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lunes, 1 de julio de 2013

Walter Matthau

Forma parte de nuestra particular historia cinéfila, la de cada uno, pero la suya además asociada a la de un bonachón que se empeña en aparecer siempre con hoscos modos y gruñones contestaciones. A lo largo del medio siglo en el que se puso delante de las cámaras, rodó 70 películas, trabajó a las órdenes de Billy Wilder o Roman Polanski, fue tres veces candidato a los Óscar (que ganó en una ocasión) y 8 veces nominado a los Globos de Oro para alcanzar uno de esos galardones. A punto de cumplir los 80 años, murió este neoyorkino hijo de inmigrantes judíos que huían de la Rusia revolucionaria: padre ruso, madre lituana y él, uno de los rostros inconfundibles del cine mayúsculo del que fue capaz la industria estadounidense.

Fue descubierto para la gran pantalla por Burt Lancaster y su desgarbada figura y su particular expresión lo elevaron al mejor secundario de toda la década de los sesenta y a uno de los reconocibles y reconocidos de Hollywood. Pero su carrera cambia cuando en 1966 conoce a su otro yo, a su mitad perfecta para los que devoramos cine: el inolvidable Jack Lemmon. “En bandeja de plata” (1966) Billy Wilder sacó lo mejor de su sagacidad interpretativa y fundó el dúo sarcástico más impresionante de la década. Dos años después repitieron con “La extraña pareja” (1968), consagración definitiva de la interactuación sobresaliente y la química entre ambos actores. “Aquí un amigo” (1981) pretendía regalarle al espectador la enorme afinidad de estos dos monstruos interpretativos, pero significó la retirada del cine del dios Wilder y una obra no tan aplaudida como se esperaba, habida cuenta del elenco.

Alguien creyó oportuno recuperarlos para el cine, a ambos, y nacieron en los últimos compases de sus vidas y carreras, el dueto de "Dos viejos gruñones" (1993) y la segunda parte, 30 años después, de aquel mítico largometraje: "La extraña pareja, otra vez" (1998), que no ocupará nunca un lugar destacable en la historia del cine pero he de confesar, me emocionó viendo como, a dos y tres años respectivamente de la muerte de ambos, los casi octogenarios y míticos actores, volvían para cerciorarle al mundo la verdad de una amistad y una química soberbia.

Hay una sexta película en la que coincidieron pero no pudimos verlos juntos en la pantalla. Se trata de “J.F.K.” (1991). El largometraje, dirigido por Oliver Stone que cuestionaba las teorías del asesinato del Presidente Kennedy y en donde el cineasta se opuso a que Lemmon y Matthau aparecieran juntos en pantalla para evitar que el público encontrara un bis cómico en ello.

Lemmon y Matthau se conocieron en 1960, una feliz coincidencia que transcurrió en un restaurante judío de Nueva York. Walter Matthau almorzaba un desayuno cuando entra Jack Lemmon para pedir gambas fritas con chocolate helado. Y en ese instante Matthau, que bordaba los papeles irónicos porque en realidad era un personaje cargado de sátira vital, le espetó con sorna la rareza que iba a ingerir. Fue un flechazo absoluto que terminó en profunda amistad. Juntos, crearon una productora de cine en 1971, rodaron 5 películas y el resumen perfecto de 40 años de amistad lo resumió Jack Lemmon en el año 2000: “ha sido el único disgusto que me ha dado”, refiriéndose a la muerte, hace hoy 13 años, de Walter Matthau.

El fabuloso entendimiento y compenetración dentro y fuera de la pantalla queda reflejado en multitud de anécdotas, como la que resume ésta: tras el estreno de “Candy”, (1968) la recaudación de la taquilla era más que buena habida cuenta de las posibilidades fílmicas del largometraje. Ese mismo año había irrumpido en la gran pantalla Barbra Streisand, rodando su primera película, “Funny girl” en compañía de Omar Shariff y bajo la dirección de William Willer (como siempre, recomiendo no confundir con Billy, el dios Billy)... El día que los diarios anunciaban los éxitos, recaudación de taquilla y otros pormenores de las películas que se exhibían, la obra protagonizada por Matthau ocupaba el décimo puesto, justo por debajo de la que significaba el estreno cinematográfico de Barbra Streisand, por lo que le dijo a Jack Lemmon: "Soy el número 10 en la taquilla. Justo debajo de Barbara Streisand. ¿Te imaginas estar bajo Barbara Streisand? Dame una bolsa, puedo vomitar”. Lo que no sabía es que justo un año después, Gene Kelly los unía para que la Streisand y él protagonizaran el musical “Hello, Dolly” (1969), con Louis Amstrong en el reparto y la mejor música posible (éxito absoluto) del año.

La industria del cine decía que estaban hechos el uno para el otro, que actuaban “uno para otro”. En una ocasión, Lemmon dejó boquiabiertos a los presentes al decir: “si fuéramos homosexuales, seríamos nuestro tipo ideal”. De algunas de sus ocurrencias puede escribirse y mucho. Walter Matthau además, es protagonista de anécdotas como las que lo envuelven en “En bandeja de plata”. Su papel iba para Frank Sinatra, que desde luego hubiera hecho una interpretación menos enriquecida. Rodando el largometraje sufrió un infarto que le hizo perder muchos kilos, por lo que en la mayor parte de la cinta aparece con una amplia gabardina que disimule las “secuelas del susto”. Y cuando en 1973 rodó “Terremoto”, poca gracia le hizo el trato que se le dispensó por parte del equipo de dirección. Se trataba de una película coral preñada de rostros conocidos entre los que sobresalía el suyo, claro, pero también el de Charlton Heston y  Ava Gadner. Su papel era la de un borracho y poco le sorprendía ser un secundario, acostumbrado a bordar este tipo de actuaciones. Lo que no esperaba es que en el montaje se redujera tanto su participación por lo que decidió consolidar una de las bromas con las que distrajo y atrajo la atención pública en más de una ocasión: engañarnos a todos con su supuesto apellido, en donde sacaba a relucir su fina ironía y aseguraba que era Matuschanskayasky. Y obligó a la dirección del largometraje a colocar ese nombre y no el Matthow original (porque realmente no era Matthau, sino Matthow) en los créditos, como venganza por su escueta, recortada y embebida participación.


Era un 1 de julio del año 2000 y su corazón decía basta. Intervenciones, by-pass coronario, avisos cardiacos de todo tipo. Al lado, junto a su cama, Jack Lemmon. Amigos hasta el último instante, la sagacidad interpretativa de ambos dio también el fruto en forma de amistad. Walter Matthau dejaba una huella imborrable en la historia del cine, en el corazón de los suyos y en ese gran amigo, ese monstruo que apenas un año después, lo seguía para rodar las películas eternas, entre gambas fritas con chocolate helado y cigarrillos que den el blanco y negro de sus colosales legados. 


GRACIAS POR TODO, WALTER... Y SALUDA DE NUESTRA PARTE A JACK.

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