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jueves, 25 de julio de 2013

San Jacobo

La gran aventura del Reino de Asturias fue la gran épica del Hijo del Trueno. Con ella, se fraguó poco a poco con la paciencia de 8 siglos una nación que ya existía y que tuvo que reinventarse. ¡De acuerdo! No nos pongamos misteriosos y mucho menos enrevesados. En España, Santiago no es sólo el Patrón de los hijos de bien de esta patria. Es un canto, es una arenga, es un estímulo cuando la cosa se pone fea y hay que sacar de dónde no hay. Pero es una de las rutas culturales más trascendentales e importantes, una de las vías históricas, de los caminos patrimoniales más arraigados y de uno de los medios de comunicación que sirvieron para fraguar la historia y con ella, a Europa.

Y además, en sus diversas variantes que significan lo mismo, bien Santiago, bien Tiago, bien Yago, bien Jacobo... es uno de los platos más arraigados de la cocina española, fácil, nutritivo,  que a muy pocos deja indiferentes y que es tan sumamente español, que pone al descubierto la verdad de nuestra historia. Sí, aunque no se lo crean, los crujientes, dorados, alimenticios y sabrosos “San Jacobos”, que de manera tan ordinaria en Francia son “cordon bleau”, copiando y emulando a su manera a nuestro San Jacobo, en realidad es un plato con moraleja, es una comida con mensaje, es una enseñanza histórica que nutre. ¡Así somos por el sur de Europa!

Nació en las hospederías del Camino de Santiago por su facilidad de ejecución y la consistencia que aporta, tan necesaria en los peregrinos que se las ven con decenas de kilómetros diarios. Pero alcanzó su cenit, su gloria, durante ese periodo de la Contrarreforma española en la que cualquier judío había de salir de nuestras tierras y se sospechaba de todos y de todo, de la verdad de la conversión de un musulmán, de la franqueza a la hora de abrazar la fe católica de un extranjero y hasta de tener apellidos portugueses. Como bien saben, judíos y musulmanes tienen prohibido comer cerdo por prescripción de sus sagrados libros. Así que el San Jacobo se convirtió en un espía, en un delator, en el mecanismo más fácil y más rápido para descubrir a cristianos y a los que no lo eran, para sonsacar sin torturas ni violencia, a los que se habían convertido a la fe de Cristo de veras o sólo en apariencia.

Nuestro San Jacobo se encargaba de cerciorar quién era cristiano viejo y quién un advenedizo, sin necesidad de pruebas de limpieza de sangre, de rebuscar en legajos y archivos y de enfrascarse en engorrosos pleitos. Una capa de jamón, o de carne de cerdo, un casi derretido queso, la cobertura de huevo y pan rallado, el aceite de oliva y el que de veras no era católico, aunque se le hiciera la boca agua (como a mí escribiendo esto) se negaría a probar el manjar creado en honor de Santiago, Patrón de España, Capitán de las tropas cristianas, milagrero en la Batalla de Clavijo, inspirador y animador constante de los Viejos Tercios, protector de los soldados de Flandes y conquistadores indianos y tan español como el que más.


CIERRA ESPAÑA. Y que al igual que un día, “el Hijo del Trueno” blandió su espada contra el infiel, se acuerde ahora que “su Patria” está de capa caída, de no abandonar a los españoles. Hasta tanto, buen día el de su festividad para comer en su honor un San Jacobo, la comida espía que inventaron los españoles para que los peregrinos repusieran fuerzas y se convirtió en nuestra particular máquina de la verdad. 

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