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jueves, 4 de julio de 2013

Maldito apellido

En 1933 se empezaron a redactar las Leyes de Núremberg que significaron el comienzo del antisemitismo que los nazis desplegaron de manera inhumana por Alemania y los países que tomaban. El Mundo aún no conocía hasta dónde iba a llegar esa sinrazón enfermiza y quedaba mucho para que se supiera las verdaderas armas con las que el III Reich pretendía exterminar al pueblo de Israel, más si cabe, quedaban años para que la Humanidad asistiera inaudita al descubrimiento del horror de los campos de exterminio polacos. Pero aunque nada de esto se sabía y mucho menos se predecía, algunos diarios comenzaron a preguntarse acerca del origen de ese odio furibundo que Hitler y los suyos profesaban a los hebreos, exponiendo como consecuencia (que ya hemos negado aquí en otras ocasiones y que podéis consultar en este enlace  y en este otro enlace) un posible y pretendido origen familiar judío por parte del Fürher.

Y así hasta que un diario rumano que se publicaba en la década de los 30 del pasado siglo, dio a conocer una revelación que fascinó a los teóricos políticos y sociólogos norteamericanos e ingleses: Hitler tenía un antepasado judío, sombrerero y rumano.

Desde Estados Unidos se hacía más hincapié en esta teoría; las sociedades hebreas americanas pedían insistentemente a las comunidades judías de Austria que investigaran algún antecedente hebreo en Hitler. El ejemplo que se ponía señalaba directamente a la España del siglo XV, en la que Andrés de Torquemada, un dominico converso, se convertiría en el peor persecutor del pueblo judío hispano utilizando las herramientas de la Inquisición. La noticia corrió de pueblo en pueblo, de país en país, hasta que un anciano judío residente en Alejandría, Egipto, dijo a la autoridad inglesa que controlaba entonces la tierra de los faraones, que había conocido a un rumano judío en Bucarest que se llamaba Hitler. Los ingredientes estaban ya cocinándose para que alguien patentara la tesis del pasado hebraico del dictador y asesino nazi.

En aquellos años la autoridad judía entre los rumanos era el senador y rabino Jacob Itzhak Niemirower, que murió antes de ser testigo de los horribles crímenes que contra su pueblo estaba preparando Alemania. El Gran Rabino Niemirower pretendió desde 1938 que todos los judíos de Rumanía se exiliaran en Palestina y así recuperar la “Tierra Prometida” que desde luego, como a los años iba a quedar demostrado, no era Europa. Niemirower se hizo eco de lo que los diarios internacionales publicaban en base a las declaraciones de aquel anciano de Egipto que aseguraba haber tratado a un Hitler en Rumanía. Y llegó hasta el cementerio judío de Bucarest, con el hermoso nombre para un camposanto de Filantropía, donde encontró en las parcelas destinadas al enterramiento de los más pobres, una lápida con el siguiente nombre: Adolf Hittler.

Aquello daba alas a los que defendían conspicuamente la teoría del pasado judío del canciller alemán y servía de soporte a sus tesis. La lápida exponía que aquel hombre había muerto el 10 de noviembre de 1892 y que había sido sombrerero. Pero cuando en 1939 Austria era anexionada a Alemania, se preparaba la invasión de Polonia y Hitler (el nazi) daba a conocer sus proyectos expansionistas sobre países como el rumano, la población se intranquilizó. Lo único que les faltaba era que esto llegara a oídos del temible Adolf y decidiera exterminar al pueblo judío. Así que de manera justificada, los rumanos judíos decidieron romper la lápida, destrozar cualquier resto visible de aquel apellido sobre la tumba de un humilde, sencillo y apacible sombrerero que llevaba muerto casi medio siglo y esperar que todo quedara en anécdota. Pero no, por desgracia no fue así. No encendió la ira de Hitler saber que un compartía apellido con un judío rumano porque al perturbado canciller, le sobraban motivos para ordenar el exterminio hebreo. Y 300.000 judíos de Rumanía, murieron en los campos de concentración de Centroeuropa.

Acabada la pesadilla alguien se interesó por saber algo de aquel sombrerero; procedía de Austria y no, no era Hitler... Era Hittler, con dos “t”, posiblemente porque el apellido era un arcaísmo alemán que significaba “fabricante de sombreros”, o simplemente porque era así, sin más. Lo que jamás disipó es la duda de si Hitler, como apellido, derivaba del pueblo hebreo y que la ira incontenida del Adolf que protagonizó los crímenes más execrables de la Humanidad, estuvieran motivados precisamente por querer borrar todo pasado judío de su árbol genealógico.


La lápida se recompuso y sigue enhiesta sobre la tierra del Cementerio rumano de los judíos de Bucarest, el que lleva el poético y cándido nombre de Filantropía. Allí, un sombrerero que murió pobre y era recordado por los que lo conocieron, 40 años después de desaparecer, descansa sin que nadie se atreva a relacionarlo con tan infame personaje, también austríaco. La lección es rotunda: no juzgar a simple vista. La anécdota, cuando menos, merece entrar en los capítulos de la historia contemporánea y la difusión de la misma, previene a los turistas que, si de manera sorprendente se encuentran de frente con una lápida de piedra en la que pueden leer perfectamente el apellido Hittler, se detengan bien hasta identificar que lleva una doble t, antes de que les dé un soponcio y crean que en aquella tierra rumana, rodeado de judíos, está enterrado Adolf Hitler, el criminal más recordado de los tiempos. 

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