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martes, 23 de julio de 2013

Los duros sevillanos

A diferencia de nuestro ruinoso sistema económico actual y créanme que no  hablo de capitalismo, sino de la política económica internacional, hace unas décadas, ningún país podía emitir más dinero del que permitía el oro o la plata de sus reservas. Las cecas primero, las “fábricas nacionales de moneda” luego, expedían el dinero que se correspondía a la realidad, es decir, a la capacidad de responder de esos fondos acuñados en papel o en metal. Pero siempre era posible que surgiera un gobierno dispuesto a endeudarse y a esquilmar las arcas públicas. En España cuando pasó durante el Reinado de los Austria, la tranquilidad residía en la llegada, cada ciertos meses, del oro y la plata de América. En la España del siglo XIX, sin Imperio y sin recursos, la deuda crecía sin freno. La solución para seguir teniendo “crédito” era emitir deuda pública, es decir, colocar bonos a inversores extranjeros con dinero contante y sonante en el bolsillo y poniendo, (agárrense) como aval, nada menos que LA ISLA DE CUBA. 


Pero hasta Cuba se perdió, Puerto Rico le fue a la zaga y volvieron los últimos héroes que ha parido España de Filipinas. Fin de la historia (al menos de la historia buena, de la positiva, de la que sigue honrando el nombre de España) y comienzo de algo muy, muy nuestro y muy en boga hoy día: la picaresca, malversación, cohecho, estafa y sinvergonzonería. Tranquilos que no había Bárcenas ni socialistas andaluces con ERE en las manos. Pero la realidad no era otra que cuadrar las cuentas sin subir impuestos. ¿Cómo? (os preguntaréis la mayoría de contribuyentes hartos de esta época) Pues con el viejo truco de la inflación, o lo que es lo mismo, el aumento del dinero existente, pero que realmente NO EXISTE.


Hay dos caminos: emitir dinero sin respaldo que provoca una devaluación de tal grado que no se te ocurra jamás comerciar con otros países o viajar al extranjero. La segunda, es rebajar la calidad de la moneda en circulación ajustándose lo más posible al total de reservas de metal preciado que posea el país. A estas se acogió la España de finales de siglo XIX, en donde funcionaba desde los tiempos de los Reyes Católicos el patrón bimetálico de oro y plata. Tranquilos, lo mejor es explicarlo con tranquilidad... El oro estaba en el Banco de España y con él se respaldaba la cantidad de dinero emitida en papel, es decir, los billetes. Otra parte del oro, se destinaba a pagar la deuda española con el exterior y la plata respaldaba a las monedas, sobre todo porque desde 1876, todas las monedas, obligatoriamente, tenían que ser de plata. La moneda que no fuera de este noble metal, ni era legal ni de curso forzoso.

Pero si las monedas se hacían con aleaciones, se ahorraba. La plata seguía en las cajas fuertes de las reservas españolas, la aleación sería barata y la medida inyectaría algún dinero. Así que lo primero que se hizo fue acuñar duros de metal blando, por lo que se acuñaron más monedas de cinco pesetas que nunca. En 1898, de la Fábrica Nacional salieron 200 millones de pesetas en monedas de duro. 


Pero no seamos ingenuos, porque el duro, realmente, era la mitad de barato, o si se mira de esta forma, la mitad de preciado. De tal modo que en cualquier oficina de cambio, cuando uno permutaba la moneda española por otra extranjera, se daba cuenta que algo no iba bien. El duro de 1900 empezó a ser conocido en la calle como la moneda de las 2,5 pesetas. Y los únicos que hicieron el agosto fueron los falsificadores y de ellos, los más expertos, los más fidedignos y los que más triunfaron en la reproducción de una moneda tan ruda y vulgar como la que estaba obligada a acuñar España, fueron los sevillanos. Y así es como de repente, España entera se inundó de LOS DUROS SEVILLANOS.



Claro está que el ciudadano de a pie no era tonto y por mucho que corriera como la pólvora el duro falso, cuando el españolito de la época descubría que había sido timado por alguien, intentaba colocar esas cinco pesetas que terminaría de refilón inmortalizando la copla: “..tú que serás, como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda”. Pero el negocio de la falsificación era rentable y de la Sevilla que los parió, los duros empezaron a copiarse, reproducirse y acuñarse en media España y había “duros sevillanos” hechos en Barcelona, Alicante o Valladolid. Pero la fama se la llevó la Muy Noble Patria de la Giralda. Será cuestión de los dichos populares que ya advertían eso de que “cría fama y échate a dormir”: Un diputado por Sevilla se encaró con un homónimo de Gerona en aquel Congreso de 1900, defendiendo su patria chica de una fama mal ganada que estaba ya en boca del país entero. Pero claro, no faltaron los que con acierto y tino, señalaron al verdadero culpable de tanta falsificación: El Gobierno, que si no hubiera querido salvar los trastos de una manera tan inoportuna, no se habría dado pie a esa ingente cantidad de duros falsos en circulación.

Los duros ya no valían nada. Si su valor quedó reducido a la mitad (me refiero a los legales), cuando de repente se inundó sobremanera con duros falsos, el mejor empleo que se les dio fue dárselos a los niños como juguetes. Otros, los fundían para ver si a contenían algún metal medianamente aprovechable; los más hacendosos los emplearon para calzar una silla destartalada y los más licenciosos los coleccionaron como pieza anecdótica. ¡Esta siempre ha sido la patria del Lazarillo de Tormes! El caso es que a esas alturas, ya nadie sabía si eran monedas falsas o auténticas y en términos económicos, España vivía Se un repudio de la moneda; el ciudadano no quería las cinco pesetas ni soñando, se acuñó la frase de “dar duros a cuatro pesetas” porque realmente, la gente los intentaba cambiar con los vecinos perdiendo dinero pero pensando que ganaban algo (un timo de la estampita que al principio funcionó pero luego no engañaba a nadie) y ningún jornalero quería cobrar en duros, sino en billetes. En las tiendas se avisaba que “no se aceptaban duros”, el tren cobraba en billetes y en 1905, la moneda no servía para comprar nada.

Al fin, el Gobierno se decidió a actuar. En 1908 el Ministro de Hacienda ordenó un gigantesco rescate de duros falsos. Todo el que tuviese duros podía canjearlos por otros supuestamente buenos. Y allí proliferaron las colas y obligaron al Estado a perder millones y millones en un canje de locos. En 1910 los billetes eran los únicos con cinco pesetas como valor, dejando de acuñarse monedas hasta tal punto que en toda España, prácticamente no hubo dinero que no fuera en papel.

Los duros se inmortalizaron con frases como las que he citado y con anécdotas que recopilan los cronistas locales. La picaresca, la crisis, la mala gestión de los gobernantes y la ciudad de Sevilla, que fue la verdadera damnificada de todo esto, quedaron a perpetuidad en el colectivo nacional. Los duros volvieron  valer  cinco pesetas y gracias a que hoy día tenemos euros, no hemos vuelto a protagonizar curiosas escenas como las de nuestros bisabuelos, encasquetándole a algún primo mayor que ellos mismos, un duro sevillano, que de mano en mano iba, pero ninguno se lo quedaba. 

Ahora, lo que quiero es que miren la foto de arriba, Y QUE RECUERDEN: 

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