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miércoles, 10 de julio de 2013

Ir de tiros largos

En la historia negra de España la política siempre ha sido la llave de los males. El primer político que arruina el país fue el Duque de Lerma. A la lista, se le sumarán personas incapaces como Godoy, aunque antes del “favorito” de la reina María Luisa, nosotros tuvimos al más codicioso, manipulador y corrupto de todos. Tanto, que todos los escándalos del PP, del PSOE y de los concejales y alcaldes marbellíes serían una simpática anécdota comparado con los desmanes de Gaspar de Guzmán, el Conde-Duque de Olivares. Pero la historia de hoy no va de cohechos, de prevaricaciones ni de delitos fiscales, sino de cómo el pérfido valido del Rey, el primer ministro del Imperio español en tiempos de Felipe IV, inventó una moda que ya no existe pero dio origen a una castiza expresión.

Gaspar de Guzmán se movía diariamente desde su Palacio (hoy es el Cuartel del Conde Duque, un inmenso centro cultural en el centro de Madrid) al Alcázar Real donde daba cuentas (o no) al Rey de sus fructíferos esfuerzos. Fructíferos desde luego para él, que no para una España que descargaba oro y plata por Sevilla y perdía el doble por Madrid. Cada día, montaba en su suntuoso coche de caballos y a veces se hacía acompañar por algún consejero del reino, un alto funcionario del Madrid de los Austria que departía con el poderoso Gaspar cuestiones de la política antes de presentar las credenciales ante el Rey. Ese día de fecha inconcreta, mientras el valido desvelaba un importante secreto de estado a su acompañante, el cochero se fue enterando de toda la conversación. La intolerable indiscreción del lacayo enfadó al Conde Duque que mandó desmontar el pescante y ubicarlo más lejos de la cabina, de manera que le asegurara discreción, privacidad y asilamiento.

Una de las soluciones que se adoptó fue en separar los dos caballos de delante de los de atrás, alargando considerablemente la longitud del tiro por medio de correas y tirantes que obligaran a esmerarse al cochero y que comprometieran su atención. Dicho de otro modo: el “chófer” ahora debía estar pendiente del manejo del coche y no de lo que hablaban los ocupantes. Poco a poco, aquella moda gustó en la corte; las calesas se enganchaban todas con tiros largos, los nobles aparecían en las callejuelas de la Villa y Corte en coches de caballos de amplia longitud, el Rey imitó esta práctica y de repente, importaba más cómo poner los caballos que cuántos usar para el tiro. Incluso se redactó una normativa para el uso de coches de caballos en las calles de España, que decía:

"Que persona alguna de cualquier estado, calidad y condición, pueda hacer ni mandar hacer coche de nuevo sin licencia del Presidente del Consejo. Que nadie pueda andar en coche de rúa en ninguna ciudad, villa ó lugar de estos reinos, sin licencia de S. M. Pero permitimos, que las mujeres puedan andar en coche, yendo en ellos destapadas y descubiertas, de manera que se puedan ver y conocer; con que los coches con que anduvieren sean propios y de cuatro caballos y no de menos: y permitimos que las dichas mujeres puedan llevar en sus coches á sus maridos, padres, hijos y abuelos, y las mujeres que quisieren, yendo destapadas, y yendo las dueñas del coche con ellas; y entiéndase que en los de sus amas puedan ir las hijas, deudas ó criadas de aquella familia, aunque ellas no vayan dentro, y también permitimos que los hombres que tuvieren licencia nuestra para andar en coche, pueden llevar en ellos á los que quisieren yendo ellos dentro."


Pero lo que no se decía es que sólo el Rey y los grandes de España podían usar tiros largos en sus coches. Un comerciante con fortuna que dispusiera de bastante dinero, se podía permitir el lujo de llevar hasta más caballos que el rey, pero si no tenía los permisos oficiales o formaba parte de la Grandeza de España, no podría usar “tiros largos”. Fueron pasando los años y en este país, se sabía que lo elegante, lo refinado, lo pudiente y lo distinguido, era viajar con tiros largos. Hasta que llegó un día que los caballos se quedaron en sus cuadras, las calesas y coches en museos y los automóviles recorrían el país. Nadie se movía de otra forma, pero se seguía diciendo que uno IBA DE TIROS LARGOS cuando se vestía elegante, con ropa buena y de manera distinguida.  

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