque diga el refranero que “agosto fríe el rostro”, lo cierto es que también lo recuerda porque “quién en agosto ara, riqueza prepara”. 

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