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miércoles, 24 de julio de 2013

Julio Romero de Torres

"Vividoras del amor" (1906)

María Teresa López González (1914-2003) era ni más ni menos que “Mariquilla”. Y ya está. Una de las primeras musas del pintor, una hija de inmigrantes en Argentina, emigrantes en España, una modelo que empezó pasándose por el taller de su vecino y que con 12 años quedó inmortalizada como “La Fuensanta” y desde entonces, en un buen número de obras del inmortal cordobés. Pero en aquellos años no era fácil que nadie se quisiera desnudar y que las autoridades, incluido las intelectuales, entendieran que el desnudo y el arte son algo tan normal como necesario. Julio se enamoró de Mariquilla y Mariquilla se convirtió, para la sociedad analfabeta de la España de hace un siglo, en una vulgar barragana al servicio de un pintor que no le dio por hacer Inmaculadas y rollizos niños encarnando a media corte celestial.

"Nuestra Señora de Andalucía" (1907)

Porque la desgracia de don Julio Romero de Torres (en vida, porque el arte y la cultura lo terminó poniendo en el sitio que merecía) fue ser un admirador de la mujer, de la de siempre, de la sencilla, de la popular y pobre. Y a esa cordobesa de pelo negro y ojos de azabache, medio romana y medio gitana, se dispuso a lo largo de medio centenar de joyas del arte a encumbrarla y elevarla a pedestales que hasta entonces, estaban reservados a las diosas de Grecia, las heroínas de Roma, las santas del Barroco español y las señoras bien, las de encaje de Bruselas, guardainfantes y diademas de brillantes. Si Goya fue el primero en pintar un desnudo porque sí, Julio el primero en pintar a la mujer de la calle, la vecina, la prima, la hija y hasta la misma madre de cualquiera que lea esto. La mujer, sin más. Y es que no hubo otro enamorado más grande del género femenino que el cordobés, el más progresista de los aristócratas, el más aristócrata de los pobres.

"Musa gitana" (1908)

Fue el mismísimo espejo de Venus en carne y hueso y le parecía delicioso codearse con mujeres de las altas esfera, de la cultura, de la farándula y de la calle, porque con todas compartió amistad y a todas estimó en el mismo grado. Y de ese trato cercano y bueno nació su correspondencia, porque lo idolatraron esas mismas que acabaron en su vida o en sus cuadros: buen patrón con sus modelos. Nunca juzgó, nunca preguntó. A quién debió, la sacó de un oficio “complicado y duro” y jamás dio lugar a maledicencias, aunque las hubiera, por lo que nunca se quedó a solas con una modelo en el estudio. Y a pesar de ello, alguna de esas muchachas acabaron señaladas y estigmatizadas.

"Retablo del amor" (1910)

Todo gira en torno a la mujer en la obra de Julio Romero de Torres. El vientre de la vida, el origen del Mundo... Mujeres castizas, atormentadas, soñadoras y por encima de cualquier otra cosa, mujeres luchadoras. A Julio le gustaba decir que sus modelos eran “como un Cristo-Hembra, que lleva encima el Calvario de los acontecimientos”. Y la mujer se convirtió en Jesús, en un Arcángel y se subió al lienzo para ser adorada. Provocación intencionada, simple licencia, falta de respeto... el caso es que sus obras fueron relegadas, otras consideradas inmorales, otras, perseguidas. Romero de Torres puso a las monjas, a los obispos  y a los santos, a adorar a la mujer. Desnuda y rotunda, cómo no.

"El pecado" (1913)

Su canon de belleza era el más apropiado, el más correcto, el más entendido. Jamás, ni una sola de las protagonistas de sus cuadros acabó pintada si no como se vestía en la época, con el peinado de la Córdoba de la época, o de la clase social imperante. No sucumbió a “disfrazar” a sus mujeres según la moda que se veía en las revistas. Él, pintaba mujeres  libres de ataduras económicas y matrimoniales; otras, mal vistas por la sociedad, las que más, criticadas por sus vecinas, por sus amigas y al fin, las que malvivían de la farándula barata o por qué no, de la prostitución.

"La consagración de la Copla" (1912)

Cuando le llegó el éxito a Julio Romero de Torres, o sea en la etapa final de su vida, adquirió fama internacional, sus cuadros se habían convertido para muchos países en iconos. Muchas mujeres quisieron ser retratadas por “el pintor que mejor pinta a las mujeres” como es el caso de Josephine Baquer, gran diva americana del teatro de variedades que cuando llegó a España dijo a la prensa que había venido para ser retratada por él. Las consagradas actrices del film d`art, las italianas Adela y Mery Carbone, posaron para él. La primera, fue la figura central de "La Consagración de la copla".

