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domingo, 7 de julio de 2013

Lo prometido es deuda

Alegoría de las artes del Ateneo de Madrid

Álvaro Figueroa era hijo del extraordinario y culto Conde Romanones, título que terminaría heredando. Antes de ser alcalde de Madrid, cargo del que tuvo que dimitir de manera muy curiosa, fue abogado; y en la España de hace justo un siglo, los licenciados, pasaban hambre de solemnidad, a menos que se fuera muy conde y muy marqués, como en efecto fue. Lo de su dimisión de la alcaldía, que ocupó por menos de 3 meses, merece ser llevado al cine: el Ayuntamiento había hecho la concesión del nuevo tramo del Metro que uniría la Puerta del Sol con Atocha; pero las arcas municipales estaban más que esquilmadas, por lo que el alcalde decidió cobrarle los impuestos municipales pertinentes, en concepto de obra, trámites y expedición de licencias. El caso es que se lió, hasta tal punto que la Policía Municipal de Madrid llegó a enfrentarse a sablazos con miembros de la Guardia Civil para proteger al alcalde, que llegó a ser encañonado por agentes de la benemérita. ¡Lo nunca visto!

La Calle Alcalá en 1920

Antes de que se le quitaran las ganas por siempre de ser político, estuvo en las Olimpiadas de Amberes de 1920 junto al Duque de Alba en el equipo español de equitación que conquistó la medalla de plata. Y antes, fue abogado. En cierta ocasión tuvo que defender a Vicente Camarasa, imputado por degollar con una navaja a un vecino, bajo encargo de la mujer de éste y del amante con el que pretendía hacer vida nueva. Pero por más esfuerzos que hizo la defensa los acusados fueron condenados a muerte.

El garrote vil, la pena de muerte española por antonomasia

Pero don Álvaro no había podido cobrar ningún honorario por la defensa de Vicente Camarasa. Asesino, sí, pero honrado: antes de ser ahorcado, le pidió perdón por irse a la tumba sin haberle podido pagar la deuda. La cosa quedó en un fracaso en la carrera jurídica del futuro conde, carrera todo sea dicho que abandonaría al poco y nos lo encontramos ya en la alcaldía madrileña. A principios de 1922, mandó hacer una “monda” en el entonces llamado Cementerio del Este, lo que fue y es el Cementerio de la Almudena. Aquellas tumbas que no fueran a perpetuidad  y los nichos a los que se les había cumplido el tiempo de contratación, eran vaciadas y los restos llevados al osario común.

Fachada principal del Cementerio de la Almudena de Madrid

Dicho y hecho, los operarios hicieron lo ordenado y uno de ellos era un viejo amigo del alcalde, un trato de favor que le hizo buscándole un trabajo seguro en la función pública municipal, a pesar de que el cargo no era muy grato. Se apellidaba Figueroa y sabía de lo ocurrido en aquella ocasión en la que el señor alcalde perdió un juicio y sus defendidos no tuvieron lugar a pagarle. A los días de efectuar la “monda”, Figueroa tocaba la puerta del despacho de alcaldía y ponía sobre el escritorio un duro, negro, enmohecido y desgastado:

El duro de la época. 

“-Alcalde, he aquí el importe de una minuta que pensó que nunca iba a cobrar”. Don Álvaro cogió la moneda extrañado por el comentario y quiso saber quién era el cliente que soltaba un duro tan desgastado: el cadáver de Vicente Camarasa, que al ser exhumado, lo llevaba entre las descompuestas ropas que todavía conservaba. Desde entonces, el futuro conde de Romanones guardó el duro como amuleto, sin desprenderse de él. De todas formas, ni ejerció más el derecho, ni se metió en un Ayuntamiento, así que poco le iba a hacer falta.


Pero Vicente Camarasa, pagó su deuda y descanso en paz. 

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