"La Gracia" (1915)

Se empeñó la gran Pastora Imperio en quedar inmortalizada por Romero de Torres, y lo consiguió en nada menos que cuatro retratos. Por aquel entonces, era toda una institución Tórtola Valencia, la gran diva española del Music Hall internacional, que no podía quedarse sin pasar por los lienzos de Julio. Y eso le ocurrió a doña Concha Piquer, a la famosísima bailarina española Agustina Otero Iglesias, que triunfaba en Estados Unidos bajo el nombre de La Bella Otero, o  Anita Delgado, esa malagueña que pasó de bailar cuplés a convertirse en Maharaní (Reina) de Kapurthala. Codiciaron a Romero de Torres la actriz Aurora Redondo, la exitosa bailarina Elisa Muñiz, la Amarantina. Esta sevillana fue bautizada por el pintor como la Gioconda de Andalucía. Y se convirtió su rostro en “Encendiendo la mecha” o  "La niña de las saetas". También pasaron por sus pinceles,  Pastora Pavón, “La niña de los peines”, a la que el autor inmortalizó varias veces.

"Las dos sendas" (1915)

Otra habitual fue Carmen de Burgos, la primera corresponsal de guerra, profesora universitaria de Magisterio, adelantada a su tiempo varias décadas, feminista consagrada, pareja de Gómez de la Serna y todo un hito de la España del momento. Bajo el seudónimo de Colombine la inmortalizó el maestro. Como haría con su otra modelo, una bailarina de nombre “La rusa” y en el día a día de la vida, Margarita Goudoum. Ella es la protagonista de "Rivalidad", la mejor modelo posible habida cuenta que era toda una referencia del erotismo y la sensualidad. se puede observar como Julio Romero de Torres estilizó la figura; comparando el retrato fotográfico que refleja su aspecto real, y que se consideraba como una sex-simbol de la época, y el estilizado y moreno aspecto del retrato pintado.

Pero ser modelo de Julio Romero de Torres no era fácil; la moral de la época llenó de estigmas a las jóvenes y no faltaron chascarrillos. Cuando encima Estrellita Castro cantaba la copla escrita por Nicolás Miguel Callejón, todo estaba perdido. Y una jovencita de los años treinta, se desayunaba todos los días al soniquete de sus vecinos, que le cantaban con sorna y mala intención aquello “¡Ay chiquita piconera, mi piconera chiquita!/ Esa carita de cera a mí el sentío me quita/ Te voy pintando y pintando/ al laíto del brasero/ y a la vez me voy quemando/ de lo mucho que te quiero/ Válgame San Rafael/ tener el agua tan cerca y no poderla beber”.

"Arcángel San Rafael" (1925)

Ser la modelo del pintor me amargó la vida”... Esas fueron las palabras de una adorable anciana que le prestó cara y cuerpo a los mil millones de pesetas que se expidieron en billetes de 100 desde 1953 a 1978. “Hasta mi padre me pegó un día al llegar a casa harto ya de tantas murmuraciones y poco menos que acusándome de haberme acostado con él. ¡Pero si yo no hice nada! Al poco tiempo me eché un novio y ni él mismo confiaba en mi virginidad. Estaba tan seguro de que me había acostado con el pintor que me obligó a hacer el amor antes de casarnos para comprobarlo. Cuando vio la sangre se quedó tranquilo. Y tuve tan mala suerte que me quedé embarazada a la primera. Poco después contrajimos matrimonio por lo civil y nació mi niña, a la que llamamos Paquita”.

"Mariquilla con 16 años, antes de ser la Piconera". 

Para colmo, aquella tierna Paquita murió con tres días. Romero de Torres estuvo siempre enamorado de María Teresa y la Chiquita Piconera fue en la calle poco menos que una manceba de un artista descarado. Murió hace 10 años en un asilo de Córdoba, la más sensual de las mujeres que se encaramaron a un lienzo, sin necesidad de salir desnuda, pero con manos de bronce, cargada del erotismo que sólo un pintor de la altura y la capacidad del cordobés, pudo inmortalizarla echada sobre un brasero de picón para calentarse.

Y el arte consagró a don Julio Romero de Torres, el más creativo de su época y quizás el más valiente, el más adelantado, el más alegórico y el más poético. Sin la suerte de locura de Dalí ni la venta política de Picasso. Sin el uso partidista de otros creadores que han acabado en el Olimpo de las Musas pero que no tuvieron ni la mitad de creatividad que el cordobés. Él se perpetuó, pero quizás, esta entrada lo que pretende es homenajear a las mujeres que fueron condenadas por ganarse con moralidad, con ética y con valor, unas pocas pesetas que callaran hambres atrasadas en una España donde si el arte no es religioso o izquierdista, no es arte. Por usted, Chiquita Piconera... Descanse en paz.
La Chiquita piconera, casi 75 años después



